¿En qué se está convirtiendo el PSOE?
Cuando discrepar empieza a ser un problema
¿Qué ocurre cuando un partido que se define como “democrático”, empieza a concentrar demasiado poder en su dirección, y reduce el espacio para la discrepancia interna?
“De la democracia interna al poder concentrado se deriva el peligro de un partido que puede acabar confundiendo la lealtad a sus siglas, con la obediencia a su líder”.
Porque hay una pregunta que cada vez resulta más difícil esquivar: ¿se está radicalizando el PSOE en torno a Pedro Sánchez hasta el punto de poner en peligro su propia democracia interna?
No es una pregunta menor. Tampoco debería despacharse como una crítica de la derecha facha, como una campaña de desprestigio o como otra polémica interesada. Es una cuestión que afecta al funcionamiento de uno de los grandes partidos de la democracia española y, por tanto, a la calidad de nuestra propia vida democrática.
Porque un partido político no deja de ser democrático por celebrar congresos, aprobar estatutos o convocar primarias. La democracia interna se demuestra, sobre todo, cuando alguien discrepa, cuando aparece una voz incómoda, cuando un militante cuestiona a la dirección o cuando un representante elegido por los ciudadanos no coincide con los intereses de quienes mandan en el aparato de partido.
Y es precisamente ahí donde empiezan las dudas sobre la forma de actuar del actual PSOE sanchista, que nos recuerda una vez más la famosa frase de Alfonso Guerra en sus buenos tiempo: “Aquí el que se mueve no sale en la foto”.
“El partido no puede ser propiedad de su secretario general”
El PSOE tiene una historia que va mucho más allá de Pedro Sánchez y su corrupta “banda del Peugeot”. Es una organización centenaria, construida durante generaciones por militantes serios, trabajadores, alcaldes, concejales y dirigentes honestos que defendieron unas ideas y asumieron unos sacrificios, que no pueden reducirse a la trayectoria personal de ningún secretario general por muy enamorado de su esposa Begoña que esté. Jajajaja Eso que lo deje para EL ¡HOLA!
Sin embargo, cuando la vida interna de una organización comienza a girar excesivamente alrededor de su líder, surge un riesgo evidente: “la discrepancia deje de considerarse una aportación legítima y empiece a tratarse como una deslealtad”.
Ese es el verdadero problema, el que en un partido democrático se deba admitir que dentro de sus filas haya personas que apoyen a su dirección, otras que la cuestionen y otras que, aun compartiendo buena parte de su programa electoral, rechacen determinadas decisiones. No todos tienen que pensar exactamente igual. Ni siquiera tienen que hacerlo quienes forman parte de un mismo proyecto político, pero eso no le cabe en la cabeza a Pedro Sánchez y a su equipo, que no aceptan que… “La lealtad a un partido no debe confundirse con la obediencia incondicional a la persona que lo dirige”.
Cuando la fidelidad al líder se convierte en la principal garantía para progresar dentro de una organización, algo empieza a funcionar mal o como diría un mauro de Telde: “aquí hay algo que no coneja”. Y cuando quienes discrepan temen perder sus responsabilidades, sus posibilidades de concurrir a unas elecciones o su posición dentro del partido, la libertad interna corre el riesgo de convertirse en una declaración formal sin suficiente contenido real. No hace falta prohibir la discrepancia para debilitarla, basta con conseguir que discrepar tenga un precio.
“El que se mueve no sale en la foto”
La célebre frase atribuida a Alfonso Guerra, «El que se mueve no sale en la foto», sigue siendo una referencia inevitable cuando se habla de disciplina y poder dentro del socialismo español.
La cuestión es, si aquella vieja cultura del aparato continúa condicionando la vida interna del PSOE y hasta qué punto puede haberse acentuado alrededor del liderazgo de Pedro Sánchez.
Si la elaboración de las candidaturas se convierte en un instrumento para premiar afinidades y penalizar discrepancias, la pregunta ya no es quién merece encabezar una lista por su capacidad, su trayectoria o el respaldo recibido de sus compañeros. La pregunta pasa a ser, quién cuenta con la confianza de quienes controlan la organización, y esa diferencia es fundamental.
Las listas electorales no son propiedad privada de la dirección federal. Son instrumentos para representar a los ciudadanos y defender un proyecto político. Es legítimo que los órganos competentes intervengan en su elaboración conforme a los estatutos, pero esa facultad no debería servir para vaciar de contenido la participación de la militancia, ni para imponer decisiones sin explicaciones suficientes.
La autoridad orgánica puede ser legal y, al mismo tiempo, generar un problema de legitimidad interna si se ejerce sin transparencia, sin diálogo, y sin respeto por las decisiones adoptadas en los niveles territoriales.
