Asamblea de familias del Colectivo de Escuelas Rurales de Gáldar, Guia y Agaete, en el Centro del Profesorado GC Noroeste en San Isidro

Esta tarde el Colectivo de Escuelas Rurales de Gáldar, Guia y Agaete ha celebrado una Asamblea de Familias, en el Centro del Profesorado GC Noroeste en San Isidro. Donde han explicado el significado de formar parte del Colectivo de Escuelas Rurales.

Cada año en estas fechas, las escuelas rurales de nuestra isla abren sus puertas con un mismo sueño: que las familias descubran la magia de estos pequeños grandes centros.

Las Escuelas Rurales de Gran Canaria: Guardianas de Sueños entre Montañas.

En los rincones más escondidos de Gran Canaria, donde el viento acaricia los barrancos y el silencio solo se rompe con el canto de los pájaros, existen pequeñas casitas de colores que guardan un tesoro invaluable: las escuelas rurales. Son faros de esperanza, refugios de risas y semilleros de futuro en lugares donde la vida transcurre con la calma de quien sabe que el tiempo es un regalo.

Aquí, entre montañas que se pierden en el cielo y caminos serpenteantes, las niñas y niños llegan cada mañana con sus mochilas cargadas de ilusiones. Sus aulas no son grandes, pero en ellas caben todos los sueños del mundo. Los maestro y las maestras, más que educadores, son guardianes de sabiduría, tejiendo historias entre números y letras, enseñando que la vida también se aprende mirando el vuelo de un ave o el brotar de un almendro en flor.

En estas escuelas, cada niño es único, cada nombre se pronuncia con cariño, y cada logro, por pequeño que sea, se celebra como una victoria. No hay prisas, porque aquí se aprende con el corazón. Las paredes están llenas de dibujos que narran cuentos de mar, de volcanes dormidos y de abuelas y abuelos que aún guardan en su memoria los secretos de la tierra.

Las escuelas rurales son más que un lugar: son el alma de los pueblos, el vínculo que une a las generaciones, el espacio donde las y los abuelos ven renacer en los nietos la luz de lo que un día fueron. En ellas, la soledad de la montaña se llena de voces infantiles que cantan, juegan y prometen que nunca dejarán que estos valles se queden sin vida.

Hoy, cuando el mundo avanza a pasos agigantados, estas humildes escuelas nos recuerdan que la verdadera educación no está en las pantallas ni en las grandes ciudades, sino en el amor que se siembra cada día entre pupitres gastados y pizarras llenas de tiza. Son un legado de resistencia, de ternura y de fe en que, incluso en los lugares más olvidados, florecen los sueños más grandes.

Que nunca se apague la luz de sus ventanas. Que sigan siendo, por siempre, el refugio donde los niños de Gran Canaria aprendan que el mundo, aunque vasto, empieza y termina en la mirada de quien los espera con los brazos abiertos.