14 abril 2026 10:44 am
Feria Moya
Feria Moya
La Villa de Moya dinamiza el casco con la Feria Artesanal y Comercial ‘Villa de Moya en Carnaval’
  • Una iniciativa que impulsa el comercio local y pone en valor la artesanía y los productos KM.0 de la isla

  • Atracciones infantiles y un tributo a Juan Luis Guerra, en el Pórtico de la Iglesia, completaron una jornada familiar y festiva

La Villa de Moya celebró la Feria Artesanal y Comercial ‘Villa de Moya en Carnaval’, una propuesta impulsada con el objetivo de dinamizar la economía local en un espacio festivo con actividades para toda la familia.

Durante la jornada, vecinos y visitantes pudieron recorrer los diferentes puestos de artesanía, productos agroalimentarios y artículos de proximidad instalados en la zona comercial. La feria sirvió como escaparate para el trabajo de artesanos y productores de la isla, fomentando así el apoyo directo al pequeño comercio.

El alcalde de la Villa de Moya, Raúl Afonso, destacó que “este tipo de acciones son fundamentales para fortalecer nuestro tejido económico y apoyar a los productores de nuestra isla acercándolos hasta los consumidores. Cuando facilitamos estos espacios de encuentro entre quienes elaboran productos únicos y quienes los adquieren, estamos generando oportunidades reales para el comercio local y fomentando un consumo más consciente y responsable”.

En paralelo a la actividad comercial, el Parque Pico Lomito acogió juegos y atracciones infantiles, facilitando la participación de las familias y ampliando la oferta de ocio durante la mañana. El ambiente festivo se completó con un tributo a Juan Luis Guerra en el Pórtico de la Iglesia, que aportó la nota musical a la jornada.

Por su parte, la concejala de Comercio, Belén Rivero, señaló: “seguimos apostando por iniciativas que respalden al comercio local y que permitan visibilizar la calidad de nuestros artesanos y productores. Cuando unimos comercio, ocio y cultura, generamos una experiencia atractiva que beneficia a todo el municipio”.

Con esta feria, la Villa de Moya reafirma su compromiso con la dinamización económica y la promoción de productos de kilómetro cero, consolidando una programación que combina actividad comercial, cultura y actividades para los más pequeños.

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Un Primer Paso
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Un primer paso por Olga Valiente

Mateo no quería convertirse en héroe ni dedicar sus días a salvar princesas. Él quería conquistar planetas. Mientras sus primos y amigos se aprendían los nombres de los dinosaurios, jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, él memorizaba la distancia entre Mercurio y Venus, los nombres de las constelaciones y las temperaturas imposibles de Urano y Neptuno. Solía pasar horas leyendo los artículos que la NASA publicaba sobre las nuevas galaxias y los nuevos planetas descubiertos por alguno de los satélites que surcaban el universo, pero había uno en particular que lo obsesionaba: Marte. Desde muy pequeño le gustaba subir a la azotea para observarlo a través del telescopio de su padre, prometiéndose a sí mismo que, algún día, sería el primero en pisarlo. Siempre que lo escuchaban, sus padres sonreían y le acariciaban el pelo, y los profesores asentían como hacen los adultos cuando oyen a un niño fantasear con personajes de cuento. Pero Mateo no fantaseaba. Por las noches, cuando todos en casa dormían, se asomaba a la ventana y miraba el cielo, buscándolo, aunque no siempre fuera visible. —¿Y si no está deshabitado? —preguntaba, sin dejar de mirar. Él no creía que los planetas estuvieran deshabitados. De hecho, pensaba que en todos existía algún tipo de ser adaptado a las condiciones del lugar, esperando a ser descubierto. En su mente, en Marte los habitantes no respiraban como los humanos. Allí vivían con menos oxígeno, sus pieles resistían mejor los cambios de temperatura, eran de color rojizo y tenían los ojos más grandes para poder ver en la penumbra de las tormentas de polvo. A veces los dibujaba: altos, delgados, flotando debido a la escasa gravedad. —Ellos no necesitan hablar —decía—. Se comunican a través de la mente o de las emociones. Y en esos pensamientos siempre había una escena que se repetía: el momento de su llegada al planeta. Su primer paso. Un primer paso sin cámaras, sin banderas, sin retransmisiones en vivo ni discursos. Solo él descendiendo de la nave, levantando el polvo rojo con el andar de sus botas y, unos pasos más allá, ellos, observándolo con curiosidad. Mateo sabía que, en el fondo, ya lo estaban esperando, porque eran más sabios que nosotros y les gustaba recibir a quienes no iban a conquistar, sino a aprender de aquellos que tenían mucho que enseñar. Y así pasaron los años. Mateo siguió dibujando en sus cuadernos, aunque aquellos trazos dejaron de ser simples dibujos para convertirse en proyectos de estudio. Sus noches de observación se transformaron en horas de trabajo y su certeza, en disciplina. Pero nunca, nunca, dejó de creer. Siguió sintiendo que ese planeta seguía siendo suyo porque, quizá, en otra vida ya le había pertenecido. Y mientras el mundo seguía girando, ajeno a la promesa que un día se hizo cuando solo era un crío, él mantenía intacta la esperanza de demostrar que no estamos solos.