Un partido que presume de representar a la ciudadanía, debería ser especialmente cuidadoso con la manera en que escucha a sus propios afiliados.
“Katrin Ortega, es una señal que merece atención”
Lo ocurrido con Katrin Ortega, alcaldesa de Parauta, en Málaga, constituye un ejemplo reciente que invita a reflexionar.
Ortega logró en las elecciones municipales de 2023 el 88,3 % de los votos y los siete concejales del Ayuntamiento. El 20 de octubre de 2026 se conoció su decisión de abandonar la militancia socialista, junto con otros dos integrantes de su equipo, y continuar su proyecto municipal al margen de las siglas del PSOE Sanchista, y ha anunciado su intención de concurrir a las próximas elecciones con una candidatura independiente.
La propia alcaldesa ha explicado que ya no se siente identificada con el partido actual, cuando este no cuenta con ella, por no ser de la cuerda de María Jesús Montero (ahora en la oposición del gobierno en la Junta de Andalucía), la misma que se autodefinió en su momento, como: “la mujer con más fuerza y poder de decisión dentro del PSOE Sanchista”.
Karín Ortega También ha descrito su decisión como una cuestión de sintonía política, sin atribuirla, aunque y eso la honra, querer aparentar un enfrentamiento concreto con la dirección. Claro que se olvida que no todos son alumnos de la LOGSE socialista y se han dado cuenta de lo que hay detrás de su decisión “voluntaria”, por llamarla de una forma elegante.
Conviene respetar sus propias palabras y no poner en su boca razones que no ha confirmado. Pero eso no impide plantear una cuestión política legítima: ¿Qué está sucediendo cuando una alcaldesa con semejante respaldo electoral decide, que ya no se reconoce en el partido con el que concurrió a las urnas?
Su caso no demuestra por sí solo que exista una estrategia general para expulsar a todos los discrepantes. Pero sí pone sobre la mesa una contradicción que el PSOE Sanchista debería examinar.
Una organización política necesita dirigentes nacionales, pero también necesita representantes locales que conozcan sus pueblos, den la cara ante sus vecinos y construyan una relación de confianza con la ciudadanía y no que se dedique a adorar y a reírle la gracia a Pedro Sánchez, que, aunque esté y mucho, enamorado de Begoña Gómez, que también para su propia desgracia, tiene mucho que ocultar y nada bueno, por cierto le espera en un futuro reciente cuando un jurado popular deba decidir si es culpable o no de los dos graves cargos que se le imputan; “Tráfico de influencias y Malversación de caudales público”, que no es moco de pavo ola cosas.
Cuando esa relación se deteriora hasta el punto de que una alcaldesa considera que puede desarrollar mejor su proyecto fuera de las siglas que la llevaron al gobierno municipal, el partido tiene motivos para preguntarse en qué han fallado.
¿Es únicamente una diferencia de sensibilidad política? ¿Es una consecuencia del distanciamiento entre la dirección nacional y parte de sus representantes locales? ¿O estamos ante un problema más profundo de identificación con el proyecto colectivo?
Son preguntas legítimas. Ignorarlas, como pretende, fiel a su estilo semi dictatorial chavista, Pedro Sánchez”, no las hará desaparecer.
“Palencia y el problema de las candidaturas impuestas”
Otro episodio reciente refuerza el debate. En octubre de 2026, la dirección federal del PSOE modificó la candidatura al Congreso propuesta en Palencia y sustituyó a Álvaro Bilbao por María Luz Martínez Seijo como cabeza de lista. La decisión provocó una reacción de rechazo en el ámbito provincial y la renuncia de varios integrantes de la candidatura.
Según las informaciones publicadas, la propuesta de las agrupaciones locales había contado con un respaldo mayoritario. La dirección federal, por su parte, dispone de competencias orgánicas en los procesos de elaboración de listas, pero la existencia de esas competencias no elimina la necesidad de explicar y justificar decisiones que contradicen las preferencias expresadas por la organización territorial.
Aquí aparece una cuestión esencial: ¿para qué sirve consultar a la militancia si, después, las decisiones de sus agrupaciones pueden quedar desplazadas sin una explicación convincente?
No se trata de afirmar que la dirección federal nunca deba modificar una candidatura. Puede haber circunstancias que lo justifiquen. Se trata de exigir transparencia, criterios conocidos y respeto por quienes participan en la vida orgánica del partido. Porque, si la militancia siente que su opinión solo cuenta cuando coincide con la dirección, las primarias y las consultas internas corren el riesgo de convertirse en procedimientos con escasa capacidad real para condicionar el resultado, eso sería un empobrecimiento democrático.
¿Se está confundiendo el PSOE Sanchista con el chavismo?
Esta es, probablemente, la cuestión más delicada de todas.
