¿Hasta dónde llega la responsabilida del Gobierno?
Cuando el error humano no basta para explicarlo todo, como pretende cobardemente hacernos creer el ministro, Oscar Puente
Cada vez que ocurre una gran tragedia colectiva, casi de forma automática se pone el foco sobre quien estaba al mando en el momento fatal. Un piloto, un capitán, un maquinista, un controlador o un operador. Es comprensible; los seres humanos necesitamos un rostro al que asociar el desastre, pero no debemos olvidar que los accidentes pertenecen a los investigadores y las responsabilidades pertenecen a la sociedad.
Sin embargo, la experiencia demuestra que los accidentes graves rara vez nacen de una sola causa. Detrás de ellos suelen aparecer una cadena de fallos, decisiones equivocadas, omisiones, deficiencias técnicas, problemas de mantenimiento o sistemas de seguridad que no respondieron como debían hacerlo.
Por eso, mientras el mundo sigue conmocionado por el reciente accidente ferroviario de Urda, que ha sacudido la conciencia colectiva, hay una pregunta que considero tan necesaria como incómoda: ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de un gobierno cuando tiene bajo su tutela el mantenimiento de la infraestructura ferroviaria y la seguridad de millones de usuarios?
No planteo esta cuestión impulsada por el partidismo ni por intereses ideológicos. Lo hago desde la lógica más elemental y desde la experiencia de toda una vida en el mar, donde aprendí una lección que nunca ha dejado de ser válida: “confiar únicamente en que el ser humano no se equivocará es una forma segura de terminar lamentando una tragedia”.
Porque los seres humanos nos equivocamos, Siempre lo hemos hecho, siempre lo haremos, y precisamente por eso existen los sistemas de seguridad.
“Porqué “los sistemas” están para actuar cuando las personas fallan. Métaselo en la Cabeza Sr. ministro, Oscar Puente, porque no todos somo alumnos de la LOGSE socialista, a los que han robado la facultad de pensar por ellos mismos”
Durante décadas de navegación en la Marina Mercante conviví con tecnología diseñada para intervenir cuando el error humano aparece. Alarmas, redundancias, protocolos de emergencia, equipos duplicados, sistemas automáticos de control y procedimientos de revisión periódica.
Ninguno de ellos existe porque se desconfíe del profesional. Existen porque se conoce perfectamente la condición humana. Porque la realidad es que: “el cansancio existe, la distracción existe, la fatiga existe y como no, también la confusión existe”.
Pero la tecnología de seguridad no se instala para los días normales. Se instala precisamente para ese instante excepcional en el que una persona puede cometer un error y cuando llega ese momento, el sistema debe responder. Esa es precisamente su razón de ser.
Por ello, cuando tras un accidente ferroviario empezamos a escuchar a técnicos, ingenieros y especialistas advertir de que el mantenimiento de determinadas infraestructuras deja mucho que desear, la cuestión deja de ser exclusivamente operativa y pasa a adquirir una dimensión política y administrativa. Porque mantener una red ferroviaria segura no es responsabilidad del maquinista, tampoco del viajero., ni siquiera de los técnicos que simplemente ejecutan órdenes y presupuestos.
La responsabilidad última corresponde a quienes tienen la obligación de planificar, financiar, supervisar y exigir que todo funcione adecuadamente. Y en el caso que nos ocupa, tiene un nombre: “gobierno de la nación, a través de su ministerio de Fomento”
“Porqué existe una La diferencia entre reaccionar y prevenir”
Los gobiernos suelen mostrarse muy eficaces cuando se trata de comparecer después de una catástrofe; se anuncian investigaciones, se constituyen comisiones., se prometen reformas, se expresan condolencias, y si, todo ello es necesario; pero la verdadera prueba de una administración no llega después del accidente. Llega antes, porque la prevención es la auténtica vara de medir de cualquier sistema público, y prevenir significa invertir, revisar, auditar, sustituir, corregir, detectar puntos débiles antes de que se conviertan en tragedias, ya que la seguridad no produce titulares; la prevención no genera fotografías ni inauguraciones, pero salva vidas.
