Foto Hector Y Rosario La Orilla De Los Días 1
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La mínima hojarasca

Un libro  de poemas de Héctor Rodríguez Riverol, Lucía Rodríguez González, Juan Calero Rodríguez.

He aquí una propuesta de tres poetas que, por razones de la convivencia, de las lecturas y de las influencias mutuas, constituye casi una misma unidad expresiva. Unos textos actuales. Una poesía donde sientes  en pequeños flashes  la soledad y la dureza del paisaje palmero. 

HÉCTOR RODRÍGUEZ RIVEROL  

Así, no me ha llamado la atención que Héctor Rodríguez nos presente en este nuevo libro titulado La mínima hojarasca, poemas breves a la manera de haikus porque con mucha frecuencia aparece en su poesía el sentimiento hacia la naturaleza con la que dialoga, comunica y se solidariza. Se solidariza obstinadamente por salvarla de la dramatización del infierno en la noche y en el día. Es verdad que forma parte de su trabajo, pero lo hace con una mirada generosa, de apego y lucha hacia el hábitat y el propio hombre.

Se aferra a la belleza poética y escribe:

Me arrojo al abismo/ de un cielo virgen/ como las aves de paso.

Héctor está en contacto con las energías de la vida, con el silencio que llega hasta el edén y convierte el poema en un mundo propio, donde reina la sencillez, la naturalidad y la sutileza. Mide, pesa sus palabras, por lo que su escritura responde a la reflexión. Así escuchamos al poeta:

-¿Quién tendrá/ la osadía de morder/ el cuchillo, la manía/ de agasajar al miedo/ o el falso reflejo de la infancia/ que nunca tuvimos?

En este poema desnuda la palabra, con una gran fuerza melancólica, plantea también una poesía interrogativa y existencial, la visión del pesimismo, la tristeza, la oscuridad:

Todo es ceniza: / la ínfima vertiente, / los estambres del camino, / su movimiento y desgaste, / las misivas en el buzón de los sueños / mi boca ebria de cantares y herrumbre. 

En la mínima hojarasca, Héctor Rodríguez Riverol nos presenta el dolor, los sentimientos,  la angustia, el arrebato, la fatiga como una forma de memoria.   

LUCIA ROSA GONZÁLEZ, LA INTEMPERIE SE MUEVE

Nos describe Lucia Rosa González e

en La intemperie se mueve, la degradación, la crueldad y la muerte. La voz, su voz vuelve a la Naturaleza, a los pájaros, a los murciélagos gaviotas y grajas que cruzan. Vuelve al polvo, a la calima, al volcán. A los murmullos de las conversaciones bajo los pinos. Convierte el poema en pensamiento, para actuar sobre la conciencia del hombre.

Ahora viene el volcán / y degüella las rosas que quedaban. / Miro arriba y me espanto, / ¡el cielo desgastado pide ayuda! No sé qué va a hacer el cielo

Une belleza y muerte, el tránsito que se lleva la luz, quedando solo la ausencia y un cielo que, acaso carece de razón, pero comparten el mismo ser.

La intemperie se mueve, rinde tributo a las tierras donde ha nacido, a los antepasados que las habitaron, las plantas sagradas: el avellano, el orégano, el muérdago, los arándanos, el laurel, las grosellas. Un homenaje a la naturaleza. Un libro escrito con ese dominio de los tiempos, con esa voluntad indagadora en lo telúrico, enraizada a la tierra, a la lluvia, al viento.  Una poesía de la experiencia, confesional, de emociones, del paisaje y de los recuerdos, de la ternura hacia el delicado cabello de su madre:

-Madre, tu trenza que hipnotiza / brilla en la eternidad. /Vemos que parpadeas en la hondura. / Con la maternidad a la intemperie/  nos buscas en las piedras./ Qué harán de tus cabellos, madre, /las piedras que en la lava/ nos desaparecen.

Lucia Rosa va al encuentro de la conversación, de ese diálogo que es el centro de su poesía, donde concurren interrogantes, la intemperie que se mueve entre la oscuridad y la luz, la ceniza aún caliente y la lava que viene a comernos. Lo real y lo evanescente que araña las puertas del sentido. El Paraíso perdido del que hablaba Marcel Proust.

En La intemperie se mueve nos impulsa a la omnipresencia del volcán. Nos refuerza ese sentimiento que bajo el volcán todo desaparece, del volcán vigilante que nos convierte en su presa. Nos impulsa a la belleza cautivadora y cruel del universo.

