En los últimos meses, el debate público en España se ha visto inundado por un término que los meteorólogos han puesto de moda: el «tren de borrascas». Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué es exactamente este fenómeno, tan antiguo como la propia génesis de la Tierra, que hoy intentan presentarnos como un descubrimiento de la modernidad? ¿Tiene realmente el vínculo que algunos le atribuyen con el cambio climático?
Durante las últimas semanas, media España ha habitado bajo un perpetuo dosel de nubes grises, encadenando lluvias, temporales de viento y una inestabilidad pertinaz. La expresión «tren de borrascas» es, desde luego, gráfica. La metáfora ferroviaria es eficaz: imaginemos una vía por la que circulan vagones uno tras otro, sin apenas solución de continuidad. En la atmósfera ocurre lo mismo, y recalco: esto no es una novedad en la historia de la humanidad.
Un «tren de borrascas» no es más que una sucesión de sistemas de bajas presiones que siguen trayectorias similares y afectan de forma reiterada a un mismo territorio. Cuando una borrasca se retira, la siguiente ya asoma por el horizonte. El resultado es obvio: persistencia de precipitaciones, vientos racheados y fuerte oleaje durante días o semanas.
Este escenario es habitual en latitudes medias durante el otoño y el invierno, cuando el contraste térmico entre el aire ártico y el templado del sur actúa como combustible para la maquinaria atmosférica. El gran director de esta orquesta es la corriente en chorro —o jet stream, como prefieren los devotos del anglicismo—, un potente «río de aire» a gran altura que guía a los ciclones atlánticos de oeste a este.
Cuando este flujo se torna rectilíneo y potente, abre una autopista directa hacia la Península Ibérica. Si, además, los centros de altas presiones —como el Anticiclón de las Azores— se sitúan en posiciones poco habituales y no bloquean el paso, las borrascas desfilan en cadena. A esto se suma la temperatura oceánica y la energía acumulada; factores naturales que intensifican las lluvias, más allá del humo de los tubos de escape o de las soflamas de ciertos «ecologistas» que, por desgracia, hoy abundan en nuestros foros.
¿Consecuencia del cambio climático? En este punto conviene la prudencia, pues no deseo militar en las filas del dogmatismo político que hoy todo lo invade. Ningún episodio meteorológico concreto puede atribuirse con exclusividad al cambio climático. Los trenes de borrascas han existido desde que el mundo es mundo; son parte de la variabilidad natural de nuestro clima, por mucho que les pese a los ideólogos de nuevo cuño, a menudo más formados en la consigna que en el rigor científico.
Lo que la ciencia seria investiga es si el calentamiento global —un hecho demostrable— altera la probabilidad o intensidad de estos episodios:
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Una atmósfera más cálida retiene más vapor de agua, lo que podría derivar en lluvias más torrenciales.
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La corriente en chorro podría volverse más ondulada, provocando bloqueos que alargan los periodos húmedos o secos.
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La alternancia entre sequías prolongadas y temporales extremos podría agudizarse.
¿Debemos acostumbrarnos? Más que a un patrón fijo, debemos prepararnos para la irregularidad. Pasar de la escasez al temporal en un suspiro complica la gestión hidrológica y la agricultura. Por ello, el foco debe estar en la adaptación y en infraestructuras resilientes, no en el alarmismo.
El «tren de borrascas» no es un invento reciente. Lo nuevo es el marco mediático en el que se envuelve. Comprender la frontera entre la naturaleza y la influencia humana es el gran reto científico actual. Mientras tanto, apliquemos la prudencia de los hombres de mar, pues como solemos decir:
«Quien se atreve el tiempo a predecir, se expone a mentir».