21 marzo 2026 2:41 pm
Cuba
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Cuba no se conquista, Sr. Trump

La dignidad y la historia de un pueblo llano, noble y valiente, de herencia hispana, no tienen precio. Cosa que usted, como «pistolero rubio de aldea salvaje del Oeste americano», posiblemente desconoce.

Hay palabras que no son inocentes. Y cuando quien las pronuncia es Donald Trump, mucho menos. En los últimos tiempos, sus declaraciones sobre Cuba han traspasado una línea roja que no debería cruzarse jamás: la de perderle el respeto a todo un pueblo. Porque no se trata únicamente de política; se trata de dignidad. Y de no confundir a un puñado de dirigentes dictadores con un pueblo llano, hambriento, amante de la libertad, que un día fue vilmente engañado y traicionado.

Así que, Trump, métete de una vez bajo esa rubia cabellera, producto del agua oxigenada, que el problema no está en el objetivo declarado de terminar con una dictadura. El problema está en la forma, en el tono y en la visión que subyace tras determinadas afirmaciones.

Hablar de «tomar» un país, insinuar que puede convertirse en un estado más de tu USA, o reducir su destino a una decisión externa, no es firmeza política; es desprecio. Cuba no es una propiedad. No es una oportunidad geoestratégica. No es un trofeo. Es una nación soberana, digna de respeto.

Una nación que alcanzó su independencia en 1902, tras un proceso histórico complejo, dejando atrás su etapa colonial con España. Una nación con identidad propia, con raíces profundas y con un pueblo orgulloso que, pese a todas las dificultades, jamás ha perdido su sentido de pertenencia.

Y ahí es, precisamente, donde el discurso de la imposición se vuelve especialmente peligroso. La historia ha demostrado, una y otra vez, que las «liberaciones impuestas desde fuera» rara vez traen libertad real. Traen dependencia, fractura y, en demasiadas ocasiones, nuevas formas de sometimiento. Cambiar un yugo por otro no es avanzar; es simplemente repetir errores. Lo mismo ocurre cuando se habla del futuro de Cuba —o de Venezuela— como si no les perteneciera a sus propios pueblos, como si fueran los parientes pobres a los que hay que tutelar.

El pueblo cubano merece libertad. Sin matices, sin condiciones. Pero también merece, en la misma medida, absoluto respeto a su soberanía. Nadie tiene derecho a decidir por ellos, ni siquiera en nombre de supuestas buenas intenciones.

«La firmeza política no puede confundirse con la arrogancia. La defensa de los derechos no puede construirse sobre amenazas»

Quienes observamos la realidad cubana desde este lado del Atlántico —y especialmente desde Canarias— no somos ajenos al sufrimiento del pueblo hermano. Décadas de un sistema fallido, de restricciones, de escasez y de falta de libertades han dejado una huella profunda. Negarlo sería injusto. Cuba necesita cambios. Necesita respirar. Necesita futuro. Y cualquier paso real hacia la libertad y el bienestar de su gente merece ser considerado con esperanza.

Pero aquí, Sr. Trump, no todo vale.

Desde Canarias, esta cuestión se vive con una sensibilidad muy especial. Cuba no es para nosotros un lugar lejano; es parte de nuestra memoria colectiva. Tierra de ida y vuelta, de familias compartidas, de historia entrelazada. Durante generaciones ha sido —y sigue siendo— la «novena isla canaria», siempre presente en el corazón de muchos de los isleños de este lado del Atlántico. Por eso nos duele doblemente escuchar cómo se habla de su futuro como si no les perteneciera, lo mismo que el de Venezuela; como si fueran parientes pobres a los que se puede decidir por encima de sus cabezas.

Nos duele ver a su gente sufrir. Pero también nos duele, y mucho, escuchar cómo se habla de ellos.

La firmeza política no puede confundirse con la arrogancia. La defensa de los derechos no puede construirse sobre amenazas. Y la libertad, si no nace desde el respeto, corre el riesgo de convertirse en otra forma de imposición. El pueblo cubano no necesita ser conquistado; necesita ser escuchado. Su futuro —libre, digno y soberano— solo puede construirse con una premisa irrenunciable: que pertenezca, exclusivamente, a los cubanos.

Porque no hay libertad verdadera cuando viene impuesta, ni dignidad posible cuando se negocia desde la amenaza. Conviene recordarlo, «pistolero yanqui»: que el ser el más rápido en desenfundar el Colt 45 no le da patente de corso a nadie para hacer lo que le venga en gana, ni siquiera escudándose tras un lema tan egoísta como el de «America First». Los pueblos que han luchado por su historia como auténticos cosacos no se rinden ante discursos grandilocuentes ni se convierten en propiedad de nadie.

Cuba no será el trofeo de ningún poder. Eso te lo aseguro yo, Julio César González Padrón, que además de ser español, también soy isleño. Cuba seguirá siendo lo que siempre ha sido: orgullosa, resistente y dueña de su propio destino.

Dicho lo cual, que tampoco se les llene la boca de alegría a los dirigentes comunistas cubanos —como el presidente Miguel Díaz-Canel, la familia Castro y los restos de ese ejército opresor—. Somos muchos los que, a pesar de estar en contra de las fórmulas del «pistolero rubio americano», estamos dispuestos a luchar por la Cuba libre. Y que conste: yo, con mis 74 años a cuestas, me ofrezco entre ellos.

Y no olviden, asquerosos dirigentes del Partido Comunista Cubano, que como decimos por esta tierra canaria: «Los besugos siempre han acabado teniendo mal tafete.» Yo les auguro, desde ya, que muy pronto van a tener el suyo. Porque el sabio refranero canario nunca se equivoca:

«La penca de tuno que está para uno, no hay baifo que se la coma. Y a la orilla de la mar canta una loca; cada uno se jode cuando le toca.»

No se rían. No sean bobos. Porque, como bien saben… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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