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El eco de lo invisible: Una oda a la palabra viva

Cada 21 de marzo, el calendario se detiene para honrar ese misterio que llamamos poesía. No celebramos solo un género literario; celebramos la capacidad humana de transformar el aire en arte, el dolor en memoria y el silencio en una forma de resistencia.

La poesía es, por naturaleza, una humilde paradoja: a veces callada como un secreto y otras veces vibrante como una proclama. Nos ha custodiado desde el origen de los tiempos, poniendo nombre a ese abismo que sentimos cuando el lenguaje cotidiano se queda corto. En este mundo de ruidos constantes y prisas ciegas, el verso se alza como un refugio y un espejo. Nos obliga a detenernos, a mirar lo pequeño con ojos nuevos y a escuchar lo que el vértigo suele silenciar: la belleza, la herida compartida, la duda y la esperanza.

Este día no pertenece únicamente a los nombres de oro que habitan los libros de texto. Pertenece, sobre todo, a quienes escriben en los márgenes de un cuaderno anónimo, a quienes susurran una estrofa para consolarse y a quienes encuentran en un poema la brújula para entender su propio mundo. La poesía es un territorio común, una patria sin fronteras donde el sentido solo se completa cuando llega al corazón de quien lee.

En un planeta fragmentado, la palabra poética tiende puentes de luz. Traduce lo universal, derriba los muros del miedo y nos recuerda que, bajo nuestras diferencias, todos compartimos la misma urgencia de ser comprendidos.

Hoy, más que nunca, les invito a permitir que un verso les acompañe. A dejar que la palabra, en su estado más puro, vuelva a conmoverles. Y en este ejercicio de gratitud, me van a permitir que mi voz se quiebre de afecto al recordar a quien fue mi guía, mi cómplice y mi norte: el gran poeta y maestro, pero sobre todo, el amigo entrañable, José Antonio Gómez Gómez.

Canario de cuna y andaluz de alma —o quizá al revés, pues en él ambas orillas se fundían—, José Antonio no solo escribía versos; él enseñaba a vivir desde la verdad. De su mano aprendí que la escritura no es un oficio de la mente, sino un dictado del espíritu. Él me enseñó a expresarme con el alma abierta.

¡Hasta siempre, maestro! Tu palabra sigue viva en cada verso que hoy, gracias a ti, me atrevo a pronunciar.

 

A todos los que amamos la poesía

Hoy la palabra despierta
con luz de primavera,
se asoma por los labios
y florece sin frontera.

No pide permiso al tiempo
ni entiende de prisa ajena,
camina lenta y descalza
por la voz que la pronuncia.

Es puente sobre el silencio,
es eco de lo que duele,
es semilla diminuta
que en el alma crece y vuelve.

Hoy la palabra nos nombra,
nos reúne y nos recuerda:
que mientras exista un verso,
no estará la vida a ciegas.

Gracias mil poesía,

Por permitirme expresarme con el alma.

 

¡Qué cosas!

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