Cerrando el año

Se acaba el año

día tras día hemos deshojado

el calendario.

Nos llegan los recuerdos,

los felices, los más dulces…

también los tristes,

aquellos que se han ido

con los bolsillos llenos de  caramelos

y dejaron plantados los cariños

que florecen sin más, sin un empeño.

Hora de administrar el poco tiempo

que nos queda de saldo

para acabar el año.

Cerré muchos postigos

que ondeaban recuerdos oxidados.

Revisé muy bien mis sueños

cuidando fuesen míos, no heredados.

Hice la lista tonta donde siembro

quehaceres olvidados,

algunos yacen ya tachados

otros un asterisco llevan,

son más urgentes.

Por fin acabaré el año

dejando atrás el nulo peso,

ese que no me deja avanzar

y atrapa mis futuros

atados con el miedo.

 

© Inma Flores

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Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Cuando el Teide encendió el cielo

A veces, la belleza no avisa. Solo aparece ante nuestros ojos y nos recuerda la suerte de estar aquí. Hay atardeceres que simplemente ocurren. El sol comienza a esconderse, el cielo cambia de color y la vida continúa. Seguimos con nuestras cosas, pendientes del teléfono, de las obligaciones, de lo urgente. Y quizá por eso muchas veces nos perdemos aquello que sucede justo delante de nosotras. Pero ayer ocurrió algo diferente. Desde mi terraza, en Buenavista, en el municipio de Gáldar, levanté la mirada hacia el horizonte y allí estaba el Teide. Imponente, como tantas otras veces. Pero, al mismo tiempo, completamente distinto. El cielo se había convertido en una inmensa paleta de naranjas, dorados, rosas y tonos cálidos. El océano parecía guardar silencio y la silueta de la montaña se recortaba al fondo, como si alguien hubiera dibujado el paisaje expresamente para ese instante. Entonces lo vi. Una delicada luz, de un tono azulado, parecía salir desde el pico del Teide y elevarse hacia el cielo. Miré de nuevo. No era un eclipse. No había ningún gran acontecimiento anunciado. No había nada que nos hubiera preparado para aquello. Era simplemente la luz haciendo magia. O quizá era algo mucho más sencillo: la naturaleza recordándonos que todavía sabe sorprendernos. Y me sentí afortunada. Muy afortunada. La belleza de mirar Vivimos en una época en la que podemos fotografiarlo todo. Tenemos una cámara en el teléfono, podemos contemplar lugares a miles de kilómetros de distancia y tenemos acceso a millones de imágenes extraordinarias. Y, sin embargo, hay algo que ninguna fotografía puede sustituir: Estar allí cuando sucede. Estar allí y mirar. Sin buscar nada. Sin esperar nada. Solo mirar. Ayer no estaba intentando encontrar una imagen especial. No estaba esperando ningún fenómeno. Simplemente tuve la suerte de estar en mi terraza en el momento preciso. Y durante unos minutos sentí que el tiempo se había detenido. El Teide. El océano. El cielo. Aquella luz azulada. Todo estaba exactamente donde tenía que estar. Y pensé en cuántas cosas hermosas deben suceder cada día sin que nadie las vea. Cuántos amaneceres. Cuántas nubes transformadas por el sol. Cuántos reflejos sobre el mar. Cuántas noches llenas de estrellas. Cuántos pequeños milagros cotidianos pasan delante de nuestros ojos mientras nosotras estamos demasiado ocupadas para mirar. Una isla, un volcán y un instante irrepetible Quienes vivimos en Canarias sabemos que tenemos un privilegio. Quizá precisamente porque lo vemos todos los días dejamos de sorprendernos. El Teide forma parte de nuestro paisaje, de nuestra memoria, de nuestras fotografías y de nuestras historias. Es una presencia familiar. Pero la naturaleza nunca se repite exactamente. La luz cambia. La atmósfera cambia. El mar cambia. Las nubes cambian. Y nosotras también. Por eso un mismo paisaje puede parecernos completamente diferente de un día para otro. Ayer el Teide no era simplemente el Teide. Era el Teide bajo un cielo encendido. Era esa montaña proyectándose sobre el Atlántico mientras una extraña y delicada luz parecía escapar de su cima. Era un instante. Y los instantes, cuando son verdaderamente nuestros, no vuelven. Y entonces pensé en la Tierra Quizá lo que más me emocionó de aquella imagen no fue solamente su belleza. Fue pensar en todo lo que tenemos y en lo poco que, a veces, somos capaces de valorarlo. Esta Tierra que habitamos lleva millones de años creando paisajes, océanos, volcanes, bosques, cielos y formas de vida que no podríamos inventar ni con toda nuestra imaginación. Y nosotras estamos aquí, durante un pequeño instante de su historia. La miramos. La transformamos. La consumimos. Y, demasiadas veces, olvidamos que también dependemos de ella. Hablamos del cambio climático, de la contaminación, de la pérdida de biodiversidad o de la destrucción de nuestros paisajes como si fueran asuntos lejanos, cifras que aparecen en los informativos. Pero quizá deberíamos hablar también desde la emoción. Desde lo que sentimos cuando contemplamos un lugar hermoso. Porque cuando algo nos importa de verdad, queremos protegerlo. Cuando amamos un paisaje, no queremos perderlo. Cuando descubrimos la belleza de un cielo limpio, queremos que siga existiendo. Cuando entendemos la suerte que tenemos de contemplar un océano vivo, empezamos a comprender que no podemos tratarlo como un vertedero. Tal vez cuidar el planeta empiece también por algo tan sencillo como volver a mirarlo. La suerte de estar aquí Ayer hice una fotografía. Pero, en realidad, creo que me llevé algo mucho más importante que una fotografía. Me llevé un recuerdo. La sensación de haber sido testigo de algo que duró unos minutos y que quizá nunca vuelva a aparecer exactamente de la misma manera. Y me llevé también una pequeña lección. Que no siempre necesitamos grandes acontecimientos para emocionarnos. No necesitamos un eclipse. No necesitamos una lluvia de estrellas. No necesitamos que ocurra algo extraordinario para levantar la mirada. A veces basta un atardecer. Una montaña. Un rayo de luz. Un instante en el que decidimos dejar de correr y simplemente observar. Quizá la vida esté llena de momentos así. Quizá la belleza esté mucho más cerca de lo que pensamos. Y quizá una de las mayores riquezas que tenemos sea precisamente esa: seguir teniendo un mundo capaz de sorprendernos. Por eso comparto esta imagen. Para guardar lo que vi. Pero también para invitar a quien la mire a hacer algo muy sencillo: Detenerse. Mirar hacia arriba. Mirar hacia el horizonte. Mirar el mar. Mirar una montaña. Mirar la luz. Y recordar que estamos aquí. Que esta Tierra es nuestra casa. Que es hermosa. Y que tenemos la responsabilidad de procurar que siga siéndolo. Porque quizá la verdadera suerte no sea que la naturaleza nos regale momentos como el que viví ayer. La verdadera suerte es que todavía estemos aquí para poder verlos.