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Cuando me fui a trabajar a la ciudad de Las Palmas en el año 1.968, seguí viviendo en Guía, en San Roque, pero en 1.970 me fui a vivir a un piso que compramos en la Urbanización Los Ruiseñores de Miller Bajo residencial, en Las Palmas de Gran Canaria. Este barrio tiene sabor a pueblo, pues la mayor parte de sus habitantes proceden de los campos de nuestra isla. 

A los pocos años de vivir allí, una serie de vecinos de la zona y yo mismo fundamos un Club Social que se llamó: «Asociación Cultural y Recreativa Los Ruiseñores». Este Club, como todos lo llamábamos, se mantuvo vivo durante treinta y un años. Fueron famosos los campeonatos de envite y de zánga que se celebraron durante muchos años y al que acudían equipos de todos los pueblos de la isla.

Ahora paso a contarles algunas anécdotas que yo considero graciosas y que reflejan el ambiente de amistad que se respiraba en dicho Club. 

1.- MIGUEL Y CUBAS. AMENAZA Y COPAS GRATIS.-

Los protagonistas de esta anécdota eran dos socios del club que se llamaban Miguel y Cubas (apellido). Se los presento:

Miguel era una persona entrañable. Vivió durante varios años en mi mismo edificio con su esposa Toñy y su pequeño hijo. Yo y mi mujer les llegamos a tener mucho afecto. Fue una pena que se enviciara tanto con la bebida pues su mujer termino separándose de él y falleció unos años más tarde a causa del alcohol. Creo que nunca pudo superar la separación de su mujer pues seguía muy enamorado de ella.

Cubas era un hombre mal encarado, era más bien bajo y de piernas abiertas pero fuerte como un toro y tan bruto como él. Siempre llevaba puesto  el  cachorro y al cinto su cuchillo canario. También se distinguía por su enorme bigote enroscado hacia arriba por los extremos. Era un hombre que causaba respeto. Yo creo que tendría entonces en torno a los 58/60 años y trabajaba de vigilante en una obra muy grande que se estaba construyendo en el barrio justo frente de nuestro Club. El procedía de Artenara en dónde tenia su casa que habitaba con su mujer. Pero lo cierto es que el hombre iba poco para el pueblo, pues tenía que cumplir con su trabajo de vigilante nocturno de la obra todas las noches ya que, al parecer, no tenía ningún día libre a la semana. El  vivía muy bien en una habitación que le habían dejado en la propia obra y tenia todas sus necesidades cubiertas, incluso las de tipo sexual pues se decía que se estaba tirando a una señora del lugar, que era también de su edad, viuda y también vivía sola.

La mujer de Cubas venía a verle todos los Domingos. Llegaba en el primer coche de hora y se iba por la tarde en el último que salía para su pueblo. Le  traía ropa limpia y se llevaba la sucia y el sueldo de la semana. Era muy habitual verle los Domingos, a eso del mediodía, con su esposa en el bar del Club tomando él su whisky y ella un refresco y aquí es donde entran las bromas y perrerías que Miguel le gastaba.

Miguel se ponía en el mostrador al lado de Cubas y le decía al oído: «Si no me invitas a un whisky le digo a tu mujer que te estás tirando a la Carmela, (nombre ficticio por razones obvias). Cuba se le quedaba mirando con cara de muy mala leche y le decía a Pepe, el cantinero, «Pepe ponle un whisky a Miguel me cago en D….». Total que Miguel se cogía ese día la media chispa a costa de Cubas y, claro, como previamente nos decía al grupo de amigos que le iba a levantar dos o tres whiskys a Cubas, nosotros nos partíamos de la risa al ver la estrategia de Miguel y la cara que Cubas ponía. Miguel «el cable» como le apodaban cariñosamente y que el admitía sin problemas, porque trabajaba en una tienda de suministros eléctricos, era un rebenque simpático de mucho cuidado.

Tengo que aclarar que a pesar de las bromas que Miguel le gastaba a Cubas se llevaban muy bien y Cubas le tenía mucho aprecio pues la verdad es que Miguel le caía bien a todo el mundo. También Miguel le llevó alguna que otra vez por el barrio de la Isleta a visitar a alguna «parienta» y todo eso Cubas se lo agradecía, pues el conocía muy poco de la ciudad ya que prácticamente no salía de la zona de Miller Bajo.

