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Cuando el Teide encendió el cielo

A veces, la belleza no avisa. Solo aparece ante nuestros ojos y nos recuerda la suerte de estar aquí.

Hay atardeceres que simplemente ocurren.

El sol comienza a esconderse, el cielo cambia de color y la vida continúa. Seguimos con nuestras cosas, pendientes del teléfono, de las obligaciones, de lo urgente. Y quizá por eso muchas veces nos perdemos aquello que sucede justo delante de nosotras.

Pero ayer ocurrió algo diferente.

Desde mi terraza, en Buenavista, en el municipio de Gáldar, levanté la mirada hacia el horizonte y allí estaba el Teide. Imponente, como tantas otras veces. Pero, al mismo tiempo, completamente distinto.

El cielo se había convertido en una inmensa paleta de naranjas, dorados, rosas y tonos cálidos. El océano parecía guardar silencio y la silueta de la montaña se recortaba al fondo, como si alguien hubiera dibujado el paisaje expresamente para ese instante.

Entonces lo vi.

Una delicada luz, de un tono azulado, parecía salir desde el pico del Teide y elevarse hacia el cielo.

Miré de nuevo.

No era un eclipse. No había ningún gran acontecimiento anunciado. No había nada que nos hubiera preparado para aquello.

Era simplemente la luz haciendo magia.

O quizá era algo mucho más sencillo: la naturaleza recordándonos que todavía sabe sorprendernos.

Y me sentí afortunada.

Muy afortunada.

La belleza de mirar

Vivimos en una época en la que podemos fotografiarlo todo. Tenemos una cámara en el teléfono, podemos contemplar lugares a miles de kilómetros de distancia y tenemos acceso a millones de imágenes extraordinarias.

Y, sin embargo, hay algo que ninguna fotografía puede sustituir: Estar allí cuando sucede.

Estar allí y mirar.

Sin buscar nada.

Sin esperar nada.

Solo mirar.

Ayer no estaba intentando encontrar una imagen especial. No estaba esperando ningún fenómeno. Simplemente tuve la suerte de estar en mi terraza en el momento preciso.

Y durante unos minutos sentí que el tiempo se había detenido. El Teide.

El océano.

El cielo.

Aquella luz azulada.

Todo estaba exactamente donde tenía que estar.

Y pensé en cuántas cosas hermosas deben suceder cada día sin que nadie las vea. Cuántos amaneceres.

Cuántas nubes transformadas por el sol. Cuántos reflejos sobre el mar.

Cuántas noches llenas de estrellas.

Cuántos pequeños milagros cotidianos pasan delante de nuestros ojos mientras nosotras estamos demasiado ocupadas para mirar.

Una isla, un volcán y un instante irrepetible

Quienes vivimos en Canarias sabemos que tenemos un privilegio.

Quizá precisamente porque lo vemos todos los días dejamos de sorprendernos.

El Teide forma parte de nuestro paisaje, de nuestra memoria, de nuestras fotografías y de nuestras historias. Es una presencia familiar.

Pero la naturaleza nunca se repite exactamente. La luz cambia.

La atmósfera cambia.

El mar cambia.

Las nubes cambian.

Y nosotras también.

Por eso un mismo paisaje puede parecernos completamente diferente de un día para otro. Ayer el Teide no era simplemente el Teide.

Era el Teide bajo un cielo encendido.

Era esa montaña proyectándose sobre el Atlántico mientras una extraña y delicada luz parecía escapar de su cima.

Era un instante.

Y los instantes, cuando son verdaderamente nuestros, no vuelven.

Y entonces pensé en la Tierra

Quizá lo que más me emocionó de aquella imagen no fue solamente su belleza.

Fue pensar en todo lo que tenemos y en lo poco que, a veces, somos capaces de valorarlo.

Esta Tierra que habitamos lleva millones de años creando paisajes, océanos, volcanes, bosques, cielos y formas de vida que no podríamos inventar ni con toda nuestra imaginación.

Y nosotras estamos aquí, durante un pequeño instante de su historia. La miramos.

La transformamos.

La consumimos.

Y, demasiadas veces, olvidamos que también dependemos de ella.

Hablamos del cambio climático, de la contaminación, de la pérdida de biodiversidad o de la destrucción de nuestros paisajes como si fueran asuntos lejanos, cifras que aparecen en los informativos.

Pero quizá deberíamos hablar también desde la emoción.

Desde lo que sentimos cuando contemplamos un lugar hermoso. Porque cuando algo nos importa de verdad, queremos protegerlo. Cuando amamos un paisaje, no queremos perderlo.

Cuando descubrimos la belleza de un cielo limpio, queremos que siga existiendo.

Cuando entendemos la suerte que tenemos de contemplar un océano vivo, empezamos a comprender que no podemos tratarlo como un vertedero.

Tal vez cuidar el planeta empiece también por algo tan sencillo como volver a mirarlo.

La suerte de estar aquí

Ayer hice una fotografía.

Pero, en realidad, creo que me llevé algo mucho más importante que una fotografía. Me llevé un recuerdo.

La sensación de haber sido testigo de algo que duró unos minutos y que quizá nunca vuelva a aparecer exactamente de la misma manera.

Y me llevé también una pequeña lección.

Que no siempre necesitamos grandes acontecimientos para emocionarnos. No necesitamos un eclipse.

No necesitamos una lluvia de estrellas.

No necesitamos que ocurra algo extraordinario para levantar la mirada. A veces basta un atardecer.

Una montaña.

