Autor Sargento Álvaro Delgado Ea 6
Autor Sargento Álvaro Delgado Ea 6
El GRUALERCON, pieza clave del mando y control aéreo en el ejercicio Ocean Sky 25
  • Desde su centro en Gando, el Grupo de Alerta y Control integra a los centros de mando y control de Torrejón y Zaragoza bajo un mismo esquema operativo multinacional.
  • Los controladores del GRUALERCON son los “ojos y oídos” de los pilotos: supervisan, dirigen y protegen las misiones en tiempo real desde tierra.

El Grupo de Alerta y Control (GRUALERCON) del Ejército del Aire y del Espacio ha desempeñado un papel esencial en la conducción del ejercicio internacional Ocean Sky 2025, el principal adiestramiento aire-aire que celebra España cada año y uno de los más exigentes del ámbito europeo. Desde su centro de operaciones en la Base Aérea de Gando, el grupo ha ejercido el control táctico del espacio aéreo durante las misiones, garantizando la seguridad, coordinación y eficacia de los más de veinte aviones de combate participantes.

El GRUALERCON es la unidad responsable de la defensa aérea permanente del archipiélago canario, misión que desarrolla los 365 días del año y que, si fuese necesario, podría extenderse al resto del espacio aéreo nacional. Su cometido responde simultáneamente al componente nacional y a la OTAN, integrándose en la estructura de la defensa aérea de la Alianza Atlántica. Esto lo convierte en un elemento clave dentro del sistema de seguridad colectiva y en uno de los pilares de la vigilancia del espacio aéreo español.

En términos sencillos, el mando y control es la capacidad que permite supervisar, coordinar y dirigir en tiempo real el movimiento de aeronaves propias y aliadas en una operación. Los controladores del GRUALERCON son, en esencia, los “ojos y oídos” de los pilotos en vuelo: proporcionan información sobre el enemigo, asignan prioridades, optimizan la eficacia de cada avión y aseguran que todas las aeronaves actúen bajo un mismo plan. Su labor es discreta, pero absolutamente decisiva para el éxito de cualquier misión aérea.

Durante el Ocean Sky 25, el GRUALERCON ha contado con el apoyo de controladores del Grupo Norte de Mando y Control (GRUNOMAC), con sede en la Bae Aérea de Zaragoza, y del Grupo Central de Mando y Control (GRUCEMAC), ubicado en la Base Aérea de Torrejón. Todos ellos han trabajado bajo procedimientos comunes y perfectamente integrados, lo que ha permitido reproducir con realismo las condiciones de una operación multinacional real y reforzar la interoperabilidad entre centros de control aliados.

 

El ejercicio ha supuesto una oportunidad de entrenamiento de alto valor para el personal del grupo, dadas la complejidad de los escenarios, la diversidad de plataformas aéreas y la magnitud del despliegue internacional. En este contexto, el GRUALERCON ha actuado como nexo entre el control táctico del ejercicio y la coordinación con las agencias de control civil y militar, manteniendo en todo momento una comunicación fluida para garantizar la seguridad de las operaciones.

“Ejercicios como el Ocean Sky nos permiten comprobar la solidez de nuestros procedimientos, mejorar la integración con otras naciones y demostrar la capacidad del Ejército del Aire y del Espacio para liderar operaciones complejas en un entorno internacional”, destaca el jefe del GRUALERCON.

Organizado y coordinado por el Mando Aéreo de Combate (MACOM), el Ocean Sky 25 reúne en Canarias a unidades de combate de España, Alemania, Portugal, Grecia, Estados Unidos e India, con observadores de Suecia y Arabia Saudí, consolidando la posición de España como referente europeo en adiestramiento, interoperabilidad y defensa aérea combinada.

