Cuando la Corona mira al mar y honra a los muertos
“Ceuta, Melilla y una lección de humanidad en medio de la tormenta”
Los viejos marinos aprendimos hace mucho tiempo que el mar, la mar, no entiende de fronteras, banderas ni pasaportes. Cuando una embarcación se hunde, cuando una vida se pierde entre las olas, desaparecen las diferencias, y solo queda una verdad universal que es, que ha muerto un ser humano.
Quizá por eso, entre todos los gestos que han marcado la reciente visita de los Reyes de España a Ceuta y Melilla, ninguno me ha parecido tan importante, tan noble y tan profundamente humano, como el homenaje rendido a quienes perdieron la vida intentando alcanzar nuestras costas.
La visita de Don Felipe y Doña Letizia llegaba en un momento especialmente delicado. Ceuta y Melilla han vuelto a situarse en el centro de un debate que mezcla soberanía, inmigración, geopolítica y relaciones internacionales. En ese contexto, el viaje tenía una evidente carga institucional, pero también una enorme carga simbólica, y siendo sinceros, era una visita necesaria.
Durante demasiado tiempo las dos ciudades autónomas han tenido la sensación de encontrarse en la proa de España, soportando vientos y corrientes que muchos observan desde tierra firme sin llegar a comprender del todo. El Rey supo reconocer esa realidad al reafirmar con claridad que Ceuta y Melilla forman parte irrenunciable de España y al recordar que la soberanía y la integridad territorial de nuestro país no son negociables.
Fueron palabras valientes; No porque resulten agresivas hacia nadie, sino precisamente porque expresan con serenidad una convicción que cualquier Estado tiene el derecho y el deber de defender. Al mismo tiempo, el monarca complementó ese mensaje con otro igualmente importante; la necesidad de que la relación con Marruecos descanse sobre la confianza, el respeto mutuo, la buena fe y la buena vecindad, lejos de la cobardías y servilismos rastreros, mostrado por Pedro Sánchez y su gobierno social comunista, que tienen mucho que callar o mucho que ocultar sobre Marruecos.
Así hablamos los buenos capitanes; con firmeza en el rumbo, pero sin buscar abordajes inútiles y cobardes; sin embargo, más allá de los discursos, hubo una imagen que probablemente sobrevivirá mucho más tiempo que las palabras. La de los Reyes guardando silencio en el cementerio musulmán de Sidi Embarek, ante las tumbas de quienes jamás llegaron a cumplir sus sueños europeo. Un acto de homenaje a las personas fallecidas en el mar durante la tragedia migratoria del pasado verano.
Y ahí, en mi opinión, la Corona dio una auténtica lección de caballerosidad, porque aquellos muertos eran marroquíes en su inmensa mayoría. Muchos ni siquiera habían podido ser identificados. Algunos fueron enterrados con poco más que un número sobre la tumba. Y cuando las autoridades españolas, ofrecieron sus cuerpos a las de Marruecos, estos se desentendieron de sus ciudadanos muertos, como si fueran alimañas del desierto que les estorbaban.
Sin embargo, los Reyes entendieron algo esencial: antes que inmigrantes, antes que estadísticas, antes que problema político o diplomático, fueron hombres y mujeres con nombre, familia, ilusiones y una vida por delante, porque el respeto hacia los muertos define muchas veces la grandeza moral de los vivos, y en consecuencia resulta difícil no sentir admiración ante unos jefes de Estado que, pudiendo limitar su visita a recepciones oficiales, discursos institucionales y saludos multitudinarios, decidieron detenerse ante unas tumbas de unos pobres infelices anónimas para ofrecer algo tan sencillo y tan poderoso como el respeto, y todo en una época en la que la política suele dividirlo todo, aquel minuto de silencio tuvo la fuerza de nuestros los viejos códigos de honor del mar.
Esos códigos de honor marinero que obligaban a socorrer al náufrago sin preguntar su nacionalidad. Esos códigos que enseñaban que toda vida perdida en el océano merece duelo. Esos códigos que recuerdan que la dignidad humana está por encima de cualquier frontera, y que tan presente tenemos siempre los que vestimos el uniforme azul o blanco con botones de ancla,
Algunos analizarán este viaje únicamente desde la óptica diplomática. Otros lo harán desde la política interior. Habrá quien mida sus consecuencias en términos electorales o estratégicos. Pero yo como viejo lobo de mar y mauro de Telde, prefiero contemplarlo desde la cubierta de un viejo barco imaginario humanitario, desde allí veo dos mensajes igualmente importantes: El primero, “que España no debe tener complejos a la hora de afirmar su soberanía sobre Ceuta y Melilla”, y el segundo, “que la defensa de esa soberanía resulta mucho más respetable cuando se ejerce sin perder la humanidad”
Porque una nación fuerte no es la que ignora a los muertos del otro lado de la frontera; una nación fuerte es aquella capaz de defender sus intereses sin dejar de honrar el dolor ajeno. Por eso, cuando dentro de unos años se recuerde esta visita, quizás no sean las recepciones oficiales ni los titulares políticos los que permanezcan en la memoria colectiva. Quizás sobreviva, simplemente, la imagen de un Rey y una Reina inclinando la cabeza ante unas tumbas anónimas junto al mar.
Y para quienes hemos pasado media vida navegando, sabemos que no existe gesto más noble que rendir homenaje a quienes el océano decidió no devolver a puerto, “porque en la mar, como en la vida, los muertos merecen siempre ser respetado. Y los buenos marinos jamás olvidan a los que quedaron atrás”.
“ACLARACIÓN DE UN VIEJO LOBO DE MAR Y MAURO DE TELDE”
He querido especialmente dejar claro aquí, que el auténtico corazón de mi artículo no está en la dimensión política de la visita, “sino en ese gesto silencioso ante las tumbas”. Los discursos podrán ser discutidos, aplaudidos o criticados según las posiciones de cada cual, pero inclinar la cabeza ante quienes murieron en el mar es un lenguaje que entienden todas las personas de buena voluntad, independientemente de su bandera, raza, credo o religión, eso, para quienes hemos vivido mirando horizontes y escuchando el rumor de las olas, tiene un significado especial.
Porque los marinos sabemos que la mar puede ser generosa, pero también implacable. Por eso existe una hermandad no escrita entre quienes conocen sus riesgos y, ante una tumba de un hombre perdido en la mar, desaparecen muchas diferencias.
Dicho lo anterior, me atrevería a resumir todo el artículo en una sola frase: “Los Reyes defendieron la soberanía de España con sus palabras, pero engrandecieron a España con su gesto de humanidad.»
Quizás ahí resida la verdadera grandeza de esta visita y es que en nuestra gloriosa historia española… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!