
Manuel Santiago González, el luchador que se ganó el corazón de Guía
Manuel Santiago González, un hombre de Guía que dejó su huella en el corazón de su pueblo Hay personas que pasan por la vida dejando algo más que recuerdos. Dejan una forma de ser, una manera de ayudar, una palabra de consuelo y, sobre todo, dejan una huella que permanece en la memoria de quienes tuvieron la suerte de conocerlas. Manuel Santiago González fue una de esas personas. Manolo nació en Santa María de Guía de Gran Canaria el 15 de febrero de 1943 y falleció el 13 de octubre de 2023. Se marchó físicamente, pero su recuerdo continúa muy presente entre quienes compartieron con él tantos momentos de amistad, de trabajo, de fiestas, de pesca, de lucha canaria y de vida. Fue un hombre bueno, servicial y profundamente vinculado a su pueblo. Siempre estaba dispuesto a echar una mano a un vecino, a realizar un trabajo o a solucionar un problema, muchas veces sin esperar nada a cambio. Esa generosidad, que ejercía con absoluta naturalidad, era una de sus grandes señas de identidad. De profesión fue pintor y camarero, pero Manolo fue mucho más que eso. Fue cocinero, pescador, luchador, entrenador, colaborador de las fiestas y, por encima de todo, un hombre cercano que sabía escuchar. Cuando alguien acudía a él para contarle un problema, Manolo no necesitaba levantar la voz. Era tranquilo al hablar, razonaba las cosas y trataba de buscar una salida. Su consejo siempre nacía de la experiencia y de las ganas de ayudar. Tenía esa capacidad que poseen las buenas personas para hacer que quien tiene un problema se marche un poco más tranquilo de como llegó. Su gran pasión fue la lucha canaria. Sus primeros pasos en este deporte los dio de la mano de Ramoncito Jiménez, quien le enseñó los fundamentos de nuestro deporte vernáculo. Manolo fue un luchador con grandes recursos técnicos, un hombre difícil de tumbar y con unas condiciones que le hicieron destacar sobre el terrero. Pero su trayectoria como luchador se vio truncada por una lesión en las rodillas que le obligó a abandonar la práctica de la lucha. Sin embargo, nunca se alejó de este deporte que tanto amaba. Con el paso de los años entrenó a varios equipos de su pueblo, entre ellos el Ramón Jiménez y el Club de Lucha Atalaya, transmitiendo a nuevas generaciones los conocimientos y los valores que él había aprendido sobre el terrero. El mar fue otra de sus grandes pasiones. Manolo era un gran pescador y conocía el mar como quien conoce el camino de su propia casa. Sabía interpretar sus señales y, precisamente por eso, siempre aconsejaba a quienes tenían menos experiencia que fueran prudentes y respetaran el mar. Y entre todos los lugares que amó hubo uno muy especial: Barranquillo Moreno. Allí encontraba algo que para él tenía un valor incalculable: tranquilidad. Solía decir que Barranquillo Moreno era un lugar de paz y de sosiego. Y allí pasó días enteros, disfrutando de la pesca, de los amigos y de esas pequeñas cosas que hacen grande la vida. Fueron muchos los tenderetes que organizó en aquel lugar. A su casa acudían amigos, conocidos y lugareños para compartir un rato de conversación, una comida y, sobre todo, compañía. Manolo tenía ese don de reunir a la gente. Allí no hacía falta mucho para ser feliz: una mesa, algo de comer, buenos amigos y el sonido del mar. También son muchos los vecinos de Guía que lo recuerdan en casa de Maestro Pepe el Herrero, en el Barranco de Guía, preparando comidas para sus amigos. Porque cocinar también era otra de sus grandes habilidades. Le gustaba compartir y hacer que los demás disfrutaran. Manolo era, además, un hombre de principios. No soportaba los abusos ni las injusticias. Cuando veía que alguien se aprovechaba de una persona más débil, no permanecía callado. Se ponía del lado de quien necesitaba ayuda, porque entendía que la dignidad de una persona estaba por encima de cualquier otra consideración. Su compromiso con las tradiciones y las fiestas de su pueblo también fue constante. Fue un gran colaborador de la Fiesta de la Prensa, compartiendo aquellos años y aquellos momentos con personas como Paco Rivero, René Gordillo, Dominguito el Majorero y tantos otros que contribuyeron a mantener viva una de las celebraciones más queridas de Guía. También queda en la memoria de muchos la imagen de Manolo preparando el tenderete del Día de Las Marías, en San Roque de Guía, una celebración que cada tercer domingo de septiembre llena de tradición y emoción las calles y los corazones de los guiense. Son recuerdos que forman parte de la memoria colectiva de un pueblo. Y cuando se habla de Manolo, aparecen muchas historias, muchas anécdotas y muchas sonrisas. Porque quienes lo conocieron no suelen recordarlo desde la tristeza, sino desde el cariño. Así era Manuel Santiago González. Un hombre sencillo, trabajador, generoso y servicial. Un hombre que no necesitaba grandes reconocimientos para sentirse útil. Le bastaba con ayudar a un vecino, preparar una comida para los amigos, compartir una jornada de pesca, hablar de lucha canaria o colaborar con una fiesta de su pueblo. Hoy, cuando han pasado ya algunos años desde su fallecimiento, su figura adquiere todavía más valor. Porque el tiempo no borra a las personas buenas. Al contrario, las convierte en parte de la historia sentimental de los pueblos. Manolo se fue, pero dejó muchas manos que estrechó, muchos consejos que dio, muchas comidas que preparó, muchas jornadas de pesca, muchos momentos compartidos y muchas personas que todavía pronuncian su nombre con afecto. Quizás ese sea el mejor homenaje que puede recibir un hombre: que cuando alguien pregunte quién fue Manuel Santiago González, haya muchas personas capaces de responder: “Fue un hombre bueno. Un hombre de Guía. Un hombre que siempre estuvo dispuesto a ayudar.” Y mientras su pueblo siga recordando sus historias, sus tenderetes, sus luchas, sus pescas y aquella manera tan suya de estar siempre al lado de los demás, Manolo seguirá estando entre