19 febrero 2026 10:56 pm
Velo islámico en el espacio público: entre la libertad religiosa y los límites del Estado

La reciente proposición presentada en el Congreso de los Diputados para debatir la posible prohibición del velo islámico en espacios públicos, como ya ocurre en otros países de la Comunidad Europea, ha reactivado uno de los debates más sensibles en las democracias contemporáneas.

No se trata únicamente de una cuestión de vestimenta, sino de un punto de encuentro —y a veces de fricción— entre derechos fundamentales, modelos de convivencia y concepciones distintas del espacio público. Abordar esta cuestión exige alejarse de simplificaciones; ni es un debate exclusivamente religioso, ni puede reducirse a una dicotomía entre tradición y modernidad. En realidad, nos sitúa ante una pregunta más profunda: ¿Cómo armonizar la libertad individual con los límites legítimos del Estado en sociedades cada vez más plurales?

Precisiones necesarias: No todo velo es igual

Conviene, en primer lugar, precisar el término “velo islámico”, ya que en este se agrupan realidades diversas que el debate público suele confundir:

  • Hiyab: Cubre el cabello y el cuello.

  • Niqab: Cubre el rostro dejando visibles los ojos.

  • Burka: Cubre completamente el cuerpo y el rostro, incluyendo una rejilla en los ojos.

La intensidad de la polémica suele centrarse en estas dos últimas modalidades, en la medida en que afectan a la identificación personal y a la interacción social. Desde un punto de vista jurídico, la proporcionalidad de cualquier restricción depende del grado de afectación a bienes constitucionales como la seguridad o el orden público.

El marco jurídico en España

España es un Estado aconfesional. El artículo 16 de nuestra Constitución reconoce la libertad ideológica y religiosa, incluyendo su manifestación externa, mientras que el artículo 14 prohíbe la discriminación por razón de religión. Estos principios configuran un marco de protección robusto.

Sin embargo, ningún derecho fundamental es absoluto. La jurisprudencia constitucional permite límites siempre que:

  1. Estén previstos por la ley.

  2. Persigan un fin legítimo.

  3. Superen el juicio de proporcionalidad (idoneidad, necesidad y proporcionalidad en sentido estricto).

El espejo europeo y el modelo de laicidad

En el ámbito europeo no existe una solución uniforme. Francia, por ejemplo, prohibió en 2010 la ocultación del rostro invocando su modelo de laicidad republicana. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos avaló dicha ley, reconociendo a los Estados un «margen de apreciación», pero sin imponer la prohibición como una obligación para el resto de los socios europeos.

España, a diferencia del modelo francés de laicidad estricta, adopta una fórmula de neutralidad cooperativa. Este matiz es clave al valorar la adecuación de medidas similares en nuestro ordenamiento.

Los tres ejes del debate

Más allá del plano jurídico, la discusión se articula en torno a tres grandes argumentos:

  • Seguridad e identificación: La dificultad de reconocer rostros en contextos críticos.

  • Igualdad de género: La visión de estas prendas como símbolos de subordinación femenina.

  • Libertad individual: La reivindicación de muchas mujeres que lo visten como una elección personal y expresión de su identidad.

«El Derecho constitucional contemporáneo se construye, precisamente, sobre equilibrios entre libertad y seguridad, entre igualdad y autonomía personal.»

Conclusión y reflexión final

¿Debe el espacio público tender hacia una neutralidad entendida como ausencia de símbolos, o ser un ámbito donde la diversidad se manifiesta dentro del respeto a las normas comunes? Plantear la cuestión en términos de «prohibición total» o «permisividad sin límites» no captura la complejidad del problema.

Cualquier decisión que adopte el Congreso deberá sustentarse en argumentos sólidos y en un diálogo abierto con los colectivos implicados. Lo que está en juego es nuestra capacidad como sociedad avanzada para gestionar las diferencias sin erosionar los derechos que nos definen.

Y como a mí me gusta acabar los artículos de opinión, con una frase típica canaria y en referencia a nuestro Parlamento actual, te diré que… “Amañado está el palo para la cuchara, y no se me apuren cristianos, vayan al golpito con el asunto, que no hay maldita prisa, ya que el caroso hay que dejarlo para el grano”.

¡Jajajajaja! ¡Qué cosas!

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