3 febrero 2026 9:20 am
España despega como un cohete, pero a mi sueldo le han pinchado las ruedas de la bicicleta

Cada mes, el guion se repite con una precisión milimétrica: “España lidera el crecimiento”, “doblamos el PIB de Europa”, “somos la locomotora del continente”. A uno, que es patriota y de Telde, se le llenan los ojos de lágrimas ante semejante despliegue de músculo macroeconómico. Pero como servidor es un viejo lobo de mar con 74 años de salitre en la mirada —los cumplo el próximo 27 de febrero, por si quieren ir preparando la felicitación—, he aprendido que una cosa es la carta de navegación y otra muy distinta el estado de la mar cuando intentas atracar en el puerto de fin de mes.

El otro día, mirando la nómina de mi hija —licenciada, políglota y con dos másteres—, ella me soltó una verdad que ningún Consejo de Ministros parece querer escuchar: “Papá, mi sueldo debe estar en otro país, porque aquí no ha llegado nada”.

El PIB: Ese primo que presume, pero no invita

Intenté explicárselo con la paciencia de quien ha capeado mil temporales. El Producto Interior Bruto (PIB) se ha convertido en una suerte de número mágico que, lamentablemente, no paga el alquiler. El PIB es como ese primo que todos tenemos: presume de ganar mucho dinero en las fiestas familiares, pero nunca invita a una caña.

España puede crecer a toda velocidad, sí, pero eso no significa que el salario de un «desgraciado asalariado» vaya en el mismo vagón. El PIB mide lo que se produce, no lo que llega al bolsillo del ciudadano. Y lo que no nos cuentan con tanta fanfarria es que crecemos mucho porque previamente caímos al abismo. Hundirse un 12% durante la pandemia para luego rebotar un 5% no es un milagro económico; es, simplemente, empezar a asomar la cabeza desde el sótano mientras otros países, que cayeron menos, ya están paseando por la terraza.

Sectores de «lupa» y productividad de «mañana»

El problema real es dónde crece la tarta. Nuestra economía se apoya en sectores que generan beneficios, pero que pagan sueldos que hay que mirar con la lupa que tenía mi padre en su despacho. Turismo, hostelería y construcción: motores de contratos temporales y empleos con salarios que parecen anclados en 1998.

La economía moderna nos dice que los salarios suben cuando aumenta la productividad. Y la productividad florece con tecnología, innovación y empresas de gran calado. Pero en la España actual, entre la precariedad y esa cultura del «ya si eso, lo hacemos mañana», es imposible que los sueldos despeguen. Ni con el cohete de Moncloa, ni con combustible de alta graduación.

Matemáticas de supervivencia

Al final, la realidad es una operación aritmética que hasta un alumno de la LOGSE —con todo el cariño y la ironía del mundo— podría entender: si te suben el sueldo un 3%, pero la cesta de la compra, la gasolina y el café del bar suben un 7%, no eres más rico; eres un pobre con números más grandes en el papel. Es el triunfo del maquillaje estadístico sobre la nevera vacía.

Nuestra ministra María Jesús Montero —»Marisú» para los amigos— celebra la recaudación y el PIB, pero olvida que el reparto es «creativo»: los beneficios empresariales suben, la vivienda es un deporte de riesgo y la riqueza se queda en las capas altas del pastel. A la mayoría le toca, si acaso, las raspaduras del molde donde se cocinó la tarta.

Conclusión de un veterano

En definitiva, el PIB es una foto preciosa hecha con un gran angular desde un despacho en Madrid. Pero la nómina es una foto macro, de cerca, con todas las arrugas y manchas a la vista. Y hoy por hoy, ambas imágenes no coinciden.

Yo me quedo con lo que aprendí de Don Cesareo, aquel profesor de matemáticas que te rajaba la cara si no sabías que un seno dividido por un coseno daba la tangente. Por aquel entonces, para mí un «seno» seguía siendo otra cosa, pero al menos aprendí que en la vida las cuentas tienen que cuadrar.

Así que, la próxima vez que me hablen del «cohete» español, prefiero que me pregunten por el sexo de los ángeles. Será más fácil de explicar y, sobre todo, mucho más honesto.

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