VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE Nº 20

En primer lugar tengo que decir que soy un gran aficionado de la lucha canaria. De la buena lucha. Mis primeros recuerdos datan desde que tenía muy poquitos años y mi padre me llevaba con él. Recuerdo que mi primera luchada fue por las fiestas de la Virgen de Guia y tendría yo unos seis o siete años.

En mi noroeste natal habían dos buenos equipos de Lucha Canaria, uno en Guía y otro en Gáldar y eran memorables las agarradas que se celebraban por las fiestas de La Virgen en Guia y por las de Santiago en Gáldar, pues ambos equipos se reforzaban con algunos buenos luchadores de otras zonas. Afortunadamente ambos equipos siguen existiendo en la actualidad, aunque el C.L de Gáldar está en una categoría superior al C.L. Ramon Jiménez de Guia.

 

La simpática anécdota que quiero contarles es sobre un luchador del Club de Luchas de Gáldar que se llamaba Joaquile. En ese Club, en ese momento, su puntal máximo era Molina1º y uno de sus segundos era Joaquile, que, si mal no recuerdo, junto con Bolaños y Ruben Mederos eran los destacados del club en esa época. Rubén Mederos se fue luego a trabajar a la Isla de La Palma y fue allí donde mas creció como luchador llegando a ser un buen puntal. Con los tres llevaba amistad, pero con el que más fue con Rubén pues coincidimos haciendo el servicio militar.

En mi opinión, el luchador más completo que he conocido fue el herreño afincado en Tenerife Juan Barbuzano, tenía una elegancia luchando que parecía que no le costaba ningún esfuerzo tirar a su rival; y que yo recuerde, aquí en Gran Canaria el único que lo tiraba alguna vez y si no lo tiraba era quien más resistencia le oponía fue Santiago Ojeda. También le vi luchar varias veces contra Molina1°, que aunque cayó siempre que yo los vi luchar, lo hacía con dignidad, pues casi siempre se lo ponía difícil porque Molina era un hombre de mucha fortaleza. Creo que no le pudo ganar nunca.

Hay una simpática anécdota que me contó un día Joaquile, ya retirado de la lucha, tomando una cerveza en un bar de Sardina de Gáldar. Yo llevaba cierta amistad con él pues éramos parientes lejanos, y en un momento dado en que yo le había nombrado a Juan Barbuzano, se sonrió y me dice: Pepe te voy a contar de qué manera le di un día una lucha a Barbuzano. Yo puse cara de extrañado pues aunque Joaquile era un buen luchador no era lo bastante bueno como para hacerle frente a Barbuzano. Entonces me contó:  Era una luchada en nuestro terrero de Gáldar y cuando salí al terrero a enfrentarme con Barbuzano, con la misión de mi mandados de tratar de desgastarlo, me hice como que no podía caminar bien y cuando fui a pegar le dije al oído que estaba con lumbago y que había salido para completar el equipo, que marcara la lucha y yo me dejaba caer, que no se ensañara mucho conmigo para no joderme más de lo que estaba. Barbuzano, que era todo nobleza, le dijo que no se preocupara que trataría de no hacerle daño. Cuando agarraron, Joaquile, a toque de pito, calzo por él y lo dejo sentado en la arena, pues, como es de suponer, lo cogió de sorpresa. Y así de esta manera, me dijo riendo, le di la primera y única lucha en mi vida. Luego, muerto de la risa, mientras le daba la mano para ayudarlo a levantar, le pedí disculpas y le explique que había apostado 1.000 pesetas, con un aficionado que se encontraba dentro del recinto, a que te daba una lucha. Barbuzano se tomo aquella trastada de Joaquile con buen humor, pues ya lo conocía de otras agarradas y le contestó que se alegraba de haber contribuido para que se ganara las mil pesetas, que en esa época era dinero. Luego, claro está, le dio las dos luchas seguidas sin arriesgar nada por sí acaso. Joaquile era famoso por sus ocurrencias y sus locuras. Cuando acabó de contarlo yo me partía de risa por su ocurrencia.

Él siempre estaba dándole vueltas a la cabeza para ver cómo se ganaba un duro sin trabajar mucho, pues no le tenía mucho aprecio al trabajo. Recuerdo que cerca de las navidades se iba a Fuerteventura y se traía quince o veinte baifos para luego venderlos aquí. Lo gracioso era ver cómo los alimentaba, pues aún solo comían leche. Tenía un pequeño bidón al que había agujereado y puesto una «mamadera» en cada agujero, y una vez puesto la suficiente leche dentro, que la hacía de la de en polvo, soltaba a todos lo baifos y había que ver a esos preciosos animales como corrían buscando cada uno una mamadera y como mamaban. Era un espectáculo. Ya digo que era muy ocurrente. Una pena que muriera tan joven.

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