Guía, entre el Pilar y Las Marías: cuatro días de música frente a unas horas de parranda
Ahora que todo parece haber acabado, me asomo por esta red social porque siento la necesidad de expresar públicamente una reflexión que lleva varios días pululando en mi cabeza.
Desde el viernes pasado, el cuartel de la Guardia Civil de mi municipio ha estado celebrando la fiesta de su patrona, la Virgen del Pilar.
La música ha sido la protagonista en todas sus versiones: Dj, conciertos, karaoke…Las canciones comienzan a sonar a partir del mediodía y no dejan de oírse hasta la medianoche. Cuatro días consecutivos de fiesta para la Benemérita, sus invitados y también para los vecinos de los edificios cercanos a la comandancia, que han tenido que convivir con la música.
Y todo esto que acabo de exponer, simplemente para poner en situación a quienes lean esta publicación, viene a raíz de la tristeza y la indignación que siento al pensar en el tercer fin de semana de septiembre, cuando en este mismo pueblo celebramos Las Marías. Una de las fiestas, me atrevería a decir, con más arraigo y sentimiento para los guienses.
Como es tradición, los viernes por la noche, diferentes generaciones solemos reunirnos en alguno de los pocos bares que este pueblo ofrece. Durante dos o tres horas suenan guitarras, timples, alguna bandurria y, hasta hace unos años, el entrañable contrabajo de Paco. Una noche que forma parte de nuestra manera de vivir y sentir esta fiesta, hasta que la Policía Local hace acto de presencia para informar de que es hora de cortar la música debido a las quejas de algunos vecinos.
Por eso mismo, no entiendo qué motivo de queja pueden suponer unas horas de parrandeo al año.
¿Cómo es posible que durante cuatro días se pueda disfrutar de la fiesta del Pilar y que unas horas de parranda supongan llamadas a la Policía Local?
Quiero aclarar que no estoy haciendo una crítica negativa a la fiesta de la Guardia Civil. Cada celebración tiene su significado y merece su espacio. Por eso, reivindico la necesidad de ser más empáticos y flexibles cuando las circunstancias así lo requieren.
Ojalá fuéramos capaces de entender que la convivencia también consiste en ser una poco más tolerantes con aquello que es importante para los demás. Y que, al menos durante unas horas al año, podamos reunirnos al fin para cantar y saludar a la gente del pueblo que solo vemos el tercer fin de semana de septiembre.