2.- MIGUEL, CUBAS, EL ENANO Y LA MAQUINA TRAGAPERRAS.-

Esta otra anécdota me la contó Miguel, pues yo no estaba presente en esta ocasión. Era un sábado por la noche a principios de mes y, por lo que me dijo, Cubas llevaba jugando, al tiempo que se echaba sus whiskys, varias horas en la máquina tragaperras que Antonio «el enano» tenía en su pequeño bar y por lo visto ya se había gastado medio sueldo, pues además de que le gustaba el juego de esas máquinas ya estaba pasado de copas y se había emperrado con la dichosa tragaperras.

Cuando llega Miguel al bar lo encuentra con una calentura de muy señor mío, pues él quería seguir jugando a ver si recuperaba aunque fuera parte de lo perdido pero «el enano» quería cerrar pues ya era un poco tarde. A Miguel no se le ocurre otra cosa que decirle: » El no va a cerrar, ahora se queda el solo aquí dentro y saca el premio grande y se mama todas las perras que tú te has gastado». Cubas se queda pensativo unos segundos y luego dice: «Y que coño puedo hacer yo Miguel, me cago en D…..». Miguel le contesta: «Si yo fuera tú me llevaba la máquina p’a la obra y se la devolvía mañana».

Cuando llegó la policía municipal ya Cubas iba arrastrando la máquina por la puerta para afuera. Lógicamente cuando Antonio vio a Cubas desenchufar la máquina y empezar a arrastrarla camino a la puerta llamó a la policía que en pocos minutos llegaron pues debieron estar patrullando por la zona. Miguel desde que los vio se acerco al coche y hablo con ellos y les explico lo que pasaba y los dos policías se partieron de la risa. También Miguel les dijo que no había ningún problema que él lo arreglaba. No obstante los dos Policías Municipales, atendiendo la solicitud del dueño del bar, se bajaron del coche, ya muy serios, y les dijeron a Cubas y a Antonio que esa máquina no se tocaba hasta que Cubas llegara por la mañana a las nueve que era la hora de abrir Antonio y si lo deseaba en ese momento que siguiera jugando. Cubas era muy respetuoso con la policía y Miguel se lo llevo sin causar ningún problema. Era muy bruto pero Miguel lo manejaba a su antojo. No se cómo se las arreglaba. Yo temía que un día con las copas le sacará el cuchillo pero Miguel sabía hasta donde podía llegar.

Cubas desapareció de la zona en cuanto la obra acabo, que duró  unos cinco o seis años pues se construyeron varios edificios de pisos y un gran aparcamiento subterráneo.  En el Club se le echó de menos.

3.- MANOLO DIAZ Y LA PUERTA DEL BAR DE PINITO.- 

Por aquella época, como yo no trabajaba los sábados y mi mujer si, no le importaba que yo llegara tarde a casa los viernes por la noche porque sabia que generalmente estaba en el club jugando la partida con los amigos y tomando unas cervezas y porque además me pasaba toda la semana trabajando diez u once horas diarias entre mi trabajo y nuestra tienda.

Casi siempre, después de las partidas de zánga o de algún envite cuando se terciaba, unos cuantos amigos nos íbamos a tomar la última copa y a comer algo a «Casa Pinito» y generalmente siempre éramos los mismos, y algún otro que siempre se arrimaba a nosotros, como por ejemplo Vicente Casas o «Vicente el guardia» como a él le gustaba que le llamaran. El motivo principal de ir a «Casa Pinito» era su carne de cabra que la hacía riquísima y además también los precios eran bastante económicos. Este bar estaba situado justo antes de la entrada al barrio «La Cruz del Ovejero», por lo que teníamos que ir en coche.

Recuerdo uno de esos viernes que Manolo Díaz, uno de los habituales, estaba tratando de «simpatizar» con  Pinito, pues ya se metía dentro de la barra a conversar con ella cuando no estaba el marido. En un momento dado, cuando Pinito, una mujerona algo gruesa, muy colorada y de aspecto inocentona, se disponía a cerrar la puerta para que no entrara nadie más pues ya era muy tarde, Manolo se ofreció para cerrarla él. La puerta era de hierro y muy alta, como las de un garaje para camiones que yo creo que fueron sus orígenes, y que había que desplazar en un rail también de hierro de un lado hacia otro, vamos como de corredera. Manolo era entonces un hombre mas bien alto y corpulento y, mientras todos le mirábamos, incluso Pinito, Manolo se dirige a la puerta muy resuelto y seguro de sí mismo, casi se contoneaba y sin más le pego el hombro a la puerta y empujo con rabia y ésta ni se movió. Volvió a intentarlo con toda su fuerza y no  había  manera  de  que la dichosa puerta se moviera ni un jodido centímetro. Al tercer e inútil intento Manolo se volvió para nuestra mesa abriendo los brazos en señal de impotencia. Sin levantar la cabeza y rojo como un tomate por él ridículo que había hecho, se vino a sentarse a la mesa mientras nosotros nos descojonábamos de la risa.