Pero La intemperie se mueve, es también una respuesta al mundo, a la realidad que es el mundo interior de Lucia Rosa González; poeta. 

JUAN CALERO RODRÍGUEZ, ENHEBRANDO LLOVIZNAS

Juan Calero Rodríguez es un poeta que desde la soledad, la modorra y la desesperanza emocional de sus vivencias en Cuba y su vida en la isla de La Palma, ha sabido crear un lenguaje poético personal, un lenguaje que pertenece a la poesía como ejercicio de construcción de su pasado y su presente.

 En Enhebrando lloviznas, Juan Calero construye, al igual que los otros dos poetas que participan en este texto, poemas minimalistas, elípticos que, como vemos son muy breves, con un enfoque emotivo, esencial y aparentemente sencillo y digo aparentemente porque debajo de la naturalidad y sencillez se encuentra un trabajo serio de elaboración:

-Si tuviera al menos la incomprensión / pero ni tus súplicas al cielo hacen trampas. / Nadie tiene la culpa, /el mundo no puede cobijar más excepciones. 

Juan Calero Rodríguez es un poeta enamorado del mundo del arte, de los libros de la poesía y especialmente de la pintura. Le gusta hablar de la poesía, de los poetas, de las librerías y de los escritores. Le gusta recorrer la historia personal y la colectiva de los lugares que va conociendo a través de sus viajes, asumirla como descubrimiento de otras culturas y escribir, escribir como en este poema donde exclama:

 Madre, ahora que confundo los instantes del / equilibrio y el correo niega hasta el último de los/  mensajes recuérdame el nombre, la fecha de los/ auxilios. Los accidentes.

Escribe Calero, igual que si estuviese sumergido en el sueño de su origen, de sus capas más oscuras, en el amargo deterioro de la desmemoria, del olvido. Un poema con un tono intimista y confesional, un poema sobre imágenes vagas que atraviesan la mente del poeta, un poema que me ha hecho recordar la idea del Paraíso perdido de Marcel Proust.

Construiste templos donde esconder desiertos, / lugares medio mojados cada mañana, / y sin rostro, me preguntas, dónde queda la patria:

En estos versos asoma el tono de nostalgia, de la patria perdida, de ese arte tejido en el telar de los recuerdos. De esa memoria, íntima, sensorial del país de la infancia que marca tanto.

Todos dijeron ser inocentes / la lluvia, el viento, las horas, el amanecer /el brillo de la luna, los sueños con sus mitos / la mirada y su canción. Solo la mano del niño /no supo qué decir ante la rosa sin pétalos.

A través de los poemas, Juan Calero Rodríguez canta al amor, a la naturaleza, a lo ancestral, a lo urbano, a la búsqueda de la vida.  s el hallazgo de esa poesía como palabra en la memoria.      

Rosario Valcárcel, narradora y poeta

 

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Mi Amigo J.
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Mi amigo J. por Olga Valiente