Pedro Sánchez fue elegido secretario general mediante un proceso de primarias, algo turbio, también es cierto, y ha construido su liderazgo dentro de las reglas del partido. Pero el hecho de haber obtenido legitimidad democrática para dirigir una organización no significa que todas sus decisiones posteriores queden exentas de crítica.
La democracia no consiste en elegir a alguien y entregarle un cheque en blanco. Consiste en elegir, controlar, debatir, fiscalizar y permitir que existan alternativas.
Por eso conviene distinguir entre el PSOE como organización histórica y el proyecto político en su versión actual de deriva como “nuevo PSOE sanchista, modelo chavista”, que representa su dirección. No son necesariamente la misma cosa.
Un partido puede cambiar de estrategia, de prioridades y de dirigentes sin perder su identidad. Lo preocupante aparece cuando la identidad colectiva queda tan estrechamente asociada a una persona que cualquier crítica a su gestión se interpreta como un ataque a la organización entera, muy típico de dictador de república bananera.
En ese escenario, el debate político se empobrece. Los argumentos ceden terreno ante las adhesiones personales y los desacuerdos dejan de resolverse mediante la discusión para convertirse en pruebas de fidelidad.
¿Es esa la cultura interna que debería promover un partido que aspira a gobernar una sociedad plural?
La pregunta no exige demonizar a Sánchez ni negar sus apoyos. Exige recordar que ningún dirigente, por importante que sea, está por encima de la organización que dirige ni de la obligación de rendir cuentas ante ella.
“El PSOE auténtico” no puede permitirse que la defensa de un liderazgo termine sustituyendo a la defensa de sus principios”.
“El peligro de expulsar, apartar o desanimar a las voces críticas”
Un partido no necesita expulsar formalmente a sus discrepantes para perder pluralidad. A veces basta con apartarlos de las candidaturas, cerrarles espacios de participación o transmitirles que sus posibilidades de influir son prácticamente nulas; porque una cosa es cierta, si esa percepción se extiende, las consecuencias pueden ser graves.
En primer lugar, la dirección pierde información valiosa. Quienes conocen los problemas de una agrupación, de un municipio o de una provincia pueden advertir de errores que quienes trabajan en la estructura nacional no perciben. En segundo lugar, se deteriora la confianza de la militancia. Un afiliado que siente que su trabajo y sus convicciones cuentan menos que su proximidad al aparato tiene razones, como para preguntarse qué sentido tiene participar activamente en la organización y en tercer lugar, se debilita la renovación. Si las oportunidades dependen excesivamente de la confianza de la cúpula, el partido corre el riesgo de seleccionar a sus representantes por su docilidad antes que, por su capacidad para debatir, aportar ideas y asumir responsabilidades, para finalmente, producir una pérdida de credibilidad ante la ciudadanía.
Resulta difícil reivindicar la pluralidad democrática en las instituciones mientras se multiplican las dudas sobre la capacidad de convivir con el desacuerdo dentro de la propia casa común de Madrid, Calle de Ferraz, N.º 68-70
Todo ello debe analizarse con rigor, sin dar por demostrada una política sistemática de represalias allí donde los hechos disponibles no bastan para acreditarla. Pero tampoco sería razonable ignorar las señales de alarma cuando varios conflictos plantean interrogantes similares.
“Un partido sin debate se vuelve más débil”
Hay una paradoja que cualquier organización política debería comprender: “el desacuerdo interno no es necesariamente una amenaza. En muchas ocasiones, es uno de sus mejores mecanismos de defensa”.
Los partidos necesitan personas capaces de advertir de los errores antes de que se conviertan en fracasos; que sean capaces de cuestionar las decisiones equivocadas, y de recordar que las siglas no pertenecen a quienes ocupan temporalmente sus puestos de dirección, porque la ausencia de críticas, no siempre significa que todo funcione bien.
Puede significar que las personas que tienen objeciones han dejado de considerar útil expresarlas y cuando quienes permanecen callados lo hacen por miedo a perder su posición, y la aparente unidad puede estar ocultando una preocupante falta de libertad interna.
Un liderazgo sólido debería ser capaz de soportar las críticas y responder con argumentos. No debería necesitar que todas las voces suenen al unísono para demostrar su fortaleza, pues, aunque el corto por limitado conocimiento de Pedro Sánchez, no permita llegar a entenderlo,” la discrepancia no es una traición; así como, la crítica seria y honrada, no es deslealtad”. Y, es más, yo aseguraría que pedir explicaciones no convierte a nadie en enemigo de su partido; muy al contrario, a veces, quienes se atreven a cuestionar una decisión son quienes más están intentando evitar que la organización se equivoque. Porque ¿a ver ahora quién es el guapo que puede hacerle entender a un personaje que creo la LOGSE.?
