Brasil nos está diciendo que todavía estamos a tiempo
Hay noches en las que una se acuesta mirando un país lejano y siente que algo de su propia vida también se está decidiendo allí.
Anoche me pasó con Brasil.
Hoy siento alegría. Una alegría honda, de esas que llegan después de contener la emoción, después de mirar un recuento y pensar en cuántas vidas caben detrás de cada voto. Lula ha ganado unas elecciones muy disputadas y, para quienes creemos en la igualdad y en la justicia social, esta victoria abre una ventana de esperanza.
Quisiera que hoy nos detuviéramos un momento ante esa ventana.
Que miráramos a Brasil con respeto, con gratitud, con ganas de escuchar lo que su gente nos está diciendo. Yo siento su victoria como un impulso que atraviesa el océano y llega hasta aquí, hasta España, hasta Canarias, hasta nuestras casas.
Todavía estamos a tiempo.
Pienso en la gente humilde que ha depositado su confianza en Lula. En quienes necesitan que gobernar signifique poder comer, estudiar, recibir atención médica, tener un techo y descansar por la noche sin que la incertidumbre les apriete el pecho.
Pienso también en los pueblos indígenas, en su dignidad, en su derecho a decidir sobre sus vidas y sus territorios. En quienes defienden los bosques amazónicos y cuidan de una riqueza natural que necesitamos preservar entre todos. Sus vidas importan. Sus voces merecen ser escuchadas. Su futuro también nos concierne.
Brasil, con sus desigualdades, sus dificultades y toda su inmensa diversidad, es hoy para mí un ejemplo para el mundo. Nos recuerda que la resignación puede vencerse y que cada voto cuenta cuando está en juego el rumbo de un país.
Y eso emociona. Claro que emociona.
Porque aquí también hay personas cansadas. Personas que han confiado, que se han decepcionado, que hoy dudan. Las entiendo. Hay angustias que ninguna consigna resuelve. Hay alquileres imposibles, esperas que desesperan y sueldos que se agotan mucho antes de terminar el mes.
El PSOE ha cometido errores. Debe reconocerlos, responder por ellos y corregirlos. Quienes defendemos políticas de izquierdas tenemos derecho a exigir más coherencia, más valentía y mejores resultados. Nuestra confianza exige compromiso.
Pero quiero decir algo con toda claridad: creo que un gobierno del PP condicionado por Vox nos haría retroceder. Me preocupa el poder que pudiera tener la ultraderecha para decidir sobre nuestros derechos, nuestros servicios públicos y nuestra convivencia. Y al PP le corresponde responder por los acuerdos que acepte y por las consecuencias que tengan.
Cuando el PP abre la puerta a Vox, asume también la responsabilidad de lo que deja entrar.
No basta con presentarse como moderado. La moderación debe demostrarse poniendo límites, especialmente cuando están en juego la igualdad y la libertad de otras personas. El poder no puede justificarlo todo.
Yo no quiero ese camino para España ni para Canarias. No creo que encontremos bienestar debilitando lo público, enfrentándonos entre vecinos o convirtiendo la diversidad en un problema. Ese rumbo nos aleja de la sociedad que deseo: una sociedad capaz de cuidar de su gente.
Porque la dignidad y el bienestar van unidos.
Estar bien es tener una casa a la que volver. Poder enfermar y recibir cuidados. Saber que nuestros hijos tendrán oportunidades. Envejecer con compañía y recursos. Poder pedir ayuda sin sentir vergüenza.
La política tiene la responsabilidad de hacer posible ese suelo sobre el que sostener una vida.
Por eso les pido a quienes nos representan que escuchen. Que dejen de convertir cada diferencia en una pelea interminable. Que busquen acuerdos y hagan piña alrededor de lo esencial. Que comprendan cuánto desgaste producen sus discusiones en quienes esperan soluciones.
A la izquierda le pido unidad, generosidad y responsabilidad. Que mire a las personas que necesitan una respuesta antes de volver a enredarse en sus propias disputas. Hay demasiada gente esperando para que los egos sigan ocupando tanto espacio.
Como mujer, tampoco puedo callar ante las propuestas que afectan a nuestra libertad. Vox ha reclamado derogar la ley del aborto y la Ley Integral contra la Violencia de Género. Son posiciones documentadas que debemos tener presentes al valorar su proyecto político.
