Adicción sin sustancia por Pedro Rodríguez Reyes

Esta historia puede ser la mía, o la de mi hijo, o puede ser la tuya o la de tus hijos, en definitiva la de cualquier persona; hasta hace poco tiempo yo era totalmente feliz, adoraba a mis padres con los que vivía, adoraba a mi pareja, me gustaba mucho mi profesión y trabajo y era feliz. Un mal día me entregué al juego de azar y me convertí en un enfermo del juego, en un ludópata. Al partir de entonces, ni mis padres, ni mi pareja, ni mi profesión me interesaron nada, sólo me interesó una cosa, el juego. Soy un esclavo del juego y estoy con las manos esposadas.

En la vida todos podemos caer en el error de escoger un camino falso, ir por un atajo, el del juego del azar, conseguir dinero fácil. El camino del vértigo, el camino que nos seduce, que nos promete todo y no nos exige nada y al final te lo quita todo.

Sacar dinero para seguir jugando, estar continuamente pensando en los partidos que habrá mañana, o pasado, qué apuesta podré hacer, de dónde podré sacar el dinero…
Hace unos días nos despertábamos con la noticia de que en Canarias se han triplicado el número de jóvenes ludópatas online. Las casas de apuestas o el juego online están en todas partes como una mala hierba. Un problema social que va en aumento. La ludopatía estuvo hasta hace unos años reconocida como un trastorno de control de impulsos, hoy en día está reconocida como un trastorno adictivo sin sustancia por la OMS, sus características son muy claras, es una enfermedad, un trastorno psicológico que requiere tratamiento.

Cuando el juego deja de ser divertido y se convierte en una obsesión es entonces cuando hablamos de ludopatía, los intereses en este sector regulado y legal son muy poderosos, pues tanto empresas de comunicación como clubes y entidades deportivas y la propia administración participan del reparto de beneficios que generan el mundo de las apuestas.

El negocio crece, pero también el volumen de jugadores patológicos, a la par que disminuye de manera alarmante la edad del que juega. La inmensa mayoría de los apostantes, lo dicen las estadísticas, pierden. En el contexto de un juego responsable, esto sería irrelevante, sin embargo, cuando el nuevo jugador entra en la espiral obsesiva de volver a jugar para recuperar lo perdido, o ganar más, estamos ante un problema de salud pública, alejado de los focos y que carece del glamour que se anuncia con tanta profusión e hipocresía en los medios.

Es difícil estar ajenos a la posibilidad de jugar, especialmente a los más vulnerables. Cuando se hace publicidad, utilizando a los iconos del deporte, para muchos niños y jóvenes, éstos son mitos, nos hacen creer que esto está relacionado con el deporte, y lo vemos como inocua, sin peligro, pero no es así, al final estas conductas crean adicción al juego en nuestros jóvenes. También la cercanía de estas casas de apuestas, cerca de los colegios e institutos y en barrios humildes, toda una realidad que demuestra que al juego en línea produce riqueza y beneficios, pero también genera adicción y con ella desgracia.

Las administraciones deben hacer campañas de información para toda la población, también la policía ha de tener herramientas para saber cómo actuar ante esta problemática, campañas de prevención, especialmente para los jóvenes, que se implante en los institutos con ciclos informativos, en general: informar, sensibilizar y recomendar unas pautas de actuación para evitar que seamos esclavos del juego, al fin y al cabo esta adicción destroza la vida de las personas y la de su familia.

