No hablamos de que fue hace un siglo, solo unos cincuenta años; las familias tenían 2, 3 y hasta 4 o 5 hijos, y a veces había un perro o un gato en la familia. Los padres iban a comprar y los niños se quedaban en el parque del barrio jugando con los otros muchachos.
Estaban tranquilos porque se protegían unos a otros, disfrutaban con sus amigos; a veces se peleaban, se caían, había accidentes con trágicas consecuencias, alguno desaparecía y al poco tiempo aparecía magullado sin una explicación muy convincente, algo normal, forma parte de la vida; vivir plenamente y sin miedo es un riesgo que vale la pena correr. Hoy aquellos parques donde fluía la vida, las amistades nobles y eternas, la energía de las nuevas generaciones, parecen lúgubres y sucios desiertos de asfalto que quedaron tras una gran catástrofe. Hoy las familias tienen 2 y hasta 4 perros y a veces un hijo.
«Los perros son como hijos y dan más amor», dicen, y es cierto, son seres muy nobles y cariñosos, pero no cotizan a la Seguridad Social ni nos darán nietos que cuidar. «¡¡¡Los nietos son un esclavismo y un coñazo, lo sé por experiencia!!!», escuché decir a un abuelo moderno, y su pareja, un chico de unos cincuenta años, asintió con la cabeza mientras acariciaba uno a uno a sus tres perros. Los perros son seres maravillosos y nobles, y no tienen culpa de que las calles de las ciudades estén llenas de mierda. «¡Las ciudades no están hechas para los perros!», dijo muy enfadada la abuela con rizos rubios, flaquísima, que casi no podía caminar, después de resbalar al pisar los excrementos del perro de su vecino. No, «las ciudades pueden ser para todos si fuéramos menos guarros y egoístas»,