LA PROMESA DE VERGARA, EL TOPÓNIMO QUE LE DA ORIGEN A NUESTRA FIESTA por Julian Melián

Este topónimo, la Montaña de Vergara, origen geográfico de la fiesta según la memoria popular, se encuentra al norte de Bascamao y al oeste de Verdejo. Está claro qué hace alusión a algún personaje cuya familia tuvo su origen en aquella población de Gipuzkoa, hoy Bergara, que llegaría entre los primeros pobladores a nuestra isla.

Tenemos noticias de que en los primeros repartimientos de la isla ya aparecen agraciados con este apellido, Gonzalo Pérez de Vergara, a los que le son dadas tierras en 1501 en Gáldar, (Recuérdese que Guía no será Villa hasta 1526); de todas maneras en esos primeros repartos las tierras que se dieron, en su mayoría, son las de las vegas, las de más calidad, las de regadío y nuestra Montaña de Vergara está en Medianías.

Sin embargo, el primer Vergara que hemos podido documentar en Guía, se trata de Cristobal de Belgara, hijo de Juan de Belgara, vecino de Guía que el 31 de mayo de 1566, aparece casándose en nuestra parroquia con Leonisa Gidalga, también vecina de este pueblo.

No sabemos si de este Belgara viene el topónimo pero sí que se quedó en Guía, porque aparece años después bautizando hijos.

A través de los siglos el topónimo aparece en documentos y transacciones así como en los inventarios de vecinos. En 1811, año en que se ha documentado el inicio de la promesa de nuestros mayores, la Montaña de Vergara y los cortijos lindantes pertenecían a don José Cristóbal Quintana Guerra, que a través de adjudicaciones y compras se había hecho con los terrenos; aún hoy en día el apellido Quintana sigue plenamente relacionado con esos terrenos.

José Cristóbal Quintana, en unión de otros, fueron los que hicieron la promesa que según nuestra historia los libró de la langosta. A este respecto, la relación de esta familia con la Fiesta de las Marías la tenemos en la prueba de que el mayordomo actual de la Fiesta, Luis Miguel Arencibia León es descendiente directo de don José Cristóbal Quintana Guerra, con lo que se respalda la teoría de que el lugar y la persona tuvieron mucho que ver con la promesa.

Nos vemos en Vergara.

Compartir
Más Noticias

Suscribete a nuestro newsletter

Imitar Sin Pensar
Noticias
NGC

Imitar sin pensar

Las modas nacen deprisa. Un gesto, una celebración, una fotografía o un vídeo bastan para que miles de jóvenes quieran imitar lo que ven sin preguntarse de dónde viene ni qué significa. Es el precio de vivir en un mundo donde la apariencia suele correr más que el conocimiento. Un muchacho se bajó los pantalones un palmo porque su ídolo lo había hecho. Otro lo imitó al día siguiente. Después llegaron cientos más. Ninguno sabía explicar el motivo, ni le importaba. Lo importante era parecerse a quien admiraban. Con el paso del tiempo descubrieron que muchos gestos, formas de vestir o maneras de comportarse tenían historias que desconocían. Algunas eran simples modas; otras habían nacido en ambientes marginales, en bandas, incluso en prisiones o en culturas muy distintas de la nuestra. Comprendieron demasiado tarde que copiar sin entender es la forma más rápida de dejar que otros piensen por uno. Los años pasan y la imagen que cada cual construye también deja huella. Se toman decisiones que parecen insignificantes en el momento, pero que acaban definiendo la personalidad, las costumbres e incluso la forma en que los demás nos perciben. Corregir ese rumbo siempre es posible, pero nunca resulta tan sencillo como haber reflexionado antes de imitar. Todo esto me viene a la cabeza al recordar la celebración del futbolista de la selección española Lamine Yamal. Un deportista de élite sabe que millones de ojos observan cada uno de sus movimientos. Los referentes no solo marcan goles; también marcan conductas. Quienes los admiran merecen mensajes que inspiren esfuerzo, respeto y criterio, no simples gestos vacíos destinados a ser copiados sin reflexión. La lección es sencilla: no conviertas la admiración en obediencia, no imites porque sí, pregunta, piensa y decide por ti mismo. La libertad empieza cuando dejas de seguir al rebaño. A buen seguro, quien renuncia a pensar acaba viviendo la vida de otros. Y esa es la peor de las derrotas: descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que nunca fue uno mismo quien eligió el camino.