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Redacción NorteGranCanaria

IA sí o IA no

“Porqué no se le pueden poner puertas al campo” Durante semanas, el debate sobre la “inteligencia artificial” ha vuelto a encender tertulias, columnas y sobremesas. Hay quien la ve como una amenaza existencial, un monstruo digital capaz de devorar empleos, identidades y hasta la propia condición humana. Otros, en cambio, la consideran un avance inevitable, una herramienta poderosa que, bien usada, puede multiplicar nuestras capacidades. Yo, que he pasado media vida en la mar y la otra media escribiendo sobre ella, no puedo evitar recordar que este debate no es nuevo. Cambian los nombres, cambian los artefactos, pero el miedo al progreso es siempre el mismo. Recuerden que en 1633 casi mandan a la hoguera al astrónomo   Galileo Galilei, por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Y el pobre hombre, para salvar de morir chamuscado tuvo que retractarse de su teoría heliocéntrica ante el Tribunal de la Santa Inquisición, aunque diciendo…. “Y sin embargo se mueve”, y como en aquel tiempo “los sabios de la iglesia” se parecían mucho a los actuales alumnos de la LOGSE socialista, no supieron interpretar sus palabras y gracias a ello, le perdonaron la vida.    “Cuando la mar también temió a la tecnología” Quienes hoy se escandalizan con las IA se parecen mucho a aquellos que, en mis primeros años de navegación, protestaban por la llegada de la “navegación por satélite”. Decían que se perdería el romanticismo, y que los oficiales se volverían torpes; que la mar castigaría a quienes confiaran en “máquinas que no sienten el viento”. Y, sin embargo, el tiempo puso cada cosa en su sitio. La navegación satelital no solo no destruyó la profesión, sino que “la hizo más segura, más precisa y más humana”, porque liberó al marino de tareas repetitivas y le permitió concentrarse en lo esencial; esto es, gobernar el barco y cuidar de su gente. Lo mismo ocurrió con las “calculadoras astronómicas”, con “las curvas de las llamadas, tablas americanas de estabilidad portátiles”, o con los primeros “ordenadores de a bordo”. Cada avance fue recibido con recelo, y cada avance terminó siendo imprescindible. Hoy, dudo que exista un solo barco en el mundo sin GPS, y también dudo que, muchos oficiales sepan usar un sextante como lo hacíamos nosotros. Pero eso no es decadencia: “es evolución”. “La IA como nueva herramienta de navegación humana” La inteligencia artificial es, en esencia, “una herramienta”. No es un oráculo, no es un demonio, no es un sustituto de la inteligencia humana. Es un instrumento que amplifica nuestras capacidades, igual que lo hizo el radar, el GPS o las cartas electrónicas facilita el trabajo. Acelera cálculos complejos. Democratiza el acceso al conocimiento y además permiten que un ciudadano normal, un estudiante o un profesional tenga a mano un asistente capaz de sintetizar información, explicar conceptos y ayudar a pensar. La IA no piensa por nosotros, solo “nos obliga a pensar mejor”.    “La ciencia sin conciencia: el riesgo real” Ahora bien, sería irresponsable ignorar los riesgos. La historia nos recuerda que, “la ciencia sin conciencia es la ruina del espíritu”, como decía Rabelais. El uranio, por ejemplo, prometía energía limpia y terminó también en Hiroshima. La química prometía fertilidad y terminó en gases de guerra. La informática prometía libertad y terminó en vigilancia masiva. La IA no es diferente. Puede ser usada para manipular, para desinformar, para automatizar injusticias, para amplificar desigualdades. Pero ese riesgo “no es argumento para frenar el progreso”, sino para gobernarlo con ética, regulación y responsabilidad. La solución nunca ha sido prohibir la herramienta, “sino educar al artesano” (pensamiento mesiánico)   “No se le pueden poner puertas al campo” La inteligencia artificial ha llegado, y no se va a marchar. Podemos discutir cómo regularla, cómo integrarla, cómo evitar abusos. Pero pretender detenerla es tan absurdo como prohibir el GPS en los barcos o volver a las tablas logarítmicas por decreto. La humanidad siempre ha avanzado cuando ha abrazado el conocimiento, no cuando lo ha temido. Y si algo he aprendido en la mar es que “el progreso es como la marea”, puedes ignorarlo, puedes protestar, puedes incluso intentar frenarlo… pero al final, ni se para ni espera, y sube y baja igual.   “El horizonte verdadero” Porque al final —y esto lo sabe cualquiera que haya hecho guardias largas en el puente de un barco, “el horizonte nunca es el que parece”. El aparente es solo una línea engañosa, dibujada por la luz y la distancia. El verdadero está más allá; donde la mar se junta con la voluntad, donde el futuro se abre como una derrota limpia y donde cada avance, por polémico que sea, termina siendo parte de la travesía humana. La inteligencia artificial es exactamente eso; “un horizonte verdadero”. No el que algunos ven con miedo, ni el que otros deforman con alarmismos, sino el que se revela cuando uno se atreve a mirar más lejos, más hondo y con menos prejuicios. Quien navega sabe que el barco que teme avanzar se queda a merced del oleaje. Quien se atreve, en cambio, descubre que el mar siempre recompensa al que confía en su rumbo. Por eso defiendo la IA a capa y espada, porque es viento nuevo en las velas, porque es carta actualizada en un mundo que cambia, porque es faro en noches de incertidumbre, y porque negar su avance sería renunciar al horizonte verdadero que nos corresponde como especie. La mar enseña que “solo avanza quien se atreve”. La historia confirma que “solo progresa quien no teme aprender”, y la IA, como toda marea que llega para quedarse, nos invita a seguir navegando hacia adelante, sin miedo, sin supersticiones y con la serenidad de quien sabe que el futuro no se detiene… “Se conquista”. La IA no es un enemigo; por el contrario, es un nuevo instrumento de navegación para la vida moderna. Si la usamos con conciencia, será una aliada formidable. Si la usamos sin ética, será un peligro. Pero renunciar a ella sería como navegar de noche