Cuando el miedo toma la palabra

Regresamos de las vacaciones y, casi sin tiempo para recuperar el pulso cotidiano, volvemos a encontrarnos con el mismo ruido. Declaraciones que buscan herir, titulares concebidos para provocar, opiniones convertidas en sentencias y palabras que parecen haber olvidado que, al otro lado, siempre hay una persona.

Quizá sea necesario detenernos un momento.

Hacer una pausa ante tanto derroche de palabras agresivas, cargadas de odio, incomprensión y desprecio. Palabras que, muchas veces, se cobijan en el miedo: miedo a perder lo que creemos nuestro, a quien piensa de manera diferente, a los cambios que no comprendemos, a una realidad cada vez más compleja o a descubrir que nuestras certezas no eran tan firmes como imaginábamos.

El miedo forma parte de la condición humana. Todos lo hemos sentido y todos, en algún momento, hemos reaccionado desde él. Sin embargo, comprender su existencia no significa justificar aquello en lo que puede llegar a convertirse. Cuando el miedo no se reconoce, busca culpables. Cuando no se escucha, levanta fronteras. Cuando alguien lo alimenta deliberadamente, termina transformándose en rechazo, intolerancia y odio.

Vivimos una época en la que parece más importante reaccionar deprisa que pensar con profundidad. Apenas dejamos espacio entre lo que sucede y nuestra respuesta. Opinamos antes de comprender, juzgamos antes de conocer y condenamos antes de escuchar. Las redes sociales han acelerado esta dinámica, pero no son las únicas responsables. También lo son quienes descubrieron que la crispación atrae atención, genera audiencia, moviliza adhesiones y puede convertirse en una poderosa herramienta política, económica o mediática.

No toda palabra contundente es agresiva, del mismo modo que la serenidad no equivale a indiferencia. Es posible defender una idea con firmeza sin humillar a quien sostiene otra. Podemos denunciar una injusticia sin deshumanizar a las personas. Podemos establecer límites sin convertirlos en trincheras. La asertividad no consiste en elevar la voz, sino en expresar con claridad lo que pensamos, sentimos y necesitamos, respetando al mismo tiempo la dignidad de quien tenemos delante.

Hacer una pausa tampoco significa permanecer en silencio ante lo intolerable ni situarse cómodamente a la misma distancia de quien agrede y de quien recibe la agresión. Hay realidades que exigen una respuesta clara y comprometida. Pero incluso entonces debemos preguntarnos desde qué lugar respondemos: si lo hacemos para contribuir a una solución o para descargar nuestra rabia; si buscamos proteger la dignidad o alimentar una confrontación; si nuestras palabras abren alguna posibilidad de entendimiento o añaden más dolor al ya existente.

 

Las palabras no son inocentes. Con ellas podemos acompañar o abandonar, esclarecer o confundir, construir vínculos o levantar muros. Una expresión repetida miles de veces termina creando un clima emocional y, dentro de ese clima, ciertas conductas que antes parecían inadmisibles comienzan a normalizarse. Así se deteriora la convivencia: primero cambia el lenguaje, después cambia la mirada y, finalmente, cambia la manera en que tratamos a las personas.

Por eso, esta nueva temporada podría comenzar con un compromiso sencillo y, a la vez, profundamente transformador: recuperar el cuidado de la palabra. Preguntarnos, antes de hablar o escribir, si lo que vamos a decir aporta luz o añade ruido; si nace de una reflexión honesta o de una reacción impulsiva; si estamos defendiendo una convicción o protegiéndonos detrás de ella para evitar escuchar.

Tal vez necesitemos menos discursos destinados a vencer y más conversaciones orientadas a comprender. Menos etiquetas y más nombres propios. Menos consignas y más preguntas.

Comprender no obliga a estar de acuerdo, pero sí nos permite mirar la realidad con mayor amplitud y reconocer que ninguna persona puede reducirse por completo a una opinión, una procedencia, una ideología o un error.

Después del descanso estival, la maquinaria vuelve a ponerse en marcha. Regresan las agendas, los debates, las urgencias y las disputas. Nosotros también regresamos, pero podemos hacerlo de otra manera. Podemos elegir la palabra que aclara en lugar de la que incendia, la firmeza que protege en lugar de la violencia que destruye y la escucha que intenta comprender antes de dictar sentencia.

Quizá la verdadera fortaleza de una sociedad no se mida por el volumen de sus gritos, sino por su capacidad para conversar cuando existen diferencias profundas. Hacer una pausa, respirar y mirar al otro con humanidad no resolverá por sí solo nuestros conflictos. Pero puede impedir que el miedo siga decidiendo por nosotros.

Y ese ya sería un buen lugar desde el que comenzar. Respirar con calma y observar antes de pronunciar palabra.

