El Caricaturista Néstor Dámaso
El Caricaturista Néstor Dámaso
Néstor Dámaso imparte un taller en la Biblioteca Insular destinado a desarrollar la creatividad entre el público infantil
  • El caricaturista grancanario ofrece su taller ‘Caricaturas de buena tinta’ en la Biblioteca Insular del 29 de junio al 3 de julio, dirigido al público infantil de 8 a 14 años 

El artista Néstor Dámaso imparte en la Biblioteca Insular el taller titulado ‘Caricaturas de buena tinta’ del 29 de junio hasta el 3 de julio, de 10:00 a 12:00 horas. La actividad está dirigida al público infantil de 8 a 14 años con el propósito de estimular y desarrollar la creatividad.

“Estudiaremos las distintas expresiones del rostro, utilizando elementos que nos ayuden a reconocer a los personajes aplicando distintas técnicas, disfrutando con el concepto de que la caricatura es infinita”, explica Dámaso. El material que deberá traer cada asistente será lápiz, goma, afilador, rotuladores negros y de color. 

Compartir su pasión por la caricatura 

“Deseo compartir lo que me apasiona desde niño, las caricaturas. Te hace sentir libre. Desde siempre, al deformar la naturaleza de lo que vemos, te hace soñar fomentando la creatividad”, reconoce el artista. Intenta que los que participan en los talleres disfruten como él, ayudándoles en la forma de observar la vida y conectando con otras artes.

Néstor Dámaso asegura que estos talleres los disfruta desde el minuto uno hasta el final. “La conexión con ellos, observar sus pequeños avances es también disfrute. Ver cómo comparten sus trabajos entre ellos, observar cómo interactúan. Con el tiempo, verlos progresar se traduce en mi felicidad”. Él disfruta el mero acto de posibilitar que cada uno potencie su capacidad artística.

Para el caricaturista es útil transmitir los conocimientos a través de estas actividades, ya que la conexión de las artes es indiscutible. “El contraste, el formato, el peso, lo infinito del arte en la visión de cada uno, nos demuestra que todas las artes están conectadas y es bueno saberlo”, añade. Dámaso afirma que aprender desde el fracaso también es avanzar sin percatarse. “Cada paso es un triunfo y el amor-dolor que produce es parte del crecimiento y aprendizaje”.

Reconoce que estaría encantado de hacer otros talleres con distintas edades e incluso destinado a personas mayores. “Independientemente, dependiendo de la edad y los distintos niveles, el enfoque es diferente, y notas que cuanto mayor es la persona les cuesta más ser creativos, quizás por la dificultad de observar con otros ojos la realidad que les acompaña y les cuesta mucho más que a los jóvenes e incipientes artistas”, concluye. 

Sobre Néstor Dámaso del Pino  

Néstor Dámaso del Pino es un artista autodidacta nacido en Gran Canaria el 6 de junio de 1965. “Desde pequeño ya estaba conectado con las artes. Mi padre fue ebanista antes de otras profesiones. Mi hermano mayor, se licenció en Bellas Artes, así que en casa se olía a barnices, aceite de trementina, de linaza, óleos, ruidos de los trazos, de los pinceles y paletas, paletinas sobre lienzos”, recuerda.

Es miembro de la Asociación Canaria de Humoristas Gráficos y Caricaturistas ‘Se nos fue el baifo’ y de Feco España (Federation of Cartoonists). Un centenar de retratos del artista forman parte del patrimonio de unas 80 casas-museo, fundaciones, consulados, instituciones culturales y deportivas en distintos países. Ha impartido en instituciones públicas talleres de caricaturas, siendo también autor de portadas de libros y logos.

Tiene en su haber cerca de 130 exposiciones, y entre sus últimos premios, en julio de 2023, la Embajada de Rumanía en España le hace entrega del Diploma de Excelencia. En octubre de 2024 recibe el Premio «Bayfo de Oro» otorgado por los Humoristas Gráficos y Caricaturistas de Canarias. Este año, en la isla de La Palma, ha recibido el Premio EXPRESARTE en reconocimiento a la excelencia artística 2026. Recientemente recibió en Gáldar el Artebirgua de honor de las Artes Plásticas 2026.

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Antonio Cerpa Y Rodrigo Trujillo
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El Camellero y el Desierto