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El Caso Pujol: Doce años para enterrar la justicia bajo la alfombra de la impunidad

Doce años. Se dice pronto, pero es una cifra que pesa. Doce años han transcurrido desde aquel 2014 en el que una denuncia por cohecho, tráfico de influencias y blanqueo de capitales prometía sacudir los cimientos de la clase política. Doce años de titulares, de solemnes promesas parlamentarias de “llegar hasta el fondo” y de una instrucción que parecía eterna. Y ahora, en este 2026, el final ha llegado. Pero no ha llegado para hacer justicia, sino para certificar su defunción. El número doce tiene algo de bíblico, de solemne, de piedra grabada en mármol. Sin embargo, en el Caso Pujol, el doce solo simboliza la incapacidad —o la falta de voluntad— de un sistema para concluir lo que empezó. Tras una década de investigar, revisar, aplazar y volver a revisar, el proceso se archiva. Ha durado tanto que el propio Código Penal habría tenido tiempo de jubilarse por años de servicio. El milagro médico de la «oportuna» amnesia La causa se cierra y se guarda en un cajón con la delicadeza con la que se oculta un jarrón roto que nadie se atreve a tirar para no dar explicaciones. La razón oficial esgrime que el principal investigado ya no posee las «condiciones cognitivas» necesarias para afrontar un juicio. ¡Qué precisión suiza! ¡Qué milagro médico tan puntual! Resulta asombroso cómo la memoria, esa facultad tan humana, decide volverse frágil como el cristal justo cuando el calendario aprieta. Como ciudadano, y especialmente como contribuyente, uno no puede evitar sentir esto como un insulto a la inteligencia. ¿De verdad pretenden que creamos que doce años son suficientes para olvidar dónde se guardó lo ajeno? Ni en doce años ni en cien. La indignación que recorre las calles no es un arrebato emocional; es una conclusión racional frente a un patrón que se repite: cuando ciertos apellidos entran en el juzgado, el tiempo deja de ser un problema para convertirse en el mejor abogado defensor. Una justicia de dos velocidades Mientras el ciudadano corriente —ese «ser humano de a pie» que paga sus impuestos religiosamente y teme la llegada de una carta de Hacienda con tono amenazante— es perseguido hasta el último céntimo, observamos cómo una estirpe entera justifica fortunas en el extranjero apelando a la «herencia del abuelo». Un abuelo que, no lo olvidemos, ya protagonizó episodios oscuros como la quiebra de Banca Catalana, dejando a miles de familias en la ruina mientras los responsables salían indemnes. «La justicia en España no es lenta; es selectiva. El calendario no es un instrumento neutro, es un aliado para quienes saben manejar los hilos del poder.» Es vergonzoso que, en una democracia que presume de modernidad, se repita la historia: un caso de enorme relevancia pública se cierra sin juicio, sin responsabilidades y sin la devolución del dinero presuntamente defraudado. Ni el patriarca, ni la esposa, ni los hijos han tenido que responder ante un tribunal. Es la constatación de que existen dos velocidades: una para el administrado y otra, pausada y comprensiva, para los privilegiados. El espejo incómodo de una nación El mensaje que se envía a la sociedad es devastador: hay quienes nunca pagan. Vivimos en un ecosistema donde la ley parece flexible para unos y un muro infranqueable para otros. El archivo del Caso Pujol no es solo el fin de un procedimiento judicial; es un espejo incómodo que nos muestra una herida abierta en la credibilidad de nuestras instituciones. Como «viejo lobo de mar» y maúro de Telde, no puedo evitar sentir que esto es una bofetada a la confianza de quienes aún creíamos en el rigor del sistema. Doce años después, no nos queda una resolución, nos queda una sátira involuntaria; una tragedia con tintes de comedia que termina siendo una patada en el orgullo de los españoles de bien. Me quedo con el amargor de quien ve cómo la impunidad se convierte en costumbre. Y para aquellos que en la península puedan malinterpretar mis palabras o mi léxico, les invito a distinguir entre un «peninsular» y lo que aquí llamamos, con toda la carga de la palabra, un «godo». Porque hay comportamientos que no entienden de geografía, sino de una prepotencia que ya va siendo hora de señalar por su nombre. Doce años después, lo que queda no es justicia. Es una vergüenza nacional que no estamos dispuestos a olvidar.