

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena! Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones. Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había zarpado hacia su último puerto de destino. Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena! Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca. Pero yo quiero contarte hoy otra nueva , que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura. “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír. Target: la flecha que