El teléfono que solo suena para confirmar: el vacío de empatía en el Doctor Negrín
Hospital Dr. Negrin
Hospital Dr. Negrin

Hoy es 30 de abril. Para muchos, una jornada previa al festivo del Día del Trabajo; para decenas de vecinos de la Mancomunidad del Norte de Gran Canaria, ha sido una jornada de frustración, kilómetros en balde y una preocupante falta de sensibilidad institucional.

Desde primera hora de la mañana, las paradas de guagua de municipios como Gáldar, Santa María de Guía, Agaete o Moya se llenaban de rostros cansados. Personas mayores, en su mayoría, que con el volante de la cita en la mano y la esperanza de una mejoría en su salud, ponían rumbo al Hospital Doctor Negrín. Un trayecto que, para quien no dispone de coche particular, supone un esfuerzo físico y de tiempo considerable. Lo que nadie les dijo es que, tras horas de espera en las salas del centro, la respuesta sería un portazo administrativo: «Hay huelga, hoy no se les atiende».

La paradoja de la confirmación

Lo que resulta verdaderamente hiriente no es el ejercicio de un derecho laboral, sino la asimetría en la comunicación. El Servicio Canario de Salud, a través del 112, es implacable a la hora de fiscalizar al paciente: te llaman para confirmar, te envían recordatorios e incluso telefonean un domingo por la tarde para asegurarse de que no dejes la silla vacía. Para «pasar lista», el sistema funciona como un reloj suizo.

Sin embargo, para avisar de que esa misma silla va a estar vacía por parte del hospital, el sistema enmudece. ¿Dónde estaba hoy esa misma tecnología y ese mismo celo profesional? Si se conocía la convocatoria de huelga, ¿qué impedía levantar el teléfono para evitar que un anciano de 80 años se pegara dos horas de guagua para nada?

Respeto a la huelga, pero no al desprecio

Vaya por delante que esta queja no es un ataque a los facultativos ni a su derecho legítimo a reivindicar mejoras. Entendemos que el sistema sanitario está tensionado y que sus profesionales luchan por lo que es justo. Pero el derecho a la huelga no debería ser incompatible con la cortesía básica y la gestión mínima de la información.

No avisar a los pacientes de zonas alejadas es una falta de empatía flagrante. Es ignorar que para un vecino del Norte, ir al Negrín no es dar un paseo; es una logística que a menudo implica molestar a familiares, pagar taxis o enfrentarse a transbordos.

Una cuestión de «saber estar»

La gestión de un hospital no solo se mide en listas de espera o tecnología de vanguardia; se mide en el trato al eslabón más débil: el paciente. Hoy, el Doctor Negrín ha fallado en lo más básico: el saber estar.

Si son capaces de llamarnos un domingo para que no faltemos, tienen la obligación moral de avisarnos para que no vayamos en balde. La sanidad pública se defiende también respetando el tiempo y la dignidad de quienes la sostienen. Menos algoritmos de confirmación y un poco más de humanidad, por favor.

Suscribete a nuestro newsletter

Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Pedro Lezcano, más que un poeta: memoria de un hombre comprometido con su pueblo

En el 106.º aniversario de su nacimiento, el recuerdo de sus conversaciones y de su vinculación con el ajedrez permite acercarse a la dimensión humana del escritor y expresidente del Cabildo de Gran Canaria. Hoy, 17 de septiembre de 2026, recordamos el nacimiento, hace 106 años, de alguien especial para nuestra sociedad: Pedro Lezcano. Fue mucho más que un poeta. Un deportista, tanto ante los tableros como en las profundidades marinas; un artista plástico de conversación amable y un firme defensor de las necesidades del pueblo. Probablemente por eso, y por otras experiencias de su vida, decidió dar el paso a la política. En diversas conversaciones me explicó su motivación con unas palabras que todavía recuerdo: «Tenía que devolver a la sociedad un poco de lo que ella me dio». Nuestros encuentros de trabajo transcurrían casi siempre en el mismo lugar, entre aromas de café y aprendizaje. Hablábamos de poesía y pintura y, en ocasiones, las menos, de submarinismo. Pero había un asunto que ocupaba buena parte de aquellas reuniones: el ajedrez. Algo especial recorría su existencia cuando se acercaba a ese juego antiguo, en el que encontraba deporte, razonamiento y arte. En nuestras conversaciones aparecían el enroque, la coronación, la captura al paso o el jaque perpetuo. También las aperturas, desde el gambito de dama hasta la defensa siciliana, y tantas otras posibilidades que se abren sobre un tablero. Recuerdo cuánto le maravilló aquella publicación del gran maestro Dragan Barlov: «Disculpen las aperturas… Los finales… son fundamentales». Llegar a acuerdos con él y con su corporación en materia de ajedrez resultaba asequible. Don Pedro conocía la capacidad de nuestra institución, con Diego Casimiro al frente y un equipo dispuesto a situar a Gran Canaria entre los grandes escenarios del ajedrez mundial. Entendía el valor de aquel trabajo y lo que podía aportar a la isla. Pero, junto al poeta y al representante público, estaba el hombre al que tuvimos la suerte de conocer de cerca. En mi recuerdo permanece como un esposo fiel y un padre tierno, tímido y cariñoso, a veces torpe al demostrar cuanto sentía. Un hombre al que le desbordaba el afecto cuando encontraba la ocasión de expresarlo. Como hermano, era sencillo y capaz de acomodarse a cualquier circunstancia. Como amigo, reflexivo, caballeroso, fraterno y honesto. Tenía espíritu aventurero, valentía, curiosidad y una sensibilidad romántica. Era un buen conversador, de amplias inquietudes intelectuales y buen gusto por la literatura. Antimilitarista y conocedor del teatro, su interés por la cultura se extendía mucho más allá de su propia obra. Un hombre en toda la extensión de la palabra. Y del ajedrez. De una u otra manera, me instruía en distintos campos de la cultura y en la organización de eventos. Aquellas reuniones eran también una oportunidad para aprender de su experiencia, de su manera de escuchar y de su disposición a convertir las ideas en iniciativas. No quiero, ni debo, olvidar lo que vivimos en 1995, durante su presidencia al frente del Cabildo Insular de Gran Canaria. Con un equipo dirigido por Diego Casimiro, la isla acogió en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria una multitudinaria simultánea de ajedrez. En mi memoria, aquella jornada permanece como un hito de la proyección internacional de Gran Canaria: los tableros ocuparon la calle y el ajedrez se convirtió en una forma de mostrar la isla al mundo. Fue también una expresión de lo que podía conseguirse cuando el respaldo institucional acompañaba al trabajo de quienes conocían y amaban este deporte. Hoy recordamos al esposo, al padre, al hermano, al abuelo y al amigo que dejó huella en quienes compartimos parte de su camino. Su figura pública sigue vinculada a la poesía y al compromiso social; quienes lo tratamos guardamos, además, el recuerdo de sus gestos, sus conversaciones y sus afectos. Este aniversario es una ocasión para volver a ese canario de adopción que hizo de las islas su lugar de pertenencia y de compromiso. Su vínculo con Canarias se expresó en su obra, en su actividad pública y en la atención que prestaba a las necesidades de su gente. Para quienes lo conocimos, don Pedro sigue presente en aquellos encuentros de trabajo, en el aroma del café y en las conversaciones que terminaban regresando al tablero. Allí permanece el hombre de confianza y de respeto que supo ser mucho más que un poeta.