Nací de Linda, una perra vagabunda que un día decidió quedarse en la casa que sería la mía. Llegó sin nada, pero lo traía todo. Tuve cuatro hermanos. Tres se fueron pronto, a otras casas, a otras vidas. Conmigo se quedó Noa, mi hermana. Y luego llegó Chica, una sobrina inquieta, libre, un poco refunfuñona pero también cariñosa. Vivimos felices. Con mamá Linda. Mucho tiempo.
Ahora… solo quedo yo.
Dicen de mí que siempre parecí un viejo. Por mis barbas blancas. Por mi forma de mirar. Ahora sí que lo soy. Y el cuerpo… ya no responde igual. A veces me visita algo extraño. Me sacude por dentro. Me deja sin fuerzas. Me desconecta del mundo y luego me devuelve, como si nada hubiera pasado. Pero sí pasa.
Mis humanos lo saben. Lo sienten. Y se vuelcan conmigo. Me cuidan. Me acompañan. Me dan mucho cariño. Y yo… lo noto todo.
Echo de menos a los míos. A mi familia perruna. Especialmente a mamá Linda. Era sabia. De las que no levantan la voz pero ordenan la vida. Sabía qué hacer cuando algo se torcía. Nos defendía fuera y nos enseñaba dentro. Observaba. Siempre observaba. Creo que algo de eso se me quedó. Aunque tenga cara de despistado.
A mí… lo que más me gustó siempre fue estar bien con todos. Mi humano dice que soy un perro zen. Y puede ser. Nunca entendí el conflicto como algo necesario. Si me ladraban, yo miraba. Si me buscaban, yo estaba. Si podía jugar, jugaba. Si tocaba parar, paraba. Así de simple. Siempre utilicé la táctica de mover el rabo para rebajar tensiones y hacer amigos.
Me gustaba caminar elegante, muy rufo como mi nombre, sin prisa, mirando cuanto acontecía.
No voy a morir todavía, aunque sé que me queda poco tiempo en este plano. Lo siento en el cuerpo, en los silencios, en la forma en la que ahora me acarician. Pero no estoy triste. Me hace ilusión pensar que cuando se acuerden de mí, el corazón se les haga un poco más grande. A todos.
Mientras esté aquí, seguiré haciendo lo único que sé: dar el amor que soy. Porque no es algo que tenga. Es lo que soy.
Siempre fui agradecido. Por vivir. Por esta casa. Por esta familia. Por cada gesto. Por cada mirada.
Sé que me han conocido más allá de donde pisan mis patas. Y eso me alegra. Porque si llegué hasta ahí, es porque algo bueno dejé.
Y sé —porque se nota— que quienes me han sentido son y serán buenas personas.
Nos amamos por la misma razón que ustedes me aman. Porque somos amor. Y ahí… no hay diferencia.