La Niña De Las Trenzaas
La Niña De Las Trenzaas
La niña de las trenzas

PSiempre fui una niña tranquila. O, al menos, eso es lo que decían de mí.

Callada, observadora y buena estudiante. Mis trenzas, siempre perfectas, eran la envidia de compañeras y profesoras. Y las pinzas que solía ponerme en el pelo me hacían parecer más tierna.

Pero no era verdad.

Era observadora, sí, pero quizá demasiado.

Todavía recuerdo aquel día. El patio estaba tibio por el sol de los primeros días de primavera y las otras niñas de la clase jugaban a saltar a la comba. Me invitaron a jugar con ellas, pero dije que no. Yo prefería quedarme en las escaleras y mirarlas desde lejos.

Fue ella la que se acercó primero. De hecho, siempre lo hacía. Tiró con fuerza de una de mis trenzas y salió corriendo, riéndose.

No me dolió el tirón. Me dolió su risa.

A la salida del colegio, la seguí hasta su casa. No actué por impulso, más bien fue un acto que empezó a cobrar vida en mi mente mientras caminaba. Conté sus pasos. La vi adelantar a aquel grupo cuando acortaba a través del descampado y mirarlos con cara de asco.

Era el momento.

La llamé por su nombre con voz suave. Cuando se giró, le sonreí.

No recuerdo haberme enfadado o haber sentido rabia. Tampoco miedo. Solo una claridad absoluta y paz… mucha paz. Como si todo estuviera en su lugar.

La empujé.

No gritó demasiado, aunque, de haberlo hecho, tampoco la hubiera escuchado. El desnivel era pequeño, pero suficiente. Se golpeó la cabeza con una piedra y el sonido, seco y limpio, se quedó a vivir conmigo.

Me quedé mirándola un rato esperando a que se levantara, pero no lo hizo. Así que me sacudí el uniforme y me aseguré de que mis trenzas estuvieran perfectas antes de volver a casa. No quería recibir una bronca.

Esa noche cené en silencio mientras escuchaba a mis padres comentar algo sobre un accidente ocurrido en el pueblo, el sonido de ambulancias, la presencia de prensa por los alrededores.

Una caída. Una niña en edad escolar. Mala suerte.

A la mañana siguiente, en el colegio, todos lloraban. Todos, excepto yo.

***

Desperté en casa, con el corazón golpeándome el pecho y un extraño aroma a tierra inundando mis fosas nasales. La habitación estaba a oscuras y no había ni rastro de la niña. Tampoco del descampado.

Me llevé las manos a la cabeza esperando encontrar unas trenzas. Pero no estaban. Sin embargo, el sudor frío de mi frente y una sensación insoportable de culpa me hacían pensar que no todo había sido un sueño.

Tardé un par de segundos más en encontrarme a salvo.

Todo había sido un sueño. Solo un sueño. Pero todavía ahora, mientras escribo sobre esto, no puedo evitar preguntarme por qué, en ese sueño, sabía exactamente cómo matar y, sobre todo, por qué disfruté con ello.

 

 

 

 

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