Y cuando durante años se retrasa una inversión, como es este caso, que se pospone una revisión o se considera suficiente aquello que ya empieza a mostrar síntomas de desgaste, el riesgo va creciendo silenciosamente, hasta que un día ocurre lo impensable.
Los accidentes pertenecen a los investigadores. Las responsabilidades pertenecen a la sociedad.
“Y aquí viene la gran pregunta:” ¿quién vigila a los vigilantes?
“Porqué la responsabilidad no puede descarrilar junto al tren”, y aún no se habían apagado las sirenas de emergencia, ni terminado las labores de rescate, cuando ya comenzó el ritual que sigue a cada gran tragedia. Expertos en televisión, comunicados institucionales, investigaciones anunciadas, promesas de transparencia y, por supuesto, la búsqueda apresurada de una explicación capaz de tranquilizar a la opinión pública.
Casi siempre sucede lo mismo: la atención se dirige de inmediato hacia quien ocupaba el último eslabón de la cadena, al maquinista, al operador, al técnico, al pobre trabajador que estaba allí cuando todo ocurrió. Pero, sin embargo, la pregunta verdaderamente importante suele quedar relegada a un segundo plano.
“¿Quién responde cuando falla todo aquello que debía impedir el error humano?”
Porque esa es la cuestión esencial. Los seres humanos fallan, han fallado siempre y seguirán fallando siempre, por ello precisamente, se inventaron “los sistemas de seguridad”; precisamente por eso existen protocolos, revisiones, sensores, alarmas, sistemas de frenado automático, auditorías y programas de mantenimiento, porque la tecnología no está diseñada para los días en que todo funciona bien. Está diseñada para el día en que alguien se equivoca y si llegado ese momento no funciona, la pregunta deja de ser exclusivamente técnica para convertirse en una cuestión política y moral.
“La gran mentira de la fatalidad”
Hay una expresión que personalmente siempre me ha producido inquietud: ¡Ha sido una fatalidad! …No amigo lector, las fatalidades son, por ejemplo, los terremotos, las erupciones volcánicas, los fenómenos imposibles de prever, pero un sistema ferroviario moderno no debe depender de la suerte. Depende de la planificación, de la inversión, de la supervisión y del mantenimiento. Depende, en definitiva, de decisiones humanas.
Y cuando las decisiones humanas afectan a millones de ciudadanos que se suben cada día a un tren confiando en que llegarán sanos y salvos a su destino, esas decisiones adquieren una dimensión que trasciende la mera gestión administrativa para convertirse en una obligación moral.
“El silencio de los despachos”
En las últimas horas resulta especialmente inquietante escuchar en TV y radios a técnicos, ingenieros y profesionales experimentados advertir que el mantenimiento de determinadas infraestructuras ferroviarias presenta carencias preocupantes. No son políticos, cómo tampoco son tertulianos y mucho menos son agitadores; son profesionales.
Personas que conocen desde dentro la complejidad de un sistema ferroviario y que saben perfectamente que la seguridad no se improvisa. Que la seguridad se construye día tras día, tornillo a tornillo, Inspección tras inspección, inversión tras inversión. Por eso conviene formular una pregunta que quizá incomode a muchos despachos oficiales: ¿Se estaba haciendo todo lo que debía hacerse antes de que ocurriera la tragedia? No después, sino antes. Porque las responsabilidades verdaderamente importantes siempre nacen antes del accidente.
“Lo que enseñan sesenta años sin tragedias”
Hace apenas unas horas conversaba con el cónsul de Japón en Canarias, ingeniero naval, además de diplomático, y su reflexión fue tan sencilla como demoledora: “Japón lleva más de seis décadas operando trenes de alta velocidad y ha convertido la seguridad ferroviaria en una auténtica cuestión de Estado”. No por casualidad. No por suerte. No por milagro, sino por una obsesión nipona permanente por el mantenimiento, las inspecciones y la prevención.
