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El Restaurante Mano de Hierro estaba situado en Santa Brigida, a la orilla de la carretera general que va a San Mateo. Se llamaba así porque su propietario, un alemán afincado desde hacía muchos años en Gran Canaria, tenía una mano amputada por debajo del codo con una prótesis de hierro. Era un malhablado en el sentido de que decía muchos tacos, pero como hablaba mitad español y mitad alemán, su pronunciación resultaba graciosa.

Un Domingo estaba yo con mi mujer en el Restaurante Don Carlos de Sardina de Gáldar tomando un café y un licor en la barra, después de habernos comido un pescado fresco que estaba delicioso, cuando entran en el Restaurante el señor Mano de Hierro, su hija y su marido. Se dirigen a la barra y piden café y “Tía Maria” para los tres. Al poco rato la hija entabla conversación con mi mujer por asunto de unas plantas que andaba buscando y yo sin apenas darme cuenta me veo hablando con su marido sobre lo sabroso que era el pescado de la zona. El viejo mete baza también en la conversación y terminamos presentándonos e intercambiando tarjetas. Como hace tanto tiempo de esta vivencia no puedo recordar sus nombres, aunque en realidad es lo que menos importa.

Como ellos también habían comido y se habían detenido allí para tomar café y algún licor, acabamos todos juntos pegados del Tía María y como el alcohol es un «saca-asuntos» el viejo empieza a contar chistes y anécdotas que por su forma de contarlos nos hacía reír a todos.

El yerno nos aclara, en voz baja, que la mujer del viejo, su segunda esposa, había muerto no hacía mucho tiempo y que por eso lo estaban sacando para que el hombre no se sintiera muy solo, pues ya estaba bastante mayor. Nos dice también que su mujer es hija del primer matrimonio, cuya madre  falleció  cuando ella era una niña.

Yo conocía el Restaurante Mano de Hierro porque mi jefe cada vez que venía de Tenerife, donde residía, solía ir un día a comerse un codillo pues decía que era muy bueno, y algunas veces me invitaba. También fui alguna vez con mi mujer pues verdaderamente se comía muy bien.

Pues bien, después de algún Tia María más, nos acaban invitando a comer un día en su afamado Restaurante y a visitar su fábrica de salchichas, que era muy conocida por la calidad que tenían. Así que quedamos en ir un día y después de despedirnos nos fuimos para la Furnia en donde teníamos un apartamento y estábamos pasando el fin de semana.

El sábado siguiente decidimos mi mujer y yo ir a comer a «Mano de Hierro». Y allí estaban los tres que nos sorprendieron gratamente con el calor del recibimiento. Tomamos una copa en la barra y luego el yerno y la hija nos invitó a subir a la planta alta para que viéramos la fábrica. Así lo hicimos y nos quedamos encantados con la pulcritud que estaba todo. Era una pequeña fabrica dedicada solo a la producción de las salchichas, que tenían un prestigio enorme en toda la isla. Hasta tal punto, nos decían, que siempre tenían vendida toda la producción.

Luego bajamos y nos dispusimos a comernos yo un codillo, que estaba exquisito, y mi mujer unas vueltas de ternera que me dijo que estaban riquísimas. Cuando terminamos los postres si sientan con nosotros la hija y el marido a compartir un café y un licor y él nos cuenta la siguiente historia para que viéramos de lo que era capaz su suegro.

ANÉCDOTA.- Como el restaurante es muy conocido en toda la isla por su calidad y también por los chascarrillos de su dueño, vienen gente de mucho poder adquisitivo, sobre todo de Las Palmas capital.

Un día al mediodía estaban en una mesa cuatro señores muy bien trajeados, al parecer eran empresarios, y después de los postres se habían tomado varios licores por lo que estaban algo «entonados». Hasta el punto de que a uno de ellos se le fue la mano al culo de la mujer de Mano de Hierro, que les estaba atendiendo, y que al parecer estaba de muy buen ver. Ella se lo recriminó y él le pidió disculpas. Pero su marido, que estaba en la barra, se dio cuenta de todo, pero se lo calló.

Unos cuantos licores más tarde y después de reírse de la ocurrencia del amigo en cogerle el culo a la señora, piden la cuenta. La sorpresa les llegó cuando “Mano de Hierro” se dirigió a la mesa y les presentó la factura. Al final de la detallada cuenta había una última línea que ponía: «Por cogerle el culo a mi mujer……..5.000,00 pesetas». Los cuatro se pasaron uno a uno la factura y no hubo quien rechistara. La cuenta se pagó integra.

El viejo era tremendo, nos decía.

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