Con la llegada de la dictadura de Franco, todos los abusos que sufrieron  curas y  monjas durante la última etapa de la  segunda República,  cambió radicalmente y la iglesia Católica disfrutó de un enorme poder durante toda la dictadura, sobre todo en los pueblos. Las vivencias que voy a contarles ocurrieron en la década de los años sesenta del pasado siglo en las ciudades de Guía y Gáldar.

El Obispo de la Diócesis de Canarias desde 1.936 a 1.966 fue Don Antonio Pildáin y Zapiáin. Era un Obispo muy peculiar y sus ideas de evangelizar se las transmitió a todos los sacerdotes de su diócesis, durante su larga etapa de treinta años, predicando al Dios del miedo, al Dios justiciero, al Dios castigador, al Dios vengativo. Todo se basaba en meter el miedo en el alma de la gente. Así lo viví yo.

HISTORIA N° 1. CIUDAD DE GUIA.-  El párroco en Guía desde 1943 a 1982 fue Don Bruno Quintana Quintana y su segundo o adjunto su hermano Don Fernando Quintana Quintana. En mi opinión eran bastantes diferentes; don Bruno era más cordial y cariñoso, más cercano y don Fernando más frío, más seco y más distante. Don Fernando decía misa también en la capilla del hospital de San Roque. Le recuerdo caminando toda esa enorme cuesta muy despacio pues le faltaba un pulmón y tenía dificultades para respirar cuando se agitaba o se cansaba.

Don Fernando fue mi profesor de religión en el Colegio Santa María de Guía, cuando yo estudiaba el bachiller. Tenía por costumbre que en la clase de los lunes nos preguntaba el color de la vestimenta del sacerdote que dijo la misa de diez el domingo, para averiguar quién no había ido a misa. Y eso influía en la nota semanal, aunque generalmente no suspendía a nadie. Otra de sus costumbres era poner motes a los chicos, no lo hacía por maldad sino para reírse y gastar bromas. Le gustaba contarnos historias de la vida de Jesucristo y de algunos santos. Nos gustaba escucharlo con aquella voz grave, baja y pausada. Creo que era un buen profesor

Era tan grande la influencia que ejercía don Bruno en Guía que convenció al Alcalde de turno, don Rafael Velázquez García, para que a través del Ayuntamiento se tramitara el cambio del nombre de la ciudad, pasando de llamarse Guía de Gran Canaria a «Santa María de Guía», en honor a la Virgen de la que era un gran devoto. El cambio se llevó a cabo en un pleno del Ayuntamiento que se celebró el 26 de abril de 1.963. Días más tarde fue confirmado por el Cabildo de Gran Canaria.

Otro empeño de don Bruno, debido a su gran devoción, era ponerle a todas las niñas que bautizaba el nombre de María, bien como primero o segundo nombre. Recuerdo que cuando fui a la sacristía a inscribir a mi hija para bautizarla el domingo siguiente, me preguntó por el nombre que le iba a poner. Le dije que Sonia. Se me queda mirando muy serio y me dice: Será María-Sonia. No, le dije, solo Sonia. Y así estuvimos discutiendo un buen rato hasta que tuve que aceptar Sonia-María. Y así se bautizó.

Yo me llevaba muy bien con él, pues no en vano me conocía de toda la vida, al igual que a todo el pueblo, pues eran tanto los años que llevaba en Guía que nos conocía a todos. Era también muy humanitario. Cuando se enteraba de que alguien estaba enfermo iba a visitarle. A mí fue a verme por motivo de un accidente de tráfico que me tuvo en cama más de cuatro meses. Tenía un buen corazón y se había ganado el cariño de todos.

Otra de sus peculiaridades era los «rollos» que nos largaba en las misas después del evangelio. Nunca sabia como terminar por lo que los prolongaba demasiado. Cuando ya era algo mayor, yo y un grupo de chicos que nos poníamos en la parte de atrás, cerca de la puerta, aprovechábamos el rollo y nos salíamos a fumar. Él se daba cuenta y nos lo recriminaba.

Hay una anécdota personal, en cierto modo graciosa, que quiero contarles: «Yo nací un 22 de junio, que es día de San Paulino, por lo que mi madre quería ponerme de nombre José-Juan-Paulino, y así lo acordó con mi padre. Pasan los años y cuando iba a empezar a estudiar el bachiller con algo más de diez años, me tuve que sacar la primera partida de nacimiento en el Registro Civil de Guía. Mi sorpresa y sobre todo la de mi madre fue que el nombre que constaba en el certificado era: Pablo-José-Juan. Alguien se equivocó, o mi padre o el funcionario que hizo la inscripción. Lo cierto es que en ese momento nos enteramos que mi primer nombre era Pablo. Aun así a mi siguieron llamándome Pepe Juan, a excepción de los compañeros y profesores del colegio que me llamaban Pablo.

