Escribo estas lĆneas amparado en esa Ā«libertad de los condenadosĀ» que otorga el ser vecino de Telde y, por tanto, perjudicado directo de una situación que clama al cielo. Lo hago con el peso del malestar general que recorre no solo nuestro municipio, sino toda la isla de Gran Canaria. Pero que nadie se confunda: no busco la demagogia fĆ”cil ni el seƱalamiento sin fundamento. Escribo porque Telde merece conocer la verdad tras tres meses de una contaminación persistente y un silencio administrativo que resulta, sencillamente, vergonzoso.
La costa de Telde, uno de los enclaves naturales mĆ”s valiosos de nuestro litoral, atraviesa un episodio oscuro en pleno siglo XXI. Lo que en principio se presentó como un incidente aislado se ha transformado en una crisis sostenida, agravada por un vacĆo informativo por parte de quienes deberĆan darnos respuestas: Ayuntamiento, Cabildo, Gobierno de Canarias y los responsables de la industria de la piscifactorĆa frente a la playa de Las Salinetas. Este Ā«mar de dudasĀ» empieza ya a percibirse como una falta de respeto intolerable hacia la ciudadanĆa.
¿Incapacidad técnica o falta de voluntad?
Resulta incomprensible que, en una sociedad dotada de recursos técnicos avanzados y protocolos de monitorización ambiental de primer nivel, aún no se haya determinado con claridad el origen de la contaminación. La presencia de las jaulas de lubinas en la zona ha polarizado el debate, pero la ausencia de explicaciones concluyentes solo alimenta la tensión.
Mientras las instituciones se limitan a un intercambio de reproches y comunicados vacĆos de contenido real, los vecinos nos preguntamos: ĀæEs falta de medios o falta de voluntad? En un paĆs desarrollado, el hecho de que tras semanas de inspecciones no exista un diagnóstico pĆŗblico es injustificable.
Esta opacidad es el caldo de cultivo ideal para las sospechas. ĀæSe estĆ” protegiendo a intereses industriales? ĀæSe evita el desgaste polĆtico? No tenemos pruebas para afirmarlo, pero el silencio es tan denso que permite cualquier hipótesis. Y mientras tanto, el gran perdedor es el de siempre: el ciudadano. Pescadores, baƱistas y deportistas vemos cómo nuestro entorno se degrada sin que nadie asuma un liderazgo claro.
La transparencia no es un favor, es un deber
La confianza pública es un cristal fino: una vez se rompe, es casi imposible de reparar. La población percibe que se le oculta información o se le ofrece una versión edulcorada de la realidad. Para recuperar la credibilidad, no bastan las buenas palabras; se necesitan hechos:
-
Un informe técnico único y público, elaborado por especialistas independientes.
-
Coordinación real entre administraciones, abandonando el juego de pasarse la pelota.
-
Un plan de actuación inmediato para mitigar el daño ambiental.
-
Un compromiso firme de transparencia con actualizaciones periódicas accesibles.
Conclusión: Ā«PĆquemelo mĆ”s finoĀ»
La costa de Telde no puede ser rehén de la inacción. Este episodio pone en entredicho no solo la gestión ambiental, sino la salud democrÔtica de nuestras instituciones. Presumimos de sostenibilidad y respeto al entorno, pero permitimos que un problema de esta magnitud se eternice sin explicaciones.
Como decimos aquĆ, Ā«no me gusta nada la forma que tiene de cazar la perritaĀ». A estas alturas, y viendo el panorama, solo queda decirle a los responsables que, para la próxima, Ā«me la tendrĆ”n que picar mĆ”s finitoĀ», porque el pueblo de Telde ya no se traga cualquier historia. La pregunta que flota en el aire āĀæQuĆ© ocultan?ā no deberĆa existir, pero hoy es el clamor mĆ”s fuerte en nuestras playas.