Durante demasiado tiempo hemos hablado de nuestros jóvenes como una generación líquida: aparentemente desconectada, atrapada entre pantallas, marcada por la incertidumbre y acostumbrada a vivir sin demasiadas certezas. Quizá nos equivocábamos. Quizá no les faltaba conciencia. Quizá estaban esperando que la realidad les diera suficientes motivos para decir basta.
Y la vivienda parece haberse convertido en uno de ellos.
España vive estos días movilizaciones por el derecho a una vivienda digna. La protesta que comenzó en Madrid y que mantiene una acampada en la Puerta del Sol se ha extendido a distintas ciudades del país. Jóvenes, familias, estudiantes e inquilinos están poniendo sobre la mesa una preocupación que condiciona proyectos de vida enteros: poder acceder y permanecer en un hogar.
Y Canarias no está al margen.
La noche del 29 al 30 de septiembre, la plaza de la Feria de Las Palmas de Gran Canaria, frente a la Delegación del Gobierno, se llenó de casetas. Según EFE, unas 45 personas pasaron allí la noche en 27 tiendas de campaña, después de una asamblea convocada por la plataforma Derecho al Techo a la que asistieron alrededor de 200 personas. La movilización se suma a las protestas que se están produciendo en otros puntos de España.
Hay algo profundamente emocionante en esa imagen.
Porque detrás de cada tienda de campaña hay mucho más que una protesta. Hay jóvenes preguntándose si algún día podrán independizarse, construir un hogar o desarrollar su vida sin que buena parte de sus ingresos desaparezca cada mes en el alquiler. Hay personas que han decidido pasar de comentar su frustración en una pantalla a encontrarse en una plaza, mirarse a los ojos, debatir y organizarse.
Y eso, independientemente de las distintas opiniones que podamos tener sobre las soluciones concretas a la crisis de la vivienda, merece ser escuchado.
Me llena de orgullo contemplar a una generación que empieza a descubrir algo que nunca deberíamos haber olvidado: que la democracia también se construye participando. Reuniéndose. Preguntando. Exigiendo respuestas. Escuchando al que piensa diferente y defendiendo pacíficamente aquello que consideran justo.
Tal vez esta generación no fuera tan líquida como creíamos.
Tal vez estaba aprendiendo a navegar en un mundo que le entregamos lleno de incertidumbres.
Y ahora, en Sol, en la plaza de la Feria y en tantas otras plazas, algunos de esos jóvenes han decidido echar raíces, aunque sea durante unas noches bajo una lona.
No sabemos hasta dónde llegará este movimiento ni cuáles serán finalmente las respuestas políticas a sus reivindicaciones. Pero sí hay algo que merece celebrarse: una juventud consciente de que su futuro también le pertenece y de que tiene derecho a participar en la conversación sobre cómo quiere vivirlo.
Porque cuando una generación deja de limitarse a preguntar «¿qué futuro nos queda?» y comienza a decir «queremos formar parte de su construcción», algo importante está sucediendo.