“La historia no concede privilegios permanentes”
El PSOE ha sido protagonista de una parte fundamental de la historia democrática española. Ha contado con militantes y dirigentes que contribuyeron a ampliar derechos, transformar instituciones y construir políticas públicas de enorme trascendencia y precisamente por esa trayectoria, tiene sentido exigirle que cuide su funcionamiento interno.
Su historia no les concede inmunidad frente a las críticas. Tampoco permite dar por supuesto que sus prácticas actuales responden siempre a los valores que defendió en otras etapas; pues, las organizaciones históricas no se debilitan únicamente por los ataques de sus adversarios, también pueden hacerlo cuando pierden el contacto con sus bases, cuando dejan de escuchar a sus representantes o cuando convierten la discrepancia en un problema que debe resolverse mediante el aislamiento del discrepante.
Una cosa tenemos clara los viejos lobos de mar y encima mauros de Telde: “ninguna sigla garantiza por sí sola la fidelidad a unos principios. Esa fidelidad debe demostrarse continuamente y ningún líder, por importante que sea su papel; puede reclamar que el futuro de una organización centenaria dependa de su permanencia al frente de ella”.
La pregunta final que me hago es… ¿Qué PSOE quedará después de Sánchez?
Esta es la reflexión que debería preocupar a los socialistas, tanto a quienes apoyan a Pedro Sánchez y se autodenominan “sanchista puros”, como a quienes cuestionan su dirección y solo se auto denominan “socialista del auténtico e histórico PSOE”.
¿Qué ocurrirá con el partido cuando cambie su liderazgo? ¿Quedará una organización con cuadros preparados, debate interno, militancia activa y capacidad para integrar sensibilidades distintas? ¿O habrá perdido parte de su pluralidad y de su autonomía por haber concentrado demasiadas decisiones en torno a una sola figura?
No se trata de pronosticar una catástrofe ni de dar por inevitable una determinada evolución política. Se trata de reconocer un riesgo organizativo real, pues cuando la autoridad personal pesa demasiado, las instituciones internas pueden debilitarse y la sucesión se vuelve más difícil.
Un partido verdaderamente fuerte no es aquel en el que nadie contradice a su secretario general. Es aquel en el que existen mecanismos para discutir sus decisiones, corregir sus errores y renovar su dirección sin que la organización se desmorone.
Los militantes del El PSOE (auténtico) deberían preguntarse si están protegiendo esos mecanismos con suficiente convicción.
Porque, si para mantener la cohesión es necesario reducir el espacio de la discrepancia, la cohesión puede terminar siendo solo aparente. Y si los representantes locales empiezan a considerar que sus convicciones y su compromiso con los ciudadanos encajan mejor fuera del partido que dentro de él; la dirección tendrá que preguntarse qué está perdiendo por el camino. No basta con ganar votaciones internas. No basta con controlar los órganos de dirección. No basta con aprobar listas electorales. Hay que conservar la confianza de quienes sostienen el proyecto, y esa confianza no se obtiene exigiendo obediencia, sino demostrando que la organización sigue siendo un espacio en el que merece la pena participar, incluso cuando uno no está de acuerdo con quien manda.
“El mayor peligro para el PSOE no sería que Pedro Sánchez tuviera adversarios dentro del partido. Sería que llegara un momento en que sus militantes dejaran de sentirse libres para poder discrepar de él”.
Porque entonces la cuestión ya no sería cuánto poder concentra un secretario general, sino cuánto espacio democrático conserva la organización que dirige, y esa es una pregunta a la que ningún partido que se considere democrático debería temer responder.
Un partido pertenece a sus militantes, a su historia y al proyecto colectivo que defiende. Sus dirigentes solo lo administran durante un tiempo; no son sus propietarios.
“El PSOE tiene que decidir, si quiere ser una organización en la que se pueda pensar de manera diferente o una estructura en la que la discrepancia se convierta en un riesgo personal. Porque cuando la lealtad al líder empieza a pesar más que la libertad de sus miembros, el problema deja de ser una cuestión de nombres. Se convierte en una cuestión de democracia”.
“Como conclusión final y…”
Utilizando una expresión Canarias como se lo diría un mauro de Telde como yo a los amigos socialistas auténticos, que los tengo y muchos, que ahora mismo los tienen de corbata… ¡Ay! mis niños lindos, aunque todos sean ateos como corresponde a los alumnos de la LOGSE, quiera Dios que acierten, con un nuevo novio, también enamorado si quieres, como el mismo Pedro Sánchez, porque si no… ¡Ve Meria purísima!… ¡Ojos que te vieron dir por esos mares pá dentro!, porque ya no les va a dar tiempo para poder recular y se van a ver llorando a moco tendido en el “Barranco del Caracol”. Mira que… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!