¡¡Felíz Cumpleaños!!

Lucía y Hugo acaban de llegar del aeropuerto, de recoger a Carlos y María, dos hermanos con los que hicieron amistad hace ya un lustro, en la isla de Fuerteventura, mientras veraneaban en Jandía. Desde entonces intentan coincidir todos los años pues Carlos es el “mejor amigo” de Hugo y María de Lucía. Ya saben cómo son los niños a esa edad con las amistades, que si cuajan bien lo serán de por vida y un “mejor amigo” es un tesoro que no se puede perder.

Su abuela, Tere, les tiene preparada una estupenda merienda con una bandeja llena de sandwiches de todos los colores y sabores, además de batidos, zumos, una limonada… en una mesa llena de globos y serpentinas, y es que hoy es el cumpleaños del abuelo Orencio.

Nada más llegar los niños se tiran del cuello de los abuelos, tanto Lucía y Hugo como Carlos y María, que por ser sus padres muy mayores no conocieron a sus abuelos y durante unos días, en verano, disfrutan del Orencio y Tere como si fueran los suyos propios.

María se acercó a la mesa, a ver qué tomaba, y de repente le dice a “su abuelo”:

  • Tengo alergia al gluten, ¿sabes? No podré tomar pan.

La cara del abuelo se entristeció, pero enseguida sus ojos verdes comenzaron a brillar:

  • No te preocupes, sé de una cosita que te encantará — le dijo a la muchachita mientras iba a la cocina, apresurado.

Tomó una caja de quesitos El Caserío y chorizo de Teror que había en la nevera. Batió un par de huevos, añadió dos porciones de queso bien troceaditos y trocitos de chorizo. Batió dos huevos, con ese cariño que tienen los abuelos cuando les gusta cocinar, y más para las personas a las que quieren, y añadió los trocitos que estaban en una escudilla. Cogió un poquito de chorizo y lo puso en una sartén pequeña, esperó a que se calentase y añadió los ingredientes que estaban en el tazón. En cuanto estaba medio hecho, le dio la vuelta, y ya estaba casi hecha su “tortilla especial” que tanto gustaba a los niños.

  • ¡¡Orencio, Orencio, que vamos a partir la tarta!! —interrumpió Tere, su esposa— ¿Dónde estás?
  • “Aquí, me-ando” — contestó el abuelo, dibujando una gran sonrisa bajo su espeso bigote.
  • Venga, no tardes —le decía Tere, al ver lo que tenía entre manos— ¿Y eso, por qué cocinas ahora?
  • Es que María no puede tomar pan, y está triste.
  • Eres un bandido, todos buscándote y tú escondidito aquí.
  • Tere, “ pa ir y venir, más vale no dir” hasta que no le tenga la merienda preparada a la niña. La tarta puede esperar. Por cierto, ¿Ya llegaron los niños?
  • Ruymán acaba de llegar con su novia, y Ayoze y Lucía están aparcando el coche, pero te esperamos. Hazte el sorprendido con la tarta, a los niños les hará más ilusión.
  • De acuerdo. Ya está, esta misa ya está dicha…

Al llegar a la mesa con la tortilla humeante los ojos de los niños se encendieron. Era su merienda favorita, sólo “abuelo Orencio” sabía preparar un manjar así.

  • ¡¡Venga, venga, a comer!! Que hoy es un día de “portarse mal y pasarlo bien”, así que pueden coger los trocitos de tortilla con los dedos… Mamá y la abuela no se enfadarán.

En ese instante entraron Ayoze y Lara, que son los padres de Lucía y Hugo cantando:

  • ¡¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…!!

Llevaban una preciosa tarta de mus de chocolate, la favorita de los niños, y todos le acompañaron en esa tarde tan dichosa.

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Imitar Sin Pensar
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Imitar sin pensar

Las modas nacen deprisa. Un gesto, una celebración, una fotografía o un vídeo bastan para que miles de jóvenes quieran imitar lo que ven sin preguntarse de dónde viene ni qué significa. Es el precio de vivir en un mundo donde la apariencia suele correr más que el conocimiento. Un muchacho se bajó los pantalones un palmo porque su ídolo lo había hecho. Otro lo imitó al día siguiente. Después llegaron cientos más. Ninguno sabía explicar el motivo, ni le importaba. Lo importante era parecerse a quien admiraban. Con el paso del tiempo descubrieron que muchos gestos, formas de vestir o maneras de comportarse tenían historias que desconocían. Algunas eran simples modas; otras habían nacido en ambientes marginales, en bandas, incluso en prisiones o en culturas muy distintas de la nuestra. Comprendieron demasiado tarde que copiar sin entender es la forma más rápida de dejar que otros piensen por uno. Los años pasan y la imagen que cada cual construye también deja huella. Se toman decisiones que parecen insignificantes en el momento, pero que acaban definiendo la personalidad, las costumbres e incluso la forma en que los demás nos perciben. Corregir ese rumbo siempre es posible, pero nunca resulta tan sencillo como haber reflexionado antes de imitar. Todo esto me viene a la cabeza al recordar la celebración del futbolista de la selección española Lamine Yamal. Un deportista de élite sabe que millones de ojos observan cada uno de sus movimientos. Los referentes no solo marcan goles; también marcan conductas. Quienes los admiran merecen mensajes que inspiren esfuerzo, respeto y criterio, no simples gestos vacíos destinados a ser copiados sin reflexión. La lección es sencilla: no conviertas la admiración en obediencia, no imites porque sí, pregunta, piensa y decide por ti mismo. La libertad empieza cuando dejas de seguir al rebaño. A buen seguro, quien renuncia a pensar acaba viviendo la vida de otros. Y esa es la peor de las derrotas: descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que nunca fue uno mismo quien eligió el camino.