20 febrero 2026 10:23 pm
Cuando el mar se volvió cuna

Por un viejo lobo de mar que ha encontrado su puerto definitivo

A mis setenta y cuatro años, después de haber cruzado océanos, sobrevivido temporales y contemplado amaneceres y puestas de sol que parecían incendiar el horizonte, creía —ingenuo de mí— que pocas emociones nuevas podrían sorprender ya a este viejo marino mercante. He sido, durante décadas, un hombre de salitre, de cartas náuticas y bitácoras; un lobo de mar convencido de que la vida, como el océano, ya me había mostrado todas sus mareas. Pero esta mañana, el buen Dios decidió demostrarme lo contrario.

Mi hija Marta me ha convertido en abuelo: ha nacido Bianca.

Y, contra todo pronóstico, este hombre que ha escrito quince obras y centenares de artículos, que ha llenado páginas con historias de puertos lejanos y hombres curtidos por la brisa marina, ha sido incapaz de escribir un solo renglón sin que la emoción le nublara la vista. No fue una tormenta lo que me venció hoy, sino algo mucho más poderoso: una niña que cabe en los brazos y que, sin embargo, ensancha el universo entero.

De empuñar el timón a contemplar el horizonte

Comprendí entonces algo que ya había intuido al leer a Víctor Hugo: «Hay padres que no quieren a sus hijos, pero no existe un solo abuelo que no adore a sus nietos». Siempre me pareció una frase hermosa, y hoy sé que es una verdad absoluta.

Ser padre fue aprender a guiar, sentir la responsabilidad del timón firme entre las manos. Ahora, ser abuelo es aprender a contemplar. Siento una ternura serena, una alegría limpia, sin urgencias ni miedos. Es como navegar en mar en calma después de haber sobrevivido a todas las galernas. Bianca no sabe todavía que su llegada ha derrotado a un escritor que presumía de dominar el verbo. ¡Y bendita derrota! Porque hay emociones que no se escriben, se viven; sentimientos que no caben en la tinta, sino en el pecho.

He descubierto que el verdadero tesoro no estaba en los horizontes lejanos, sino en una pequeña mano que apenas aprieta mi dedo. Si la mar me enseñó a respetar la grandeza de los océanos, esta mañana he aprendido que hay algo aún más vasto: el amor de un abuelo.

El Ciclón Ana y la promesa en el Mar del Norte

He pasado media vida mirando el cielo desde el puente de un barco. En aquellas noches interminables, solo con el rumor constante del mar golpeando el casco y un manto de estrellas sobre mi cabeza, pensaba muchas veces en el futuro. Le pedía al cielo que, si Dios era generoso conmigo, quizá algún día tendría un nieto al que sentar en mis rodillas para contarle cómo fui feliz navegando.

Nunca imaginé que ese pensamiento, lanzado como una plegaria silenciosa, estuviera ya navegando hacia mí.

Hubo una noche en el Mar del Norte que jamás olvidaré. El cielo se cerró como una puerta de hierro y el ciclón Ana rugió como si el mundo fuera a partirse en dos. Con olas de catorce metros y vientos de ciento setenta nudos, el barco crujía como si estuviera hecho de papel. Aquello no era navegar; era resistir. Y sí, confieso que tuve mucho miedo. Un miedo limpio, sin orgullo.

Recuerdo que bajé a mi camarote y allí, de rodillas, miré la pequeña imagen de la Virgen del Carmen que me acompañaba desde que terminé Náutica. Aquella noche no le pedí salir vivo por mí; le pedí regresar por mis hijas, Ana y Marta. Le dije, con la humildad de quien se sabe frágil, que un padre no puede faltar cuando todavía es faro.

La respuesta a una oración antigua

Salimos ilesos. Volví a casa con el salitre pegado a la piel y una promesa silenciosa en el pecho: cada día que viviera sería un regalo. Hoy, tantos años después, comprendo que aquella noche no solo estaba luchando por volver a mis hijas; estaba luchando, sin saberlo, por llegar hasta este instante.

Porque una de aquellas niñas por las que recé de rodillas, me ha convertido hoy en abuelo. Cuando supe que Bianca respiraba, sana y hermosa, sentí la misma sacudida que aquella noche en el Mar del Norte, pero a la inversa. Entonces la mar intentaba arrebatarme la vida; hoy la vida me la multiplica. Dios escribe recto incluso en las olas torcidas.

Bianca, pequeña mía, tu abuelo fue feliz en la mar. Sobreviví a tormentas y a soledades bajo las estrellas, pero nunca había sentido algo tan inmenso como tu llegada. Eres la respuesta tardía a una oración antigua, la marea alta que ha venido a colmar todos mis océanos. Y aunque no sé qué mares surcarás ni qué sueños perseguirás, debes saber que, mientras yo tenga aliento, tendrás en mí un faro encendido día y noche para guiarte.

Esta noche, miraré de nuevo a la Virgen del Carmen, mi eterna pasajera silenciosa. A Ella, que escuchó mi súplica en medio del ciclón y me permitió volver, le doy gracias mil por concederme el milagro de sostener a mi nieta. Virgen del Carmen, Señora de los mares, cuida ahora de Bianca como cuidaste de su abuelo; y si algún día las aguas de su camino se agitan, sé también su estrella y su puerto.

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