Pero aquí no acaba la historia. Cuando me fui a casar, como nos íbamos a casar también por la iglesia, tuve que sacar también el certificado de bautismo en la Iglesia de Guía. Hablé con Don Bruno y nos fuimos a la sacristía para hacérmelo sobre la marcha. Mi sorpresa fue cuando vi que el nombre que figuraba en el libro-registro era Paulino-José-Juan en vez de Pablo-José-Juan, tal y como estaba en el Registro Civil. Se lo digo a don Bruno y le pregunto qué cómo podríamos arreglarlo porque mi nombre era Pablo-José-Juan y así constaba tanto en el Registro Civil como en el «libro escolar» y en la «cartilla militar». Se queda pensando un rato, tratando de buscarle una solución al problema que se me planteaba, pues me casaba un mes más tarde, y me dice: Yo no puedo corregirlo, pero creo que en 1942 estaba de monaguillo Paco Ramírez. Vete a la casa y le cuentas el caso a ver si él puede venir a corregirlo. Voy a la casa de Paco, que entonces era profesor de un instituto en Las Palmas capital, y le cuento el problema. Lo piensa un momento y me dice: “Mira Pepe yo no me acuerdo si pude ser yo o no quien hizo la inscripción, pero vamos para la sacristía y si Don Bruno lo autoriza lo corrijo en un momento y problema resuelto. Y así lo hizo, borro Paulino y puso Pablo». Ese es el motivo por el cual parte de mi familia, tíos y primos sobre todo, ignoran que yo me llamo Pablo y por tanto han seguido llamándome Pepe Juan.

Ambos sacerdotes predicaban también el Dios justiciero, pero yo creo que sin insistir demasiado. Como para cumplir al mínimo con el mandato de su obispo. Le recuerdo decir más de una vez cuando en alguna ocasión se rumoreaba o criticaba alguna cuestión religiosa: “Aquí en Guia no hay protestantes, lo que hay son algunos protestones”.

Sin lugar a dudas, se habían ganado el cariño del pueblo; sobre todo don Bruno.

HISTORIA N° 2. CIUDAD DE GÁLDAR.– En Gáldar el párroco era Don Abraham Gonzalez Arencibia y su segundo o adjunto Don Alfredo. Ambos eran muy soberbios y ejercían una gran influencia en los habitantes del pueblo, sobre todo en las mujeres, pues tanto uno como el otro predicaban el Dios del miedo, el del terror, el justiciero. Yo creo que la gente más que quererlos les temían. Don Alfredo era el peor

Don Abraham fue también profesor de religión del Colegio Cardenal Cisneros de Gáldar.

Yo tenía novia en esa ciudad, con la que me casé en 1966, a los cuatro años de conocernos. Pues bien, cuando llevábamos ya años de noviazgo, teníamos muchas discrepancias por culpa de esos curas, sobre lo que podíamos o no podíamos hacer, pues tanto uno como el otro ponían verdes a todas las chicas cuando se iban a confesar, ya que según ellos el cogernos la mano o darnos un simple beso era pecado mortal. Aunque alguna vez fui a misa con mi novia, yo no podía verlos ni en pintura. Eran unos soberbios desenfrenados.

Fíjense hasta qué punto, que en muchas ocasiones llegaron a hacer «Vía Crucis» por toda la calle Capitán Quesada, conocida por la calle Larga, y paraban expresamente delante del Casino para orar por los que estaban pecando dentro en el baile, donde la inmensa mayoría eran matrimonios y parejas de novios. Evidentemente, a base de los miedos que les metía, habían muchos beatos/as que les acompañaban en todo el recorrido.

Les voy a contar un hecho que es la gota que rebosa el vaso. Es una muestra del carácter y la soberbia de estos dos sacerdotes.

A finales de los años sesenta, mis padres habían ido al Casino de Gáldar a la cena y posterior baile de fin de año. Mis padres eran muy religiosos y lo demostraban yendo todos los domingos a misa y confesando y comulgando con relativa frecuencia. Eran unos buenos cristianos pero sin fanatismos. Cuando acaba el baile eran ya más de las cuatro de la madrugada y mi padre le propone a mi madre ir a la misa de las cinco para luego acostarse tranquilos y descansar hasta el mediodía. Así lo acuerdan y poco antes de esa hora se dirigen a la cercana iglesia. La sorpresa fue que cuando fueron a entrar don Alfredo, el adjunto al párroco, que estaba en medio de la puerta, les cierra el paso y no los dejan pasar porque, les dijo: «No pueden entrar a la iglesia porque ustedes vienen del baile y vienen de pecar». Así mismo me lo contaron mis padres, todavía sin poder creerlo, al día siguiente. Yo y mi mujer nos quedamos perplejos. Eso es absurdo. Ellos no pueden negarle la entrada a la iglesia a nadie. Fue verdaderamente indignante e increíble. Mis padres, asombrados, ni le rechistaron por vergüenza y respeto. Dieron media vuelta y se fueron a su casa a dormir. Ese día no fueron a misa.

Pues como suele decirse, para muestra un botón. Así eran los curas de entonces, aunque justo es decir que los de Gáldar, con su desmesurada soberbia, eran mucho peores que los de Guía, a quienes todo el pueblo querían y respetaban.

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