Los añorados ochenta del milenio pasado, esos mismos que los más veteranos del lugar recordamos con una visión distorsionada, cargándonos de imágenes y anécdotas que nuestras mentes empiezan a dibujar con trazos cada vez más idealizados e irreales, haciendo propio aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor», también contaban con desiertos culturales donde las oportunidades de manifestarse creativamente se antojaban más crudas que hoy en día. Ahora, las nuevas tecnologías y las redes sociales muestran oasis donde muchos —quizás más de los llamados— tienen la oportunidad de mostrar su talento y creatividad, o la falta de ambos. Aquellos duros desiertos de soledad y falta de oportunidades se intentaban paliar con mucho ingenio y pocos medios. Proliferaron los fanzines de todo tipo: algunos básicos, rayando el panfleto artesanal de fotocopias de instituto, y otros con una calidad que podía pasar por una publicación profesional. Eran los años de la Movida madrileña, que marcó muchas de las pautas de estas publicaciones artesanales. En nuestro archipiélago, «La Hormiga de Pan», en Tenerife, se dispuso a cruzar ese desierto árido que se plantaba delante de las inquietudes artísticas de los amantes del cómic; pero fue un auténtico Camello, en Gran Canaria, quien cruzó la playa de Las Canteras, las dunas de Maspalomas y cualquier arenal que se interpusiese en la creatividad de los jóvenes talentos de la isla. Había nacido «Un fanzín llamado Camello», fruto de la inquietud de algunos talluditos amantes del cómic. Destacaba como cabeza visible, siempre en un discreto segundo plano, Rodrigo Trujillo Rivero, amante del cómic clásico, profundo conocedor del medio y en contacto con muchos profesionales de la época. Gracias a él, en las páginas de Camello los aficionados del lugar tuvieron la oportunidad de codearse con profesionales de la talla de Alberto Manrique de Lara, Perera, Comas Quesada, Azpiri, Espallardo, Das Pastoras, Juan Giménez… Algunos de aquellos aficionados tomaron este fanzín como un banco de pruebas donde adquirir rodaje y experiencia artística que, de una manera u otra, les sirviera para su futuro deambular en el medio. Cabe recordar al madrileño Ramón Armas, que empezó su carrera en el número 7 con una estupenda portada y cuatro páginas a color, y luego continuó con una prolífica carrera en el cómic erótico; a Antonio Cerpa, sí, el que les habla, que publicó en el número 1 la primera adaptación al cómic de los famosos cuentos de Pepe Monagas, obra literaria original del escritor Pancho Guerra, que seguiría publicándose en la prensa local y años más tarde en volúmenes recopilatorios; o a Pipo Hernández, amante de la ciencia ficción reconvertido en artista multifacético, y a su hermano Alberto Hernández, que nunca tuvo la oportunidad de publicar en Camello por ser muy jovencito, pero que terminaría convirtiéndose en una de las firmas más sólidas del panorama profesional. Javier Núñez supuso el impulso de la parte moderna de la publicación. Relataba que el nombre del fanzín se le ocurrió mientras echaba profundas caladas a su marca de cigarrillos preferida, Camel, y que nada tenía que ver con otro tipo de camellos dedicados a actividades delictivas. Rodrigo Trujillo puso la coletilla definitiva con aquello de «Un fanzín llamado…», haciendo un guiño a la famosa película Un hombre llamado Caballo, estrenada a principios de la década de los setenta. Y es como he dicho: Rodrigo era un amante de los clásicos. Fueron entrañables años de camaradería artística entre jóvenes cargados de ilusión; recuerdos empañados de nostalgia, a golpes de refresco, en aquellas reuniones de la desaparecida cafetería Triana, hablando de cómics, enseñando páginas y dibujos. Hasta que, un mal día, agotado por la sobrecarga de la vida, por el peso del papel impreso o, peor aún, por el amargo sabor de la tinta china, nuestro camello, con trece fatídicos números en sus corcovas, dejó de caminar y ante nosotros se abrió nuevamente la sequedad del desierto infinito. Han pasado más de cuarenta años. Rodrigo Trujillo continuó durante ese tiempo con su callada labor de estudio, recuperación y publicación artesanal de obras clásicas del cómic, una labor impagable solo valorada por quienes saben apreciar las verdaderas joyas y el trabajo bien hecho. 0En los últimos años mi relación con él era puntual y, hace poco me enteré por su hijo que, en Noviembre del pasado año 2025, Rodrigo había partido con su camello hacia las dunas preñadas de estrellas. Sentí nuevamente la tristeza del desierto profundo. Se fue como siempre vivió: caminando de puntillas y descalzo para no hacer ruido. Él, que tanto sabía de zapatos y tantos vendió a lo largo de su vida; el amante del dibujo que, sin saber trazar una línea, tantos buenos consejos sabía dar en este campo; el amigo socarrón que contaba historias como nadie y del que tanto aprendíamos todos; el hombre culto que nunca presumió de su sabiduría y que tanto nos enseñó; el jinete, el camellero sin cuya guía aquel fanzín nunca hubiese sido lo que fue. Ahora estará en algún oasis a la espera de nuevas aventuras, compartiendo anécdotas con personajes de historietas y dibujantes que partieron antes que él, hablando de acuarelas con Alberto Manrique o con Comas Quesada, o de viñetas con el gran Azpiri. Suele ocurrir. «El púgil enmascarado», como le gustaba firmar sus artículos por su amor al boxeo, disciplina de la que fue entrenador, gustaba de preparar a todos en la sombra mientras reservaba para sí el eterno anonimato. Lo fue también en su labor cultural. Llegó a tener dos librerías especializadas en cómic en Las Palmas: Cuto y Nemo, clásicos siempre, como él mismo. Rodrigo Trujillo, entregado a sus aficiones culturales y a sus amigos, quienes no deberíamos olvidar nunca a aquellos que, por humildad, escogieron el anonimato y tanto bien hicieron amaestrando camellos que nos llevaron a oasis de esperanza. Va por tu recuerdo, Rodrigo.