Esteban Rodriguez García

Coach en gestión Emocional y Mindfulness

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Articulos
Redacción NorteGranCanaria

En defensa de los jueces y de la separación de poderes

“Aunque incomode a la rama “sanchista” del actual gobierno social comunista” Hay momentos en la vida democrática de un país en los que uno siente que se está cruzando una línea que jamás debería tocarse. En España, esa línea es “la separación de poderes”, el principio que garantiza que el Gobierno gobierna, el Parlamento legisla y los jueces juzgan. Y sin embargo, desde hace meses, asistimos a un fenómeno inquietante, que es: “la erosión deliberada del prestigio del Poder Judicial por parte del propio Ejecutivo”, especialmente cuando las decisiones de los tribunales afectan a personas del entorno del Gobierno.   “Una deriva, la actual, demasiado preocupante” El caso del juez Juan Carlos Peinado —que ha imputado a Begoña Gómez por dos presuntos delitos— ha sido el punto de inflexión. No por la decisión judicial en sí, que podrá ser recurrida, discutida o revisada, sino por la “reacción política” que ha desencadenado el propio gobierno social comunista que preside Pedro Sánchez La portavoz del Gobierno, la ministra Elma Saiz, afirmó en rueda de prensa que la actuación del juez es una “aberración” y que la esposa del presidente es “inocente”. No dijo “presuntamente”. No dijo “según la defensa”. No dijo “lo demostrará en juicio”. Dijo inocente, como si la inocencia fuera un decreto gubernamental y no una conclusión judicial. Y se quedó tan pancha. ¡Tomaya ya ¡ Con esa frase, la ministra no solo desacredita la instrucción, sino que “insinúa que el juez prevarica”, que actúa movido por intereses políticos y que forma parte de una supuesta ofensiva contra el Gobierno. Es una acusación gravísima, impropia de un Ejecutivo democrático y profundamente dañina para la imagen de España ante el mundo, pues nos coloca a la altura de una república bananera tercermundista.   “La normalización del ataque” Lo más preocupante es que esta actitud ya no es excepcional. Ministros, portavoces, diputados y socios parlamentarios han convertido en rutina el cuestionamiento de jueces, fiscales y tribunales cada vez que una resolución no les favorece. Se ha pasado de la prudencia institucional a “la descalificación sistemática”. De respetar las decisiones judiciales a insinuar conspiraciones. De aceptar los controles del Estado de derecho a tratarlos como obstáculos políticos. Y así, poco a poco, se está alimentando una narrativa tóxica, que es la idea de que los jueces españoles actúan movidos por ideología, que responden a intereses partidistas y que forman parte de una estructura hostil al Gobierno empeñada en derribarlo como sea.   “El daño internacional” España es observada de cerca por la Unión Europea, por el Consejo de Europa y por organismos internacionales que evalúan la calidad democrática de los Estados. Cuando un Gobierno acusa a jueces de prevaricar, de actuar políticamente o de intentar “derribar al Ejecutivo”, el mensaje que se proyecta es devastador: “Que el Poder Judicial español no es independiente. Que los jueces no son profesionales. Que las instituciones están contaminadas”. Y eso es falso. Rotundamente falso. Los jueces españoles han demostrado durante décadas una profesionalidad ejemplar. Han juzgado a políticos de todos los colores, a empresarios poderosos, a miembros de la Casa Real y a delincuentes comunes, y siempre con las mismas garantías procesales. Han actuado con rigor, independencia y sometimiento exclusivo a la ley.   “El Tribunal Constitucional como excepción interesada” Resulta llamativo que, en este clima de desconfianza hacia los jueces, el único órgano que el Gobierno elogia sin reservas sea el “Tribunal Constitucional”. ¿Casualidad? No. Lo preside Cándido Conde‑Pumpido, antiguo ministro socialista y sanchista hasta decir basta. Esa selectividad en el respeto institucional es, en sí misma, una forma de presión política; como queriendo dejar claro ante su parroquia “sanchista” que, “los tribunales son legítimos solo cuando fallan a favor del Gobierno”.   “España no es una república bananera” España es un Estado de derecho consolidado. Aquí se juzga al yerno del Rey, a presidentes autonómicos, a ministros, a alcaldes y a cualquier ciudadano con las mismas garantías. Aquí no hay intocables. Aquí no hay inocencias decretadas desde un atril. Aquí la Ley es la que decide, no el Gobierno, le guste a Pedro Sánchez o no. Por eso es imprescindible defender la independencia judicial con firmeza. Porque sin jueces libres, imparciales y respetados, “la democracia se convierte en un decorado”.   “Porque el respeto institucional no es opcional” El Gobierno puede discrepar de una resolución judicial. Puede recurrirla. Puede criticarla con argumentos jurídicos. Lo que no puede —lo que jamás debe hacer— es “acusar a los jueces de actuar políticamente”, de prevaricar o de conspirar. Eso no es crítico; es “deslegitimación institucional”. Es “erosión democrática”. Es “un ataque directo al Estado de derecho”. Y España, que ha construido su prestigio jurídico con décadas de profesionalidad, no puede permitirse que su propio Gobierno sea quien lo ponga en duda. Aquí no cabe aquella famosa frase muy propia de los lideres comunistas de la república, cuando se disponían a expropiar bienes y le llegaba el turno a actuar sobre una casa de uno de ellos, exclamaban ¡ALTO CAMARADAS QUE ESTA ES DE MAMÁ!   O como decíamos en el Casino de Telde los mauros de mi pueblo, cuando jugábamos al “subastado” … ¡Tapa bien esas cartas, que se te ve la Perica chiquillo! Que estas cosas hay que hacerlas bien, de ahora para después y no me salgas diciendo  con que te hice fullera, qué… ¡Casos se han dado! ¡Qué cosas!