UNIDOS por Gran Canaria vuelve a abarrotar, esta vez en la aldea, en la presentación de su candidato a alcalde
  • Más de un centenar de personas abarrotaron la sede de Unidos por Gran Canaria de La Aldea de San Nicolás, el día de su inauguración, en la presentación de Raúl del Toro como candidato a la alcaldía. 

En otra gran noche para Unidos por Gran Canaria, que ya se está acostumbrando a abarrotar cada acto que organiza, la formación grancanaria ha presentado a su secretario de La Aldea de San Nicolás, Raúl del Toro, como candidato a la Alcaldía, en el mismo acto en el que inauguraba su sede en el municipio aldeano.

Del Toro, miembro de varios colectivos sociales, pese a su juventud; tan solo 20 años, con lo que podría convertirse en el alcalde más joven de España, lleva muchos años comprometido con diversos sectores de La Aldea de San Nicolás, algo que no pasó inadvertido para la dirección insular de Unidos por Gran Canaria, que no dudó en proponerle la posibilidad de que encabezara la lista al ayuntamiento en las próximas elecciones municipales a celebrar el 28 de mayo.

Inició el acto la presidenta local, María Emma Díaz Hernández, quien se mostró muy satisfecha con la acogida que ha tenido Unidos por Gran Canaria en La Aldea, que ya llena su sede, cuando apenas ha transcurrido un mes desde la implantación del partido en el municipio, y manifestó su convencimiento de haber acertado al confiar en Raúl del Toro como la persona idónea para aspirar a ser alcalde de municipio.

Seguidamente tomó la palabra Raúl del Toro, quien no dudó en señalar a su partido como la única opción para salir del estancamiento en el que se encuentra La Aldea de San Nicolás de Tolentino, ya que el resto de políticos aldeanos no ha sabido o no ha querido presionar a sus direcciones regionales para concluir la obra de la anhelada carretera. También incidió en la necesidad de activar la actividad económica del municipio y reactivarlo socialmente.

El siguiente en intervenir fue José Mari Ponce, candidato de Unidos por Gran Canaria a la presidencia del Cabildo de Gran Canaria, quien insistió en la necesidad de un partido grancanario que se preocupe por los municipios de la isla, y resaltó la necesidad de defender a los empresarios aldeanos, sobre todo del sector primario, con algunos de los cuales mantuvo una reunión unas horas antes del inicio del acto. 

Cerró Lucas Bravo de Laguna, que inició su intervención con dos cifras, los 100 días que faltan para las elecciones, y las 224 curvas que hay entre Agaete y La Aldea de San Nicolás, lo que, a juicio del presidente de Unidos por Gran Canaria, “constituye la mayor vergüenza de los diferentes gobiernos que ha tenido Canarias, décadas de espera para que los aldeanos tengan una carretera que les evite este calvario que los convierte en una isla dentro de otra isla, y que, a la vez todo un símbolo de la necesidad de un partido grancanario que reclame los fondos necesarios para concluir una obra que no tiene visos de terminarse nunca”.

El presidente de los grancanarios se comprometió a conseguir, en caso de formar parte del Gobierno de Canarias, a terminar la obra de la carretera, a proteger al sector del tomate y a fomentar la inversión en La Aldea de San Nicolás para reactivar al municipio y conseguir que los jóvenes aldeanos no se vean obligados a abandonar el pueblo en busca de oportunidades que allí no tienen, y para ello, señaló, “es fundamental sacar de los diferentes gobiernos a políticos que se han mostrado inútiles para ejecutar los presupuestos y amontonan centenares de millones de euros en los bancos”.

Finalizó mostrándose muy orgulloso del trabajo realizado por los compañeros de La Aldea de San Nicolás, y celebrando que allá por donde pasa ve señales inequívocas de que la marea amarilla ya es imparable y de que la sociedad grancanaria está empezando a despertar.