A mí me preocupan profundamente. Quiero poder decidir sobre mi cuerpo. Quiero que cualquier mujer encuentre protección cuando sufre violencia. Quiero autonomía económica, cuidados, prevención y atención sanitaria.
Y quiero que el PP explique qué está dispuesto a defender frente a Vox y qué estaría dispuesto a negociar para gobernar. Nuestros derechos merecen compromisos claros, sin ambigüedades.
Pienso también en las personas LGTBIQ+, en las personas trans, en quienes han pasado demasiado tiempo midiendo una palabra o una caricia antes de mostrarse como son.
Quiero un país donde nadie tenga que hacerse pequeño para sentirse a salvo. Donde una persona trans encuentre respeto al entrar en una consulta, buscar trabajo o caminar por su barrio. Donde amar no dé miedo y la identidad de nadie se convierta en un arma electoral.
Y quiero hablar de la inmigración. De las personas migrantes, de sus nombres, sus familias, sus ausencias. De lo que significa marcharse y llevar una vida entera dentro de una maleta, o partir sin ella.
Desde Canarias, esa reflexión nos toca muy cerca.
Debemos exigir una gestión pública responsable, recursos, coordinación y una acogida digna. Necesitan respuestas quienes llegan y las comunidades que los reciben. Rechazo una política que busque votos alimentando la sospecha contra personas por su origen. Quienes aspiran a gobernarnos tienen la obligación de ofrecer soluciones y de cuidar la convivencia.
Este mundo no es de nadie en exclusiva. Aquí estamos de invitados. Qué distinta sería nuestra manera de tratarnos si recordáramos con más frecuencia lo breve que es nuestro paso y cuánto podemos hacer para aliviar el de los demás.
Nacer a un lado u otro de una frontera no cambia el valor de una vida.
También hace falta memoria. Recordar la dictadura franquista, la subordinación de las mujeres, la persecución y el silencio impuestos a tantas personas. Obras como La bola negra nos acercan a esas vidas atravesadas por la represión y nos invitan a pensar en las libertades que hoy tenemos la responsabilidad de cuidar.
Nuestros derechos tienen historia. Detrás de ellos hubo mujeres y hombres que soportaron humillaciones, que se organizaron, que se arriesgaron para que quienes vinimos después pudiéramos vivir con más libertad.
Pensar en esas personas me conmueve. También me exige.
Por eso, a quienes hoy tienen dudas les hablo con cariño y con firmeza. Entiendo su enfado. Comparto muchas de sus exigencias. Pero les invito a preguntarse qué quieren construir con ese enfado y a quién van a entregar la responsabilidad de hacerlo.
Los errores del PSOE deben corregirse. Y creo, con la misma claridad, que dar poder al PP y a Vox puede agravar aquello que hoy nos duele y poner en cuestión avances que necesitamos proteger.
Podemos exigir más a la izquierda y defender nuestros derechos al mismo tiempo. Esa exigencia también es una forma de compromiso.
Hoy Brasil nos está hablando. Siento que Lula y quienes han confiado en él nos están diciendo, casi gritando desde el otro lado del océano, que no abandonemos. Que pensemos, que recordemos, que participemos. Que el cansancio no decida por nosotros.
Cada cual puede contribuir desde su pequeño lugar. Una conversación sincera. Una noticia contrastada antes de compartirla. Una pregunta que ayude a pensar. Un artículo escrito con alma.
Este es el mío.
Lo escribo pensando en las mujeres que vendrán, en las personas que todavía tienen miedo de mostrarse como son, en quienes buscan una oportunidad lejos de su hogar y en quienes necesitan que una institución les tienda la mano.
A quienes hacen política les pido que estén a la altura de esas vidas. Que se unan para cuidarlas. Que conviertan sus promesas en bienestar, sus responsabilidades en hechos y sus diferencias en acuerdos que sirvan a la gente.
Hoy celebro Brasil con emoción. Mañana habrá que seguir exigiendo, trabajando y cuidando de esta esperanza.
Porque algún día también tendremos que explicar qué hicimos cuando pudimos decidir.
Yo quiero poder decir que puse mi voz, mi conciencia y mi pequeño lugar en el mundo al servicio de la igualdad. Que defendí la dignidad de quienes más lo necesitaban. Que, incluso en medio de las dudas, seguí creyendo que merecía la pena avanzar.
Y que hice cuanto estuvo en mi mano para que nadie tuviera que volver atrás