Pepe Dámaso dona a Gáldar un retrato de Celso Martín de Guzmán, que será expuesto en el Museo Agáldar
El artista Pepe Dámaso, Hijo Adoptivo de Gáldar, ha donado al municipio un retrato de Celso Martín de Guzmán, Hijo Predilecto de la ciudad y gran impulsor de la Cueva Pintada, que el Ayuntamiento expondrá en el Museo Agáldar de Historia. La obra estará en la primera sala del recinto, la referente al pasado aborigen del municipio y que se denominará Sala Celso Martín de Guzmán. Así lo anunció ayer el concejal de Cultura y Fiestas, Julio Mateo Castillo, en un acto en el Teatro Consistorial que contó con la presencia del alcalde, Teodoro Sosa Monzón; el artista, Pepe Dámaso, el cronista de la ciudad y amigo personal del creador, Juan Sebastián López García, así como de la familia del arqueólogo y vecinos y vecinas del municipio.

El evento estuvo cargado de simbolismo al desarrollarse en el Teatro Consistorial, cuyo techo acoge Revelora, una de las obras maestras del autor. Tras una actuación en el piano Steinwey de la ciudad de Domingo Pérez Navarro, profesor de piano de la Escuela Municipal de Música Pedro Espinosa que emocionó al artista, Teodoro Sosa hizo entrega a Dámaso de una escultura de la Princesa Arminda, que preside la entrada de la Cueva Pintada, como regalo de la ciudad por su reciente 89 cumpleaños.

“Si algo tenía Celso cuando le conocí es que era un arqueólogo moderno y aventurado”, definió Dámaso al entregar su obra, la que calificó como “uno de los retratos más importantes que he hecho” en el que ha incluido varias piezas de cerámica y huesos que hacen referencia a su condición de arqueólogo sobre un fondo rojo y negro, colores representativos de la Cueva Pintada, además de una figura helenista que refleja su amor por esta cultura. “Estoy emocionado, es de los actos más importantes de mi vida por el cariño, la admiración y el talento de Celso, era universal. Era justo que viniera a Gáldar a hacer un retrato por los valores humanos que tenía”, añadió el artista.

Teodoro Sosa, alcalde de la ciudad, dio las gracias en nombre de Gáldar a Dámaso “porque nunca ha dicho que no a nada de lo que le ha pedido este municipio”. Tanto el primer edil como el artista recordaron el arduo proceso de elaboración de Revelora, “y ahora Gáldar te debe otra de tus grandes obras”, le elogió. “No puede haber dos personas más simbólicas en el escenario. Alguien en el recuerdo pero presente y alguien que con su cariño, lealtad y la admiración que le tenía a Celso nos devuelve ese cariño a los galdenses por medio de ese retrato”.

Sosa concluyó asegurando que Celso “si viviera hoy estaría orgulloso de Gáldar». «Hemos conseguido en las últimas décadas que personas como Pepe Dámaso quieran a Gáldar por lo que genera, por lo que se crea y somos un referente. Cuando hay creatividad, y esta ciudad la tiene, avanzan los pueblos”, sentenció.

Julio Mateo, concejal de Cultura y Fiestas, indicó que “es un día especial para la cultura en Gáldar” y dio las gracias al artista “por su generosidad con esta ciudad”. “Esta obra va a pasar a formar parte de la colección del Museo Agáldar de Historia de la ciudad y se va a situar en la sala primera del Museo, la dedicada a la etapa prehispánica, y tendrá su nombre en reconocimiento al trabajo que hizo por la ciudad”.

Por último, Juan Sebastián López García, cronista de la ciudad, subrayó también “la generosidad del autor con Gáldar por su donación”, que calificó como “el mejor retrato que ha hecho” y recordó que ya el municipio acoge 16 obras de Pepe Dámaso, entre las que destaca Revelora.