Allí entendieron hace mucho tiempo algo que parece olvidarse con demasiada frecuencia en otros lugares: “el mantenimiento no es un gasto, es un seguro de vida colectivo.” Quizá por eso, mientras unos países inauguran infraestructuras para obtener titulares, otros dedican su esfuerzo a conservarlas para salvar vidas.
“Gobernar también es responder”
Resulta llamativo comprobar cómo algunos responsables públicos aceptan con entusiasmo el mérito de las grandes inauguraciones, las fotografías junto a nuevas infraestructuras o los discursos sobre modernidad y progreso. Sin embargo, cuando ocurre una tragedia, la responsabilidad parece diluirse misteriosamente. Todo el mundo estaba allí para cortar la cinta, pero nadie estaba allí para asumir las consecuencias, y eso no puede ser. Gobernar no consiste únicamente en inaugurar. Gobernar significa garantizar. Garantizar que los presupuestos de mantenimiento son suficientes. Garantizar que las inspecciones son rigurosas. Garantizar que las advertencias técnicas son escuchadas. Garantizar que la seguridad nunca quede subordinada a los intereses políticos, al ahorro presupuestario o a la complacencia administrativa.
Si un gobierno tiene bajo su responsabilidad una red ferroviaria, también tiene bajo su responsabilidad la obligación de asegurarse de que esa red funciona bajo los máximos estándares de seguridad posibles. No existe escapatoria moral frente a esa realidad.
“La pregunta incómoda”
No corresponde a este articulista, viejo lobo de mar y además mauro de Telde, determinar culpabilidades. Esa tarea pertenece a los jueces, a los investigadores y a los peritos, pero sí corresponde a cualquier ciudadano formular preguntas y hay una especialmente, que ninguna comparecencia oficial debería eludir: ¿Dónde empieza la responsabilidad política cuando un sistema destinado a proteger vidas deja de cumplir su función?
Porque si todo termina reduciéndose al error de una sola persona, entonces estaremos aceptando una conclusión aterradora: que la seguridad de millones de ciudadanos depende únicamente de que ningún ser humano se equivoque jamás y eso no es un sistema de seguridad; eso es una apuesta contra el destino.
“Como conclusión final apunto que…”
Las víctimas merecen verdad; tanto o más que las familias merecen respuestas y los ciudadanos merecen saber si quienes tenían la obligación de vigilar, supervisar y mantener la seguridad hicieron realmente todo cuanto estaba en su mano para evitar la tragedia, porque la responsabilidad de un gobierno no comienza cuando comparece ante las cámaras después del accidente, que por cierto me parecido vergonzosa la intervención de su presidente Pedro Sánchez y de una falta de respeto hacia las víctimas, sumado a fuera de todo alcance, las excusas de su ministro Oscar Puente, de las que hasta sus socios del propio gobierno social comunista que él preside, las rechazan .
Porque la responsabilidad comienza mucho antes, cuando se aprueba un presupuesto, cuando se pospone una revisión, cuando se ignora una advertencia técnica o cuando se decide que la prevención puede esperar un año más. Pero tenemos que comenzar por decir que este nefasto gobierno actual social comunista que preside Pedro Sanchze, no ha sido capaz en cuatro años de “aprobar ni un solo presupuesto”, y es precisamente ahí, lejos de los focos y de los titulares, donde suelen escribirse los prólogos de las grandes tragedias.
La cuestión ya no es quién conducía el tren; la cuestión es mucho más incómoda.: ¿Quién vigilaba el sistema que debía impedir que un error humano acabara convirtiéndose en una catástrofe?
Porque cuando falla el vigilante, la responsabilidad no descarrila junto al tren, la responsabilidad sube inevitablemente por toda la cadena de mando hasta llegar a quienes tenían el deber, legal y moral, de proteger la vida de los ciudadanos. En este caso, la responsabilidad es del propio ministro de transporte Oscar Puente y por elevación del presidente del gobierno Pedro Sánchez
Y esa responsabilidad, por mucho que algunos lo intenten, no puede esconderse entre los escombros, y saben lo que les digo utilizando una expresión típicamente canaria…. Para una cabra partida, como es el caso actual, prefiero a un macho corcovado. Que… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!