Mi amigo J. no es una persona cualquiera. Es, más bien, un personaje peculiar: una mezcla de enfermero vocacional, santo de pueblo, político de ideas fijas, maestro sanador, futbolista de antaño, guerrero luchador del Imperio Romano, cantante de ducha —y de cualquier otro momento en el que se sienta inspirado— y compañero de mesa con capacidad para convertir cualquier mañana normal en un episodio digno de contarse en las reuniones de amigos. Ahora trabaja en gestión, sentado cerquita de mí, una prueba espiritual más de que la vida nos trajo hasta aquí para mantenernos unidos; una prueba más de que mi objetivo en esta vida es trabajarme la paciencia, el sentido del humor y la capacidad de concentración. Porque mi amigo J. suele estar calladito, sí, y parece serio, también. Incluso puede parecer que está concentrado en algo, pero una ya lo conoce y sabe que, cuando pone cierta cara, es que algo se viene: una ocurrencia, una historia, un comentario inesperado o, directamente, una conversación sobre caca con toda la naturalidad del mundo, como quien comenta el tiempo o las últimas noticias sobre política. Porque sí, hablamos de caca y de pedos. Así, sin pudor y sin pedir permiso al protocolo, bajo la atenta mirada del resto del equipo. Hay quienes hablan de fútbol, de religión o de la vida; nosotros también, pero, en algún momento del día, por caminos que solo el universo entiende, acabamos hablando de cuándo nos toca ir al baño, de manises o de caracoles. Y no porque yo tenga la imperiosa necesidad de saberlo, que conste, sino porque la convivencia laboral con él me ha dado una formación completa en gestos, horarios, silencios sospechosos y desapariciones estratégicas. Y, aun así, le he cogido cariño. Y es que detrás de todas sus rarezas hay un hombre bueno. De esos que te ayudan sin hacer ruido, de los que están siempre. Mi amigo católico, que no va por ahí dando lecciones, sino dejando que cada uno aprenda cuando le corresponda; de los que escuchan un grito y se asoman a la ventana preguntando quién necesita ayuda; de los que te salvan la vida si te ahogas. De joven —porque ahora ya está viejito— cantaba en rondalla y jugaba al fútbol. Tenía cuerpo de perrillo cazador: delgado, deportista, con pinta de poder correr detrás de un balón y subir escaleras sin asfixiarse. Eran otros tiempos, claro. Tiempos de pelos educados y discretos, clasificados y enrollados en distintos tipos de pinchos; tiempos de rodillas obedientes y de fotos de fiestas que ahora sobreviven como patrimonio histórico de su memoria. Pero el cuerpo —y la vida— cambia, las responsabilidades aumentan y se acumulan, y uno acaba cambiando el deporte por los estudios, la clasificación capilar por los correos en carpetas, el cantar en rondalla por las conversaciones telefónicas de oficina y las defensas de trabajo, y, sobre todo, la habilidad juvenil para subir cuestas por levantarse de la silla haciendo algún ruidito de esos que antes criticábamos en los mayores. Sin embargo, a mi amigo J. no le importa demasiado el paso del tiempo o, al menos, lo disimula con gracia. Tiene esa habilidad maravillosa de reírse de sí mismo antes de que lo hagan los demás, y eso lo hace poderoso. En las fiestas se enrala, porque no hay palabra canaria que defina mejor lo que hace. Empieza tranquilo, incluso formal, aparentando ser un marido serio con dos hijos y, de pronto, se activa. Una canción, una broma, una chispa. Entonces se levanta la camisa y enseña su abdominal sonriéndole a la vida. Y una se ríe, claro. Fue supervisor, político —casi alcalde—, enfermero asistencial y, ahora, trabaja casi «funcionario», una manera elegante de decir que pasa las mañanas lidiando con papeles, problemas y aplicaciones informáticas. Yo creo que no llegó a alcalde porque el universo sabía que su pueblo no estaba preparado para su nivel de inteligencia, su energía y sus ideas. Peor para ellos. Mejor para mí. Todavía recuerdo nuestros paseos por la avenida del colesterol, aquellas caminatas que empezaron como un intento sano de cuidarnos y no dormirnos, y terminaron pareciendo una penitencia medieval en la que, mientras hablábamos sobre cómo cambiar el mundo, nos íbamos dejando la cadera. Pero qué bien nos sentaban, no solo para mover el cuerpo, sino también para despejar la mente. Porque caminar con él era eso: una mezcla de terapia y confesionario, comedia y parte médico. Y yo siempre lo escuchaba pensando que la amistad, a veces, consiste precisamente en eso: en compartir pasos, risas y temas que, con cualquier otra persona, serían impensables. Mi amigo J. también hace reiki, cosa que tampoco me sorprende. Hay quienes aprenden a canalizar la energía y otros que, directamente, nacen con ella en cada poro de la piel. Él es de estos últimos. Una luz particular, llena de humor, inocencia y, a veces, con tendencia al caos. Puede poner sus manos para calmarte, sus oídos para escucharte cuando lo necesitas y, dos minutos después, soltar una barbaridad que te obliga a reír aunque tengas un día retorcido; aunque, en su interior, sea él quien necesite ayuda. Por todo esto, y por muchas cosas más, ya le tengo reservada su plaza en el asilo —al ladito de la mía— para cuando le haga falta. Y no es broma. Bueno, sí, pero no del todo. Porque hay amistades que una sabe que nunca se van a acabar con el final de una etapa, sino que permanecerán siempre. Y, si Dios y la vida nos lo permiten, volveremos a caminar por nuestra avenida del colesterol, pero esta vez en otro pasillo, con andador y a otro ritmo, criticando el puré, comentando quién ronca más y recordándonos cuándo nos toca ir al baño. Y estoy segura de que ahí mi amigo J. seguirá siendo como hasta ahora, porque podrá cambiar de cuerpo, de cargo o de etapa, pero siempre habrá algo suyo que seguirá existiendo: esa manera tan personal de estar en este mundo. Así que,