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El Caso Pujol: Doce años para enterrar la justicia bajo la alfombra de la impunidad

Doce años. Se dice pronto, pero es una cifra que pesa. Doce años han transcurrido desde aquel 2014 en el que una denuncia por cohecho, tráfico de influencias y blanqueo de capitales prometía sacudir los cimientos de la clase política. Doce años de titulares, de solemnes promesas parlamentarias de “llegar hasta el fondo” y de una instrucción que parecía eterna. Y ahora, en este 2026, el final ha llegado. Pero no ha llegado para hacer justicia, sino para certificar su defunción. El número doce tiene algo de bíblico, de solemne, de piedra grabada en mármol. Sin embargo, en el Caso Pujol, el doce solo simboliza la incapacidad —o la falta de voluntad— de un sistema para concluir lo que empezó. Tras una década de investigar, revisar, aplazar y volver a revisar, el proceso se archiva. Ha durado tanto que el propio Código Penal habría tenido tiempo de jubilarse por años de servicio. El milagro médico de la «oportuna» amnesia La causa se cierra y se guarda en un cajón con la delicadeza con la que se oculta un jarrón roto que nadie se atreve a tirar para no dar explicaciones. La razón oficial esgrime que el principal investigado ya no posee las «condiciones cognitivas» necesarias para afrontar un juicio. ¡Qué precisión suiza! ¡Qué milagro médico tan puntual! Resulta asombroso cómo la memoria, esa facultad tan humana, decide volverse frágil como el cristal justo cuando el calendario aprieta. Como ciudadano, y especialmente como contribuyente, uno no puede evitar sentir esto como un insulto a la inteligencia. ¿De verdad pretenden que creamos que doce años son suficientes para olvidar dónde se guardó lo ajeno? Ni en doce años ni en cien. La indignación que recorre las calles no es un arrebato emocional; es una conclusión racional frente a un patrón que se repite: cuando ciertos apellidos entran en el juzgado, el tiempo deja de ser un problema para convertirse en el mejor abogado defensor. Una justicia de dos velocidades Mientras el ciudadano corriente —ese «ser humano de a pie» que paga sus impuestos religiosamente y teme la llegada de una carta de Hacienda con tono amenazante— es perseguido hasta el último céntimo, observamos cómo una estirpe entera justifica fortunas en el extranjero apelando a la «herencia del abuelo». Un abuelo que, no lo olvidemos, ya protagonizó episodios oscuros como la quiebra de Banca Catalana, dejando a miles de familias en la ruina mientras los responsables salían indemnes. «La justicia en España no es lenta; es selectiva. El calendario no es un instrumento neutro, es un aliado para quienes saben manejar los hilos del poder.» Es vergonzoso que, en una democracia que presume de modernidad, se repita la historia: un caso de enorme relevancia pública se cierra sin juicio, sin responsabilidades y sin la devolución del dinero presuntamente defraudado. Ni el patriarca, ni la esposa, ni los hijos han tenido que responder ante un tribunal. Es la constatación de que existen dos velocidades: una para el administrado y otra, pausada y comprensiva, para los privilegiados. El espejo incómodo de una nación El mensaje que se envía a la sociedad es devastador: hay quienes nunca pagan. Vivimos en un ecosistema donde la ley parece flexible para unos y un muro infranqueable para otros. El archivo del Caso Pujol no es solo el fin de un procedimiento judicial; es un espejo incómodo que nos muestra una herida abierta en la credibilidad de nuestras instituciones. Como «viejo lobo de mar» y maúro de Telde, no puedo evitar sentir que esto es una bofetada a la confianza de quienes aún creíamos en el rigor del sistema. Doce años después, no nos queda una resolución, nos queda una sátira involuntaria; una tragedia con tintes de comedia que termina siendo una patada en el orgullo de los españoles de bien. Me quedo con el amargor de quien ve cómo la impunidad se convierte en costumbre. Y para aquellos que en la península puedan malinterpretar mis palabras o mi léxico, les invito a distinguir entre un «peninsular» y lo que aquí llamamos, con toda la carga de la palabra, un «godo». Porque hay comportamientos que no entienden de geografía, sino de una prepotencia que ya va siendo hora de señalar por su nombre. Doce años después, lo que queda no es justicia. Es una vergüenza nacional que no estamos dispuestos a olvidar.