VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE NÚMERO 4

Leoncio era un hombre de un nivel cultural muy por encima de la media, y sin embargo era la persona mas hedionda que he conocido en mi vida. Todos sus hermanos, al igual que él, habían nacido en Guía y eran personas muy respetables. Leoncio no se llevaba con ninguno de ellos y él decía que no se aseaba ni vestía bien para fastidiarlos y para que se avergonzaran de él.  Desde luego lo conseguía con creces.

Yo vine a tener conocimiento de la existencia de este hombre allá por los años sesenta. Se decía que vivió muchos años en La Aldea y que tuvo que salir por piernas por homosexual. Esto es lo que se decía en el pueblo y desde luego ni estaba casado ni se le conocía descendencia alguna, aunque eso desde luego no es ninguna prueba. Han de saber los más jóvenes que en esa época los homosexuales estaban muy marginados y nadie los quería a su alrededor. Incluso a muchos los metían en la cárcel aplicándoles una ley que existía entonces de “Vagos y Maleantes”.

Verán un ejemplo de como vivía este hombre. A él le regalaban o compraba unos zapatos y no se los quitaba, supongo que sólo para dormir, hasta que esos zapatos ya estaban totalmente gastados. Lo mismo ocurría con los calcetines, cuando llevaba, y con el resto de su vestimenta. Vamos, es que estabas a tres metros de él y apestaba. El vivía de la venta de revistas que compraba en Las Palmas capital y vendía los sábados y domingos junto a la plaza de Guía. Siempre traía todas las revistas de actualidad. Sobre todo aquellas que más gustaba a las mujeres, que eran sus clientes en potencia y que, tapándose la nariz disimuladamente, se acercaban al lugar donde exponía sus revistas.

Les voy a contar una «asquerosa» anécdota que me toco vivir:

En esa época, año 1.969, yo llevaba trabajando en Las Palmas de G.C. algo mas de un año y hacia poco tiempo que me había comprado mi primer coche y estaba con él como chiquillo con zapatos nuevos, como se suele decir. Lo tenia reluciendo de limpio tanto por dentro como por fuera.

Era un viernes del invierno de 1.969, cuando a eso de las nueve de la noche, cuando yo acababa mi jornada laboral, salía de Las Palmas capital en mi reluciente coche para dirigirme a mi casa en San Roque de Guía. Entonces fue cuando vi a Leoncio haciendo auto stop en la plazoleta que había frente al Castillo de Mata, que era una de las dos salidas que había entonces para ir hacia todo el noroeste de la Isla. Al verlo mi primera intención fue la de no llevarle, pero él, que me conocía perfectamente, desde que me vio me hizo señas con la mano y no me quedó otro remedio que parar pues si no lo hacía al día siguiente lo sabía todo el pueblo de Guía, pues esa era una de sus tantas «virtudes»: poner a parir a todo aquel que no le llevara en su coche. Así pues opté por parar junto a la gasolinera situada a la derecha. El cruzo cuando se lo permitieron los coches que circulaban en ese momento y dándome las gracias colocamos el paquete de revistas que llevaba en el maletero y se sentó en el asiento que está al lado del mío. Nada más entrar abrí mi ventanilla porque la oleada de mal olor que entro era irresistible. Pero lo peor llego cuando al cabo de una media hora de camino se quitó los zapatos y los calcetines y se puso a hurgarse en medio de los dedos. Fue apestosamente horroroso y en ese momento juré que no subiría más en mi coche dijera lo que dijera de mi.

En aquel entonces trabajábamos también los sábados, y al día siguiente en el camino de ida hacia Las Palmas capital a eso de las siete de la mañana, fui con las dos ventanas abiertas y muerto de frío para ver si se le iba el mal olor; e incluso a la hora de la comida del mediodía aproveche para echarle ambientador en spray y limpiar a fondo toda la parte en la que Leoncio se sentó. Se disimuló bastante pero mi mujer lo noto cuando al día siguiente, domingo, abrió la puerta del coche para subir y dar un paseo. Le tuve que contar la verdad y a punto estuvo de bajarse del coche a vomitar. Tardo varios días hasta quitarse del todo el dichoso mal olor. Lo dicho, nunca más.

Les decía al principio que Leoncio era un hombre culto pues según se comentaba había estudiado el bachillerato y leía todo lo que se le ponía por delante. Todos sus hermanos vivían muy bien, pues unos tenían fincas de plataneras y otros sus buenos negocios. Pero él no tenía complejos de ningún tipo y si mal no recuerdo vivía en una habitación propiedad del Ayuntamiento situada junto a los baños públicos en El Siete.

Por las tardes se sentaba en los bancos de «El Siete», justo encima de su «casa». Era un sitio emblemático por donde tenían que pasar todos los coches que llegaban a Guía y aquellos que fueran a seguir a los siguientes pueblos de Gáldar, Agaete y La Aldea. También estaba al lado de la parada de los coches de línea, a los que se conocían por el nombre de «los coches de hora». Vamos que se trata de un lugar muy novelero en donde se enteraba de todas las personas que entraban o salían del pueblo para ir o venir de Las Palmas capital.

Me contaron que un buen día, por la tardecita, se paró un coche que llevaba una pareja de turistas peninsulares junto al novelero banco, justo frente a Leoncio y otras personas que estaban en el otro extremo del banco, en busca de información y el hombre pregunta sin dirigirse a nadie en particular, muy educadamente: «buenas tardes señores, nos podrían decir cuantos kilómetros faltan de aquí a Las Palmas?». Leoncio, que no se dejaba caer una al suelo, le contesta, mirando con extrañeza al mismo tiempo a sus compañeros de banco y a la pareja de turistas: «Mire usted buen señor, !nos ha dejado usted de piedra! porque que nos hayamos enterado hasta ahora ni se han perdido ni creo que nadie haya robado ningún kilómetro desde aquí a la capital. Ahora si lo que ustedes quieren saber son los kilómetros que hay de aquí a Las Palmas, les informamos que hay 42 km.

La pareja de turistas, que gozaban de buen sentido del humor, creo que se fueron a partir de la risa por tal ocurrencia y por el tono crítico pero al mismo tiempo jocoso y agradable usado por Leoncio.

En los pueblos esas anécdotas corren como la pólvora; de tal forma que a las veinticuatro horas lo sabia todo el mundo. Las cosas de Leoncio, se decía.

Para la gente joven que no lo sepa, en aquella época habían dos salidas desde la ciudad de Las Palmas hacia el noroeste; una la carretera de Chil por Guanarteme y la otra la del Castillo de Mata. Eran carreteras de dos carriles, uno en cada sentido. Por ambas tenías que pasar por los siguientes pueblos: Tamaraceite, Tenoya, Arucas, Bañaderos, El Pagador, San Felipe, la Cuesta de Silva y Guía. Un recorrido de algo más de cuarenta kilómetros que se tardaba en recorrer en coche en torno a la hora y media si ibas ligerito y en el “coche de hora” algo más de dos horas. Si cogías caravana en las horas puntas échale media hora más como mínimo. !Era un martirio!.

Y esa era la vida de Leoncio, hasta que hace algunos años enfermó y lo trasladaron al hospital de San Roque de Guía en donde algún tiempo más tarde falleció. La gente del pueblo decía, en broma claro está, que la culpa de su muerte la tenían las monjas enfermeras que nada más entrar Leoncio en el Hospital lo metieron en la ducha y lo obligaron a bañarse hasta quitarse de encima toda la porquería que llevaba de no se sabe cuanto tiempo. Le hicieron, se decía jocosamente, coger una pulmonía.

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