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Venezuela mi segunda patria”, entre la esperanza y la realidad

Confieso desde el principio, que escribo estas líneas con una mezcla de esperanza y preocupación. No hablo únicamente como observador de la actualidad internacional, sino de alguien, que, como isleño, siente a Venezuela como su segunda patria.

Durante años, por motivos familiares y profesionales, tuve la oportunidad de vivir en Venezuela, recorrer una gran parte importante de su geografía y convivir con sus gentes, a los que yo como buen isleño, he llamado siempre: “mis queridos hermanos de la octava Isla”. Así que, puedo presumir de conocer de cerca el país y   carácter de sus gentes.

Allí encontré un pueblo trabajador, noble, orgulloso de su identidad, extraordinariamente resistente ante la adversidad y capaz de levantarse una y otra vez cuando todo parece perdido. Quizás por eso me preocupa tanto lo que está ocurriendo.

Muchos analistas sostienen que Venezuela se encuentra ante una oportunidad histórica para recuperar plenamente la democracia. Ojalá tengan razón. Sin embargo, la realidad obliga a ejercer la prudencia. Todavía permanecen centenares de presos políticos encarcelados y diversas organizaciones internacionales continúan reclamando reformas profundas de las instituciones judiciales y electorales para garantizar una auténtica transición democrática.

Por ello considero prematuro afirmar que, dentro de seis meses, o incluso para el próximo 24 de junio de 2027, fecha del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, Venezuela estará en condiciones de celebrar unas elecciones presidenciales completamente libres, transparentes y reconocidas por todos, porque las democracias no se decretan. Las democracias se construyen.

Y para construirlas, no basta con liberar a una parte de los presos políticos, sustituir algunos nombres o pronunciar discursos conciliadores. Es necesario desmontar en profundidad las estructuras de poder que durante décadas condicionaron la vida política nacional y además hacerlo creíble y palpable. Lo contrario sería cambiar las velas de un barco mientras el casco continúa haciendo agua.

Si realmente se desea una transición democrática creíble, demostrable y palpable, deberían afrontarse, al menos, cinco medidas fundamentales.

La primera, la liberación total e incondicional de todos los presos políticos, y el cierre definitivo de los procesos judiciales derivados de la persecución ideológica.

La segunda, la renovación independiente del poder judicial, y de los organismos electorales, para que ningún venezolano pueda sospechar que las reglas del juego están previamente escritas.

La tercera, la plena legalización y garantía de actuación para todos los partidos políticos, medios de comunicación y organizaciones civiles.

La cuarta, la presencia permanente de observadores internacionales de reconocido prestigio que supervisen todo el proceso electoral desde sus fases iniciales.

Y la quinta, probablemente la más difícil de todas: reconstruir, la confianza de un pueblo que durante demasiados años ha contemplado cómo sus expectativas terminaban naufragando contra la realidad. Porque ahí reside la verdadera cuestión y el problema de Venezuela, que ya no es únicamente institucional; es emocional, es moral, y de una crisis interna de credibilidad

He conocido suficientemente a los venezolanos como para saber que poseen una paciencia admirable, pero también que esa paciencia tiene límites. Son conscientes de cuándo se les habla con sinceridad y cuándo se les intenta vender una ilusión envuelta en propaganda y muy especialmente Yanque. Por ello, precisamente por conocerlos bien, me atrevo a formular una predicción personal y propia de un viejo lobo de mar, que ha visto y contemplado muchos horizontes como para ver el mundo bien claro en la distancia

Creo que de aquí a junio de 2027 Venezuela seguirá avanzando hacia mayores espacios de libertad. Habrá probablemente nuevas liberaciones, reformas parciales y una apertura política más visible. Sin embargo, “dudo y bien que me duele reconocer seriamente, que para entonces hayan desaparecido por completo las inercias, estructuras y mecanismos que durante años sostuvieron el sistema chavista”. Ojalá me equivoque.

Nada me alegraría más que ver a Venezuela llegar a esa fecha convertida en una democracia plenamente normalizada y reconocida por todos sus ciudadanos.

Pero los procesos históricos no suelen avanzar al ritmo de los calendarios ni de los deseos internacionales avanzan al ritmo que permite la realidad. Y la realidad venezolana, no nos engañemos, sigue siendo al día de hoy compleja, delicada y frágil.

Quizás el mejor homenaje que pueda rendírsele a Bolívar el próximo 24 de junio, no sea organizar unas elecciones apresuradas para cumplir una fecha simbólica. Quizás el verdadero homenaje consista en garantizar que, cuando finalmente los venezolanos acudan a las urnas, puedan hacerlo sin miedo, sin sospechas y con la absoluta certeza de que su voluntad será respetada. Sólo entonces podrá decirse que la República volvió a pertenecer plenamente a sus ciudadanos, porque la democracia no consiste únicamente en contar votos. Consiste en que nadie tenga razones para dudar de ellos.

Y para no perder la costumbre de acabar mis artículos de opinión echando mano a una expresión típica canaria de mauro de Telde diré que… Ojalá cristiano tengamos suerte con el próximo novio para nuestra amada Venezuela del alma, porque si no fuera así… ¡Vemeria purísima! Mejor apaga de un soplío el farol y tercia de nuevo pá la costa hasta que pase la marea. Qué… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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