El último modelado de un maestro: El eterno legado de Luis Alemán Montull

Las Palmas de Gran Canaria se despide de uno de sus hijos más ilustres, el escultor que supo transformar el hierro y la piedra en el alma de nuestras islas.

Hay artistas que pintan el paisaje, pero hay otros, como Luis Alemán Montull, que pasan a formar parte de él. Con su partida, el archipiélago no pierde solo a un escultor de técnica exquisita; pierde a un cronista de la forma, a un hombre que dedicó su vida a entender el volumen y a regalarle a Canarias una identidad tangible en sus calles y plazas.

El despertar de un talento precoz
Nacido con el año nuevo de 1934 en Las Palmas de Gran Canaria, la vocación de Montull no se hizo esperar. Mientras otros niños descubrían el mundo a través de juegos, él ya lo hacía a través del arte: a los trece años firmaba su primera obra destacable. Fue ese impulso temprano el que lo llevó a la Escuela Luján Pérez, ese hervidero de talento donde, entre 1948 y 1954, pulió su talento bajo la mirada de maestros como Abraham Cárdenes, con quien mantuvo una conexión vital y artística que marcaría su rigor profesional.

De la Barcelona bohemia al París de las vanguardias
Como todo creador con sed de infinito, Montull necesitó expandir sus horizontes. En 1954 cambió el salitre canario por el bullicio de la Ciudad Condal, ingresando en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge. Sin embargo, su gran salto al escenario internacional llegaría cinco años después, cuando París —la ciudad del amor y de la luz— se convirtió en su hogar.

En Francia, trabajó codo con codo con el escultor Cazabaun, director de la Asociación de Artistas de Francia. Aquella etapa parisina fue su consagración: desde su primera exposición en el Salón Puteaux en 1960, su nombre empezó a resonar con fuerza junto a otros artistas españoles que buscaban una voz propia en el corazón de Europa.

El regreso a las raíces
Tras un nuevo paso por Barcelona, el imán de la «isla afortunada» hizo su efecto en 1970. Montull regresó a Gran Canaria no como el joven que se fue, sino como un maestro consolidado. A partir de ese momento, su producción se volvió incansable. Sus manos dieron vida a innumerables esculturas urbanas que hoy son puntos de referencia en nuestra geografía emocional; obras que dialogan con el viento y el transeúnte, recordándonos que el arte no debe estar solo en los museos, sino vivo, en la calle.

«Hoy no lloramos su partida; hoy celebramos la suerte de haber compartido tiempo y espacio con un isleño de altos vuelos.»

Un adiós que es un «hasta siempre»
Luis Alemán Montull no se va del todo. Se queda en cada curva de sus bronces, en la fuerza de sus monumentos y en el respeto de una sociedad que reconoce en él a una gran persona, un hombre cercano que nunca olvidó sus orígenes a pesar de haber conquistado las capitales del arte.

Se apaga la gubia, pero se enciende el mito. Gracias por la belleza, por la constancia y por haber esculpido, con tanta dignidad, la historia de nuestra tierra.

Descanse en paz, Don Luis.

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