La última conversadera

Cuando una persona se va, se tiende casi irremediablemente a resaltar todo lo bueno que hubo en ella, obviando sus lados oscuros. A veces esa radiografía post mortem no corresponde a la realidad de su vida. Y a veces, sí.

Este es el caso de don Manuel Díaz Martínez, poeta cubano que nos dejó a los 86 años de edad el pasado sábado, 17 de junio. Todo lo que tengo que decir de don Manuel parte de mi profundo respeto a su persona. En su absoluta globalidad.

Lo estimaba como el excelente poeta que era, lo respetaba como compañero de profesión, lo quería como el ser humano humilde y sabio que siempre fue y lo admirada como persona absolutamente coherente con la Cuba que le tocó vivir y sufrir en carne propia.

Exiliado de su Cuba natal al fijar postura junto a los firmantes de la Carta de los Diez, lo que le costó además ser expulsado de la Unión de Escritores del país caribeño, don Manuel recayó en nuestra tierra a principios de los años 90. Entonces y ahora, fuimos unos privilegiados por tenerle.

Recuerdo cuando le entrevisté en su casa de la Puntilla de Las Palmas de Gran Canaria. Las olas batían las rocas en una espléndida tarde soleada cuando comenzamos a charlar sentados frente a un café bien oscuro. Fue allí cuando afirmó rotundo que la poesía era un acto de libertad. La libertad siempre fue para él un principio de vida.

A ese encuentro les siguieron muchos otros a lo largo de los últimos años, muchos de ellos con motivo de los recitales y lecturas de la Asociación de Escritoras y Escritores Palabra y Verso de la que formaba parte, permitiéndonos a todos disfrutar de su siempre acertada poética, su amable palabra y su humor eterno.

Pero lo que más me gustaba era la ‘conversadera’ posterior a estos recitales. Esos momentos en los que teníamos la oportunidad de escucharle narrar sus apasionantes anécdotas vitales, como cuando recorrió media Habana junto a Julio Cortázar buscando una tienda de helados para el escritor argentino o cuando estuvo de charla toda una noche con el peruano Mario Vargas Llosa y este le regaló uno de sus libros dedicados para que su esposa Ofelia o cuando siendo un niño se trasladaba junto a su padre hasta la finca del ‘americano’ para llevarle los puros que elaboraba. Aquel ‘americano’ era Ernest Heminway.

Escucharle era adentrarse en una parte de la historia de los escritores que tanto he admirado y admiro y que marcaron el pulso literario de la segunda mitad del siglo XX. Mantener una ‘conversadera’ con don Manuel era como sentarse a charlar con parte de la historia de una Cuba que brillaba exultante en los ilusionantes primeros años de la revolución castrista.

Gracias a don Manuel me adentré en la lectura de ‘Paradiso’ de José Lezama Lima, para quien su amada Ofelia trabajó como ayudante, y buceé en los versos de Heberto Padilla, Nicolás Guillén y Eliseo Diego.

Don Manuel, escribo estas líneas no por usted ni por todas las numerosas personas que le quieren y hoy lamentan su marcha. Escribo estas líneas por la pura necesidad egoísta de ahuyentar el pesar que me acongoja. Aunque le digo, maestro, que este empeño por ahora no cosecha éxito alguno. Supongo que el tiempo hará su efecto y viviré con este dolor de la pérdida de un amigo, un compañero, una buena persona a la que muchos echaremos de menos.

Por ahora, Manuel, haré lo que mejor puedo hacer por ti y, sobre todo, por mí: seguir leyéndote, seguir disfrutando de tu poesía, seguir navegando en el mar de tus versos. Te has ido pero estarás siempre en tus poemas. Es ahí podré mantener contigo la última conversadora.

