Los gritos no podían apagar los latidos de su corazón, que galopaban a toda velocidad en la meseta de su pecho, ante su último desafío, el más importante de todos.

Nadie podía apagar las voces en su cabeza, las cuáles le susurraban “aún nos queda un último asalto. Sin nada que demostrar, sin fama, sin gloria. Solo por el placer de darle voz a la bestia que debía permanecer dormida, la misma bestia que le pedía ese último combate.

Solo él elegía cuando había acabado, solo él elegía cuando caer y cuánto debía aguantar, sus manos aún eran pinceles y su rival un nuevo lienzo y no pensaba caer derrotado, en otro lugar sería un viejo boxeador acabado, pero ese día no, ese día su sangre aún chorreaba adrenalina, aún no había dado su último golpe.

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