9 octubre 2026 · 18:19

Cuando la entrega desinteresada acaba en decepción

9 de octubre de 2026

Una reflexión sobre el respeto, la gratitud y las formas que nunca deberían perderse

Hay decepciones que no nacen de una mala acción, sino de algo aparentemente mucho más sencillo: el silencio, la indiferencia y la ausencia de un mínimo gesto de agradecimiento.

Un seguidor de NorteGranCanaria.com, cuya identidad vamos a preservar por respeto a su privacidad, nos ha trasladado una experiencia personal que invita a reflexionar sobre las relaciones humanas, incluso dentro de instituciones tan respetadas como la Guardia Civil.

Según nos relata, durante aproximadamente dos años estuvo colaborando de manera completamente altruista con la Guardia Civil, atendiendo peticiones para realizar reportajes fotográficos relacionados con distintas actividades de la institución.

Cada vez que recibía una solicitud, acudía. En ocasiones, dejando a un lado compromisos familiares, obligaciones personales y otras actividades. Y lo hacía sin pedir absolutamente nada a cambio.

Su única motivación era, según sus propias palabras, el profundo respeto, cariño y admiración que siempre ha sentido por la Guardia Civil. Una admiración que, pese a lo sucedido, asegura que seguirá manteniendo.

Sin embargo, algo cambió.

Las llamadas dejaron de producirse. Las solicitudes de colaboración desaparecieron y, según su testimonio, nadie se puso en contacto con él para comunicarle que sus servicios ya no eran necesarios.

No hubo una explicación, una despedida ni siquiera unas palabras de agradecimiento por el tiempo dedicado.

Y eso, precisamente, fue lo que más le dolió.

Porque nuestro protagonista no reclamaba dinero, reconocimientos públicos ni privilegios. Tan solo esperaba algo tan sencillo como escuchar: «Gracias por tu colaboración durante estos años. De momento, ya no necesitamos tus servicios».

Nos explica también que las fotografías realizadas durante aquellas colaboraciones quedaron en poder de la institución, sin que ello fuera motivo de reclamación por su parte.

Lo que verdaderamente lamenta no es haber entregado su tiempo o su trabajo, sino la sensación de que aquella disposición permanente terminó cayendo en el olvido.

«He aprendido la lección», nos comenta con una mezcla de resignación y decepción.

Eso sí, quiere dejar algo muy claro: durante ese tiempo conoció a excelentes personas y conserva buenos amigos tanto en la Comandancia de Las Palmas como en otras dependencias de la Guardia Civil. Personas a las que sigue apreciando y respetando.

También nos traslada su impresión de que determinadas situaciones de falta de consideración pueden darse dentro de la propia institución, donde la estructura jerárquica y la disciplina militar condicionan las relaciones profesionales. Se trata, en cualquier caso, de una percepción personal que no podemos presentar como una realidad generalizada sin otros testimonios que la corroboren.

Y aquí conviene hacer una distinción importante: una institución merece respeto, pero ese respeto no debería impedir señalar comportamientos que, cuando se producen, pueden resultar poco considerados.

La Guardia Civil es una institución con una trayectoria de servicio público que merece reconocimiento. Precisamente por ello, los pequeños gestos de gratitud hacia quienes colaboran desinteresadamente también deberían formar parte de su relación con la ciudadanía.

Nuestro seguidor insiste en que no pretende lanzar una crítica destructiva, ni mucho menos cuestionar el trabajo de los hombres y mujeres que integran el Cuerpo.

Quiere que su experiencia sirva como un aviso a navegantes.

Porque cuando alguien ofrece voluntariamente su tiempo, sus conocimientos y su esfuerzo, no está regalando algo que carezca de valor. Está entregando una parte de su vida que nunca podrá recuperar.

Y aunque nadie está obligado a mantener una colaboración indefinidamente, la cortesía, el respeto y el agradecimiento no deberían desaparecer cuando esa colaboración deja de resultar necesaria.

Quizás la lección más amarga de esta historia sea que, en ocasiones, uno puede seguir admirando profundamente a una institución y, al mismo tiempo, sentirse decepcionado por el trato recibido de algunas personas.

Porque la gratitud no cuesta dinero, no necesita autorización y tampoco debería depender de la jerarquía.

Y hay algo que convendría no olvidar: las instituciones también construyen su prestigio en la forma en que tratan a quienes, sin estar obligados, deciden ayudarlas.

Al final, nuestro seguidor se queda con las amistades, los buenos momentos y la tranquilidad de haber actuado siempre de buena fe.

Pero también con una enseñanza que resume su experiencia:

«Seguiré respetando y admirando a la Guardia Civil. Lo que he aprendido es que mi tiempo también merece respeto».

Y quizás esa sea la verdadera reflexión que nos deja esta historia.

Porque no siempre duele dejar de ser necesario. A veces, lo que realmente duele es descubrir que nadie consideró necesario darte las gracias.

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