Crónica de una complicidad: El CEPA Las Palmas, Italia y el privilegio de contar sus historias
Gracias Al Cepa Las Palmas
Gracias Al Cepa Las Palmas

Desde la redacción de Norte Gran Canaria, echamos la vista atrás para agradecer la confianza de una comunidad educativa que nos ha permitido viajar con ellos a través de las palabras y las imágenes.

Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en emociones. El reciente itinerario cultural por Italia realizado por el CEPA Las Palmas pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Durante estos días, nuestras páginas digitales no solo han recogido crónicas de visitas a monumentos históricos o paseos por ciudades milenarias; han sido el eco de una experiencia de convivencia, aprendizaje y descubrimiento que nos ha contagiado a todos.

Desde que se planteó la posibilidad de que nortegrancanaria.com fuera el canal oficial de difusión de esta aventura, supimos que no se trataba de una colaboración más. Informar sobre el día a día de este viaje ha sido un auténtico privilegio que nos ha permitido conectar de forma directa con la ilusión de cada alumna y alumno.

Un agradecimiento con nombre propio

No queremos dejar pasar la oportunidad de expresar nuestro más profundo agradecimiento a todos los estudiantes del CEPA Las Palmas que fueron a este viaje. Vuestra energía y vuestras vivencias han dado vida a nuestras noticias. Pero, de manera muy especial, queremos poner en valor la figura de su director, José Tacoronte.

Gracias, José, por tu impecable gestión, por tu cercanía y por depositar en este medio una confianza que valoramos enormemente. Tu visión para hacer partícipe a la sociedad del trabajo que se realiza en los Centros de Educación para Personas Adultas es inspiradora, y para nosotros ha sido un honor ser tus aliados en esta tarea.

Más que noticias, una ventana al mundo

A través de la sección especial dedicada a este viaje (ver aquí), hemos sido testigos de cómo la cultura rompe barreras y une a las personas. Nos habéis permitido colarnos en vuestras maletas para compartir con el mundo la magia de Italia, desde la solemnidad de Roma hasta la belleza artística de Florencia, haciendo que nuestros lectores también se sintieran parte de la expedición.

Para un medio de comunicación local como el nuestro, no hay mayor recompensa que convertirse en el puente entre una institución tan querida y la comunidad. Nos habéis recordado por qué amamos este oficio: por la capacidad de narrar lo que nos une y celebrar los éxitos colectivos.

Puertas abiertas para el futuro

La aventura italiana ha llegado a su fin, pero los lazos que se han creado permanecen. Desde Norte Gran Canaria, solo podemos decir: ¡Gracias, de corazón! Gracias por elegirnos, por dejarnos ser vuestra voz y por demostrarnos que el deseo de aprender y conocer mundo no tiene límites.

Sabéis que esta sigue siendo vuestra casa. Aquí nos tenéis, con las puertas de nuestra redacción abiertas de par en par para la próxima experiencia, para nuevos proyectos o para cualquier necesidad que pueda surgir.

¡Hasta la próxima aventura, CEPA Las Palmas!

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Capitan Manuel Damía Guimerá
Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que