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Redacción NorteGranCanaria

Francisco Lezcano, el aura de los exiliados

En aquellos años de la transición venía de Francia con el aliento de los rebeldes, de los que habían buscado luz y tolerancia más allá de los Pirineos. Hablaba mucho de cosas muy variadas y formaba parte de una saga familiar que daba frutos importantes.  Francisco Lezcano Lezcano ha vivido 92 años y ha sido un exponente de la cultura en las islas, junto a sus hermanos Pedro y Miguel. Tenía curiosidad por todo, emprendía acciones aquí y allá. Por eso quiso ser muchas cosas: poeta, pintor, dibujante antibelicista, escultor, muralista, escritor de ciencia-ficción, hombre de teatro, actor y pionero de la fotografía submarina a quien le gustaba visitar los fondos de la playa de Las Canteras a pulmón, sin emplear oxígeno para el descenso. Muchas de esas imágenes están repartidas en distintos escenarios, las hay incluso en el Liceo de Firgas, aunque ya bastante deterioradas por el paso del tiempo y tal vez por la propia mala calidad del revelado. Paco Lezcano quiso abarcar muchos géneros, fue un atrevido. Dialogaba con mucha gente, pertenecía a diversos colectivos y siempre te contaba algún nuevo proyecto, algún logro, algún reconocimiento. Quiso destacar en muchos frentes aunque tal vez pesó sobre él la imagen de su hermano, el poeta Pedro. Es autor de más de una veintena de libros, sus poemas han sido traducidos al francés, italiano, holandés y portugués. Nació en Barcelona aunque su infancia y juventud transcurren en la capital grancanaria, donde estudió bachillerato en el colegio de los jesuitas. En 1964 se instala en Madrid, donde permanece hasta 1971. Según la revista literaria Trasdemar pronto se convierte en el “Nómada del Sueño” y marcha a París. Con tres mil pesetas en el bolsillo y tres de sus cuadros bajo el brazo se refugia en una buhardilla dispuesto a vivir la precariedad de los bohemios. Recibió el apoyo de activistas de la no-violencia, de War Resisters y del Movimiento Internacional de Reconciliación. Jean Fabre, residente en Suiza, expresidente y exsecretario del Partido Radical Italiano durante los años 1978 y 1979, líder internacional de la Objeción de Conciencia y del Movimiento Europeo por la No-Violencia, fue un promotor del arte comprometido. A Fabre le debe numerosas exposiciones y el reconocimiento de sus dibujos antimilitaristas, siendo una de ellas su exposición en la Conferencia Internacional por el desarme en el Palacio de las Naciones Unidas, en Ginebra, de la que estaba orgulloso. A partir de 1972 lo vemos con Sean Mac Bride y Adolfo Pérez Esquivel (Premios Nobel de la Paz de los años 1974 y 1980, respectivamente). También con Armand Gatti, con ellos comparte exposiciones y obras de teatro. Era un rebelde comprometido y se consideraba a sí mismo un artista “underground”, por el marginalismo, el anti-consumismo, la protesta, la no participación en los “circuitos”, la desobediencia civil, sin que ello sea considerado una etiqueta. Sus poemas han sido traducidos al francés, italiano, holandés y portugués. Fue miembro de la Comunidad Europea de Escritores y miembro de honor de la Academia Internacional de Artes, Ciencias y Letras “Potzen” de Nápoles. Para la realización de sus pinturas utilizaba prioritariamente elementos vegetales o minerales. Conceptos y procedimientos sugeridos por la alquimia. Como pintor expuso en doce países. “Tres hermanos con mucho cuento”, es una antología de la narrativa de Pedro, Francisco y Miguel, editada por Juan Carlos de Sancho, responsable de las ediciones El Rinoceronte de Durero. En ese libro figuraron varios de sus historias breves. Hizo muchas exposiciones, participó mucho en la actividad cultural de la isla y no paró de plantearse diversas iniciativas. Su compañera en los últimos años ha sido la pintora Isabel de la Llave, una mujer también muy activa. En sus últimos meses de vida residió en el sur de Gran Canaria. Tuvo una larga vida, una característica común en los Lezcano.