Cuando llegó el marido de Pinito, que era un hombre bastante alto y muy delgado pero fibroso, que había llegado después del intento de Manolo del cierre de la puerta, su mujer le cuenta lo sucedido y antes de ir él a cerrarla decide dejar pasar un buen rato para que Manolo no se sintiera ofendido, pues ellos tenían muy en cuenta que Manolo, don Manuel como lógicamente le llamaban, era uno de los buenos clientes habituales del bar. El remate final de la faena llega cuando, después de esperar unos diez minutos más o menos, se va el hombre derecho a la jodida puerta y como casi sin esforzarse la cierra con una sola mano, con una facilidad que ofendía.

Tengo que decir que Manolo Díaz era un tío fantástico y cochondísimo y todos, incluso él, nos reíamos de la anécdota a cada momento. Yo le apreciaba mucho y creo que él a mi también. Falleció hace unos años.

4.- LOS CIEGOS DE JOSE LUIS LÓPEZ.-

José Luis López  era un socio  de  los  más  antiguos  y habituales del  Club pues  le  gustaba jugar al dominó y echarse un par de whisky casi todos los días que su trabajo en el Aeropuerto se lo permitía. Esta anécdota ocurrió un viernes por la noche.

A Antonio Quintana Peralta, otro socio amigo, le gustaba más hacer una perrería que a un tonto una tiza, como se suele decir. Ese viernes a eso de las nueve de la noche cuando yo me disponía a entrar en el Club, se acerca a mi y después de saludarme me dice por lo bajó: Jorge cuando yo te pregunte sí sabes que número salió de los ciegos tu dices que el 4788, (que coincidía con el de los tres cupones de ciegos de José Luis López y que Peralta le había visto por casualidad y de reojo). Bien pues entro en el Club, saludo a los amigos, (yo entonces solo iba los fines de semana porque los demás días acababa  tarde  de trabajar  en  nuestra tienda), y le pido a Pepe el cantinero una cerveza y una tapa, pues nunca he podido beber sin comer algo.

Antes de proseguir hay que aclarar que Peralta, así es como todos le llamábamos, era un hombre muy serio y que todos respetaban, y creo, modestamente, que yo también estaba a la misma altura, pues no hay mejor forma de que todos te respeten que haciendo tu lo propio con los demás, y los dos éramos de ese talante. Él también solo iba al Club los fines de semana, generalmente los viernes por la noche y algunos sábados al mediodía.

Siguiendo con la anécdota, cuando ya estaba con mi segunda cerveza, me pregunta Peralta si sabía el número que había salido de los ciegos. Y claro le dije el número que el me había soplado y seguí con mi cerveza sin darle importancia y sin que nadie más me preguntara. Sé que Peralta hizo algún comentario, para justificar su pregunta, como que no había acertado ningún número o algo parecido. Recuerdo que en ese momento además de Peralta, López y yo, estaban los de casi siempre en un fin de semana que era cuando más socios se reunían en el Club. Vamos, la barra estaba llena.

De buenas a primeras, al cabo de un buen rato desde que Peralta me preguntara el numero de los ciegos, le dice José Luis López a Pepe el cantinero que nos pusiera una ronda a todos los que estábamos allí porque se había ganado los ciegos. A mi, sinceramente, me entró un remordimiento de conciencia que estuve a punto de decirle la verdad, pero ya no podía volverme atrás después de mirar a Peralta que me miraba con aquella media sonrisa, pues los demás no sabían nada de la broma que le estábamos gastando. Total que José Luis López nos invito a un par de rondas y luego se marchó.

Cuando se fue José Luis López, le contamos a los más íntimos la dichosa broma y todos nos reímos de la ocurrencia de Peralta.

