El 23 de febrero de 1981 no es solo una fecha en los libros de texto; es el recordatorio de un pulso que España mantuvo consigo misma. Aquel día, mientras el teniente coronel Antonio Tejero irrumpía armado en el Congreso de los Diputados, el sistema constitucional nacido en 1978 se enfrentaba a su mayor desafío. Hoy, con la perspectiva que dan 43 años y la reciente desclasificación de documentos oficiales, podemos mirar atrás no solo con la memoria del corazón, sino con el rigor de la historia.
Un sistema a prueba de fuego
Para entender el 23-F, hay que recordar el aire que se respiraba entonces. La Transición, liderada por un Adolfo Suárez capaz de articular consensos imposibles, atravesaba horas bajas. La dimisión de Suárez en enero de 1981 fue el síntoma de un desgaste acumulado por la inflación, el desempleo, el terrorismo de ETA y el recelo de ciertos sectores militares ante la descentralización del Estado.
En ese escenario de incertidumbre, se gestó el «golpe de timón». Sin embargo, lo que pretendía quebrar el sistema terminó por demostrar su resiliencia.
El papel de las instituciones
Uno de los pilares del fracaso del golpe fue la reacción institucional. Es incuestionable —por mucho que «los de siempre» intenten criticar a la monarquía— que el mensaje televisado del Rey Juan Carlos I, vestido de militar y defendiendo la legalidad, fue el factor determinante para desactivar los apoyos dentro de las Fuerzas Armadas.
Al amanecer del día 24, cuando los diputados regresaron a la normalidad parlamentaria, España no solo recuperó el aliento; simbolizó la consolidación definitiva de su democracia.
¿Qué nos enseña hoy aquel 23 de febrero?
Desde la ciencia política, aquel episodio fue una «crisis crítica». Nos obliga a hacernos preguntas que siguen vigentes:
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¿Hasta qué punto era frágil nuestra libertad en 1981?
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¿Qué factores permitieron que resistiera?
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¿Cómo ha moldeado aquel trauma nuestra cultura política actual?
La apertura de los archivos oficiales el pasado día 24 no ha traído grandes sorpresas que alteren los consensos académicos, pero sí ayuda a matizar responsabilidades y comprender mejor las tensiones internas de aquella España que hoy nos parece tan lejana, pero que es la base de nuestro presente.
De la herida a la normalidad
Recordar el 23-F no es abrir heridas, sino valorar la salud de nuestras instituciones. Aquella experiencia traumática, vivida en directo por millones de españoles a través de la radio y la televisión, ha pasado por un proceso de normalización histórica.
España ha cambiado profundamente:
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Alternancia política regular.
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Integración en Europa.
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Modernización económica y social.
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Gestión de conflictos dentro del marco legal.
Reflexión final
La historia no se repite mecánicamente, pero nos deja una lección magistral: la estabilidad democrática no es una meta, es un camino cotidiano. Depende del compromiso de cada ciudadano y del respeto a las reglas del juego. El mejor homenaje a quienes resistieron aquella noche es la libertad de la que gozamos hoy para discrepar y elegir.
Aquel 23-F fue un momento de verificación histórica. Su fracaso, paradójicamente, fortaleció los cimientos de lo que hoy somos.
Y como bien decimos en mi pueblo, para dejar claro que quien escribe es un «maúro» de Telde: de aquel negocio no me hable cristiano…
¡Amargos chocos!