La Navidad llega cada año envuelta en luces, anuncios, promesas de felicidad inmediata y una invitación constante a consumir. Consumir rápido, mucho y sin pausa. Pero conviene detenernos un instante y formular una pregunta esencial: ¿estamos consumiendo… o hemos caído en el consumismo?
Consumir no es, en sí mismo, algo negativo. Es una necesidad básica y una realidad inevitable. El problema aparece cuando el consumo pierde conciencia, medida y sentido. Por eso la cuestión no es si consumimos, sino cómo lo hacemos y desde dónde.
Consumir bien: una decisión ética
Consumir bien implica prudencia. Significa elegir lo necesario frente a lo superfluo, valorar la utilidad real de aquello que adquirimos y preguntarnos si ese consumo aporta valor a nuestra vida o simplemente intenta tapar un vacío momentáneo.
Consumir bien es también mirar hacia lo cercano: apostar por el comercio local, por los pequeños productores y por el trabajo artesano. Detrás de cada objeto creado con cuidado hay tiempo, oficio, historia y dignidad. Cuando elegimos lo próximo, no solo reducimos el impacto ambiental; sostenemos economías humanas, relaciones justas y formas de vida que resisten frente a la producción masiva y despersonalizada.
En este mismo sentido cobra fuerza la economía del autoconsumo responsable: reutilizar, reparar, compartir, intercambiar. No todo lo que necesitamos pasa por comprar algo nuevo. A veces, consumir mejor es simplemente consumir menos.
Regalar presencia, no solo objetos
La Navidad nos confronta con una paradoja frecuente: regalar mucho y estar poco. Acumulamos bienes materiales mientras escasean el tiempo, la escucha y la atención real. Tal vez sea el momento de recuperar el valor de regalar presencia.
Regalar presencia es ofrecer tiempo sin prisas, escucha sin interrupciones, una conversación honesta, un paseo compartido, un silencio acompañado. Son regalos que no se envuelven, pero permanecen. Regalar bien no es gastar más, sino pensar más en el otro y menos en uno mismo.
Quedar bien es fácil; prestar atención requiere conciencia, empatía y compromiso. Y eso, precisamente, es lo que más necesita nuestro tiempo.
Navidad: un tiempo para reconciliar
La Navidad puede ser también un espacio de reconciliación. Con los demás y con nosotros mismos. No siempre se trata de resolver grandes conflictos; a veces basta con un gesto sencillo: un saludo, un mensaje, una felicitación sincera.
Es tiempo de saludar al desconocido, al olvidado, al marginado… y también al automarginado, a quien se ha ido quedando al margen por miedo, cansancio o desánimo. Saludar y felicitar sin esperar reciprocidad. Ofrecer presencia sin condiciones. Estos gestos, sencillos y silenciosos, son una forma profunda de consumo: consumo de humanidad.
Consumir verdad, no anestesia emocional
En medio del ruido externo, conviene preguntarnos qué estamos consumiendo emocionalmente. La Navidad no es solo alegría forzada. También es recuerdo, añoranza, ausencia y tristeza. Y todas esas emociones son legítimas.
Consumir verdad es permitirnos sentir lo que sentimos, reconocerlo sin juicio y vivirlo con conciencia. Cuando lideramos nuestras emociones —cuando las reconocemos, las aceptamos y las ponemos a nuestro servicio— dejan de dominarnos. No se trata de negarlas ni de exagerarlas, sino de habitarlas con madurez emocional.
Alegría y tristeza no se excluyen; conviven. Y esa convivencia nos hace más humanos.
Lo que realmente merece ser consumido
Quizá el consumo más necesario en estas fechas no tenga que ver con objetos, sino con vínculos. Consumir amistad, familia, comunidad. Consumir encuentros reales, palabras honestas, miradas que sostienen. Consumir recuerdos compartidos y esperanza.
La Navidad nos recuerda que no somos islas. Que necesitamos a los otros. Que el sentido no se compra, se construye. Y se construye en lo pequeño: una mesa compartida, una conversación pendiente, un gesto de cuidado, una escucha atenta.
Elegir conscientemente
Cada Navidad nos ofrece una elección silenciosa: dejarnos arrastrar por el consumismo o habitar el consumo con conciencia. No se trata de renunciar a todo, sino de elegir mejor. De consumir con criterio, con ética y con humanidad.
Quizá, si aprendemos a consumir menos cosas y más vida, esta Navidad —y las que vendrán— se parezcan un poco más a lo que, en el fondo, todos anhelamos: un tiempo auténtico, humano y compartido.
Esteban Rodríguez García
Coach en Gestión Emocional y Mindfulness
Creador de la filosofía MAXIMÍN