Al día siguiente a eso del mediodía estábamos más o menos los mismos en el Club, expectantes a la espera de la llegada de José Luis López. Cuando le vimos entrar ninguno de nosotros pudimos aguantar la risa pues había que ver la cara que traía a pesar de que había encajado la broma con mucho estilo. Nos decía que ni se había imaginado que se la estuvieran pegando con la broma pues sí hubieran sido otros…. pero quien iba a sospechar nada de  Peralta  y  de  Jorge…….pero  que  lo  que más le había jodido, nos decía, no fueron ni las copas que nos invitó ni el regalo que le había comprado a su mujer, sino cuando fue a la Delegación de Ciegos con su esposa a cobrar el número y poniendo los tres cupones encima de la ventanilla le dijo al cajero: «págueme esto amigo que ya era hora de que me tocara». El cajero coge los décimos, los mira en la lista, y muerto de la risa, lo mira y le dice: «Quien se la pegó amigo, porque usted aquí no tiene ni el reintegro». Se queda mirando al cajero y a su mujer y le dice: «ya coñooooo que bien me la pegaron esos cabrones…….»

Tanto Peralta como yo le pedimos disculpas y nos ofrecimos a colaborar con los gatos que le habíamos ocasionado con la broma. Aceptó de muy buena gana las disculpas pero no la colaboración.

6.- PERALTA, LA PATA DE CERDO Y PEPE EL CANTINERO.-

Antonio Quintana Peralta, como les decía antes, era amigo de gastar algunas bromas pero como era tan serio y tan señor, que, aparte de los amigos más íntimos que ya le conocíamos, nadie sospechaba que no fuera verdad lo que decía.

Generalmente, como ya dije, el iba al Club los Viernes por la noche y algunos Sábados al mediodía pues su suegra vivía por la zona y traía a su mujer a visitarla y mientras ella visitaba a su madre él se echaba su whisky y allí nos veíamos casi siempre los amigos habituales.

Pepe el cantinero solía tener casi todos los sábados una pata de cerdo asada al horno que se la hacía Sergio, el dueño del Restaurante La Española. A decir que la pata era fresca, del país, y que siempre estaba exquisita. La pata en verdad era pequeña, de unos cuatro o cinco kilos, pues al hacerse lentamente en el horno tiene mucha merma, en torno al 40 ó 50 por ciento pues vienen con mucha grasa, que es imprescindible para que quede tan sabrosa. Y ni que decir de la corteza.

Uno de esos sábados en que Peralta tenía ganas a bromas, no se le ocurre otra cosa que preguntarle muy seriamente a Pepe el cantinero: «Pepe cuanto pesaba la pata cuando se la llevaste a Sergio». P’os unos nueve kilos,  le contestó Pepe. «Y tú no te das cuenta de que Sergio te está engañando; no ves que es imposible que hubiera mermado tanto; eso es que te la cambió por otra más chica. Y a todos los amigos que íbamos llegando le decía por lo bajo que le apoyáramos en lo que el decía. Bueno, lo hizo calentar de tal manera que sin poder aguantar más le dice Pepe a su cuñado: «Luis, quédate en la barra un momento que voy a hablar con Sergio porque ese cabrón no se ríe más de mi».

Cuando regresa a la Cantina, algo más calmado, nos dice que lo había puesto de vuelta y media delante de todos los clientes, pero que el insistía en que la pata fresca mermaba más que las congeladas y que ese era el motivo de la reducción de su tamaño. Les puedo asegurar que ese sábado estuvo a punto de tirar la pata a la basura, pues la cogió dos o tres veces en las manos para tirarla. No se cómo nos arreglábamos para aguantar la risa, porque yo creo que si nos reíamos delante de él nos tira atrás el cuchillo. Tal era la calentura que tenía.

Lo peor fue que ya no pudimos seguir disfrutando de la pata de los sábados. Pues verdaderamente estaba convencido de que Sergio le engañaba. Peralta era mucho. !Como disfrutaba con esas perrerías!.

Hay que aclarar que todos éramos muy amigos de Sergio, o Yeyo como todos le llaman, y claro cuando se enteró de que todo había sido provocado por Peralta y nosotros se moría de la risa. Además él no le cobraba nada por asarle la pata. Sólo le hacía el favor.

Yo tenia muchísima amistad con Antonio pues él era Agente de Aduanas y yo le daba todo el trabajo de la empresa en la que trabajaba, pues al ser Jefe de Administración esa responsabilidad dependía de mi. Era un gran profesional que las Autoridades Portuarias respetaban. Tuve que ir alguna que otra vez con él a visitar a algún Jefe del Puerto y lo pude comprobar.

La pena es que después de tantos años trabajando y que no le entraba ni la gripe, a poco de jubilarse empezó con problemas de salud hasta que un maldito cáncer se lo llevo a la tumba. Vaya un cariñoso recuerdo para el. Descanse en paz.

Hay muchas mas anécdotas pero estas son las mas graciosas que recuerdo de esa etapa del Club Los Ruiseñores.




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