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Redacción NorteGranCanaria

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Venezuela y… ¿Qué hay de lo mío? “Escribo este articulo con mi pluma mojada en salitre, mi amor por Venezuela; segunda patria, y el faro del corazón encendido”.   Por: Julio César González Padrón Hay países que no navegan, sobreviven. Países que avanzan como cascos agujereados, remendados con promesas rotas, empujados por un pueblo que ya no rema por esperanza, sino por pura supervivencia. Venezuela, mi Venezuela del alma, es uno de ellos. Un barco que lleva años atrapado en una tormenta que no figura en ningún atlas, una tormenta que el mundo observa desde la distancia como quien mira un naufragio ajeno y decide que no es asunto suyo. Un barco a quien tanto debemos los españoles y muy especialmente los canarios. El 3 de enero, la operación “Resolución Absoluta” del ejército estadounidense, detuvo al dictador Nicolás Maduro y a su esposa Delcy Rodríguez. El mundo entero creyó escuchar el crujido del casco chavista partiéndose en dos. Muchos venezolanos, agotados de remar contra la miseria, sintieron que por fin la tormenta cedía, que el horizonte se abría, que la historia —esa vieja capitana caprichosa— había decidido mover ficha. Pero ocho meses después, la mar —que nunca engaña— nos escupe la verdad en la cara y “el régimen chavista sigue en pie”. No solo en pie, sino que “más vivo y sano que nunca”, sostenido por intereses extranjeros, por silencios cómplices, cobardes y por mediadores que ya no meden, sino que protegen. Washington, con Donald Trump al timón, ha demostrado que la democracia venezolana le importa menos que un bidón de petróleo. La libertad del pueblo venezolano no es prioridad para “el rubio pistolero de aldea del salvaje oeste americano”. Claro, la única prioridad “son las riquezas del subsuelo de Venezuela”. Y mientras tanto, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero continúa apareciendo en Caracas como si fuera el farero oficial del chavismo, encendiendo luces que solo iluminan a los verdugos y dejando en sombra a las víctimas. Su apoyo al régimen chavista —siempre presentado como “mediación”, “diálogo” o “puentes”— se ha convertido en un misterio que huele a humedad, a camarote cerrado demasiado tiempo. Porque mientras Venezuela se hundía, el traidor de Zapatero insistía en lavar la cara del chavismo,en defender lo indefendible, en justificar lo injustificable, en blanquear lo que ya no admitía más pintura. El traidor e impresentable “joyero” del Zapatero, bajo mi opinión, no era mediador: “era el práctico del puerto chavista”, guiando al régimen entre arrecifes diplomáticos para que no encallara. Un hombre que hablaba de diálogo, mientras ignoraba torturas, desapariciones, censura y hambre. Un hombre que parecía y parece actualmente con su discípulo aventajado Pedro Sánchez, más preocupados por salvar sus respectivas reputaciones y las del chavismo, que por salvar al hermano pueblo venezolano. Los viejos lobos de mar —los que hemos visto barcos hundirse por culpa de capitanes que juraban tenerlo todo bajo control— sabemos reconocer cuando una operación militar no es una liberación, sino un simple cambio de manos. Y eso fue desgraciadamente la operación Yankee “Resolución Absoluta; un relevo de timón, no un cambio de rumbo”. Porque el chavismo, aunque descabezado, sigue respirando. Sigue mandando. Sigue saqueando. Sigue oprimiendo. Y lo hace con la bendición de quienes deberían exigir democracia, no negociar con su ausencia. Si, lamentablemente ocho meses después, el régimen chavista sigue en pie. No solo en pie, sino, además, “reorganizado, rearmado, reoxigenado”. Como esos cascos podridos que, aunque deberían hundirse, flotan porque alguien desde fuera les sigue apuntalando las cuadernas. Los presos políticos han sido liberados a cuentagotas, con condiciones que más parecen cadenas invisibles que gestos de justicia. Por eso, la pregunta que resuena hoy en Venezuela y en los que amamos a ese gran país hermano, del cual nos sentimos parte inseparable los canarios —y en la conciencia de quienes aún conservan dignidad— es un rugido que atraviesa océanos… ¿Para cuándo la liberación total del pueblo venezolano? ¿Para cuándo el regreso a un régimen democrático que no dependa de la voluntad de un líder extranjero ni de los intereses de una potencia? ¿Para cuándo el fin de los silencios, de las excusas, de los mediadores que ya no median, de los aliados que ya no ayudan, de los enemigos que ya no asustan? Porque no nos engañemos, la libertad no llega por decreto. No llega por operaciones militares. No llega por promesas de líderes que miran más al subsuelo que a la gente, como es el caso del “pistolero rubio americano, Donal Trump”. La libertad llega cuando un pueblo decide que ya no quiere ser espectador, sino capitán de su propio destino. Cuando la comunidad internacional deja de mirar hacia otro lado. Cuando los aliados dejan de ser cómplices. Cuando los enemigos dejan de ser excusas, cuando un pueblo entero pone “sus cojones sobre la mesa” y grita… ¡Basta ya! Soy venezolano y por mis venas circula sangre española e isleña. Venezuela no necesita salvadores. Necesita “horizonte” como que el que le señaló Simón Bolívar en 1810, y ese horizonte solo llegará de nuevo, cuando la presión interna y externa coincidan en un punto; “el respeto absoluto a los derechos humanos y a la voluntad popular”. Mientras tanto, el pueblo venezolano, nuestros hermanos, sigue esperando, como un marinero que mira al océano y pregunta, con la paciencia rota y el alma en guardia: “¿Y de lo mío… pá cuándo compadre?”   Muchos venezolanos, y no pocos españoles, especialmente canarios, que sentimos a este país como nuestra segunda patria, nos preguntamos… ¿Qué clase de brújula usa el presidente Trump? ¿Quizás o tal vez una brújula que siempre apunta hacia Caracas y a las riquezas de su subsuelo, pero nunca hacia la libertad real del pueblo llano venezolano? ¿Una brújula que parece más interesada en proteger a los capitanes del naufragio que en rescatar a los pasajeros? Los marinos veteranos —los que hemos visto demasiados naufragios como para creer, y ya tenemos “clacas” incrustadas hasta en los “c….” de tanta mar navegada, sabemos distinguir a un pulpo de