Un rayo de luz.

Un instante en el que decidimos dejar de correr y simplemente observar. Quizá la vida esté llena de momentos así.

Quizá la belleza esté mucho más cerca de lo que pensamos.

Y quizá una de las mayores riquezas que tenemos sea precisamente esa: seguir teniendo un mundo capaz de sorprendernos.

Por eso comparto esta imagen. Para guardar lo que vi.

Pero también para invitar a quien la mire a hacer algo muy sencillo: Detenerse.

Mirar hacia arriba. Mirar hacia el horizonte. Mirar el mar.

Mirar una montaña.

Mirar la luz.

Y recordar que estamos aquí.

Que esta Tierra es nuestra casa. Que es hermosa.

Y que tenemos la responsabilidad de procurar que siga siéndolo.

Porque quizá la verdadera suerte no sea que la naturaleza nos regale momentos como el que viví ayer.

La verdadera suerte es que todavía estemos aquí para poder verlos.

Cuando el Teide encendió el cielo @Gema Díaz (1)

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Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Trump y las dictaduras que no ha logrado derribar

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Y pocas veces se ha visto con tanta claridad como en el caso de Donald Trump, un hombre que llegó al poder presentándose como negociador implacable, pacificador mundial y azote de todas las dictaduras incómodas, aunque solo para los Estados Unidos. Entre sus promesas figuraban “meter en cintura” a Cuba, Venezuela e Irán. Regímenes que, según sus propias palabras, estaban condenados a doblegarse ante la presión de Washington. Años después, conviene preguntarse…  ¿Qué quedó de aquellas proclamas que parecían anunciar un vuelco histórico? La respuesta es incómoda y bastante, por cierto. Pero, como viejo lobo de mar, que además arrastra de por vida el ser un mauro de Telde y siguiendo mi estilo marinero voy a intentar analizar caso por caso,     “Cuba: la realidad contra la propaganda” El caso cubano resulta especialmente significativo. Hace sesenta y seis años, una revolución prometió liberar a los cubanos de una dictadura (Gerenarl Batista), pero lo que vino después con Fidel Castro, Che Guevara y resto compinches revolucionarios, fue otro sistema de poder que, generación tras generación, ha restringido libertades y ha terminado sumiendo al país en una crisis permanente. Sin embargo, sería un error pensar que la responsabilidad de esta tragedia corresponde únicamente a La Habana. También Washington lleva décadas demostrando una asombrosa incapacidad para comprender la realidad cubana. Ahora Donald Trump asegura, que no será necesaria una intervención militar porque el Gobierno cubano terminará cediendo ante su presión económica y política. El mismo argumento, con distintos matices, lo hemos escuchado durante décadas. “El régimen está a punto de caer. El sistema se encuentra agotado. El final es inminente”. Y mientras tanto pasan los años, cambian los presidentes estadounidenses y Cuba continúa donde estaba, con un pueblo cada vez más jodido y unos gobernantes diciéndoles “Patria o muerte”, como si esa proclama fuera a quitarles el hambre y sacarlos de la mayor de las miserias jamas vista en Cuba. Al menos, al pueblo llano, porque las elites del partido comunista, siguen viviendo como Dios. ¡Faltaría más! ¡Que por algo son comunistas! Trump ha llegado a afirmar que el régimen cubano se encuentra sometido a una presión sin precedentes y que terminará cayendo. Pero la historia demuestra algo que demasiados estrategas se niegan a aceptar: “el hambre puede debilitar a un pueblo, pero no necesariamente derriba a quienes lo gobiernan”. Los cubanos soportan apagones, escasez, salarios insuficientes y una emigración que ha vaciado barrios enteros. Sin embargo, quienes administran el poder siguen conservando los instrumentos esenciales para perpetuarse. Y ahí radica el error de cálculo de quienes, desde cómodos despachos a miles de kilómetros de distancia, creen que el sufrimiento social produce automáticamente cambios políticos. No querido pistolero rubio americano. has olvidado, que por las venas de los cubanos circula sangre española, que nada tiene que ver con la anglosajona, por ejemplo. Hoy por hoy no hay nada que indique que un régimen vaya a desaparecer simplemente porque la población esté cansada. Si así fuera, muchas dictaduras habrían desaparecido hace décadas. Por lo tanto, que rubio pistolero americano, cambia el rollo, que esa película ya la hemos visto muchas veces e incluso en “fémina” que en el Cine Cervantes de Telde la daban los miércoles por medio duro. Eso sí, las pulgas que agarrabas en la sala, no te las cobraban. Era una gentileza de la casa. Jajajajaja. “Venezuela: otra profecía incumplida” Con Venezuela ocurrió algo parecido, con la única diferencia, de que el país es rico en petróleo. Y que conste que, por tratarse de mi segunda patria, me duele particularmente y sobremanera Se anunciaron aislamientos internacionales, sanciones demoledoras y desplomes inminentes. Se habló una y otra vez del final del chavismo como si se tratara de una cuenta atrás irreversible. Sin embargo, la realidad volvió a desmentir a los profetas. Los sistemas políticos no se derrumban únicamente porque una potencia extranjera, USA como es el caso, lo desee. Se sostienen mediante estructuras de poder, intereses internos y alianzas internacionales, mucho más complejas que cualquier discurso electoral. Y en este caso, salía más efectivo y económico hacer “Santa” a Decy Rodríguez, meter en la cárcel al subnormal del Nicolas Maduro, y darles una palmadita en la espalda a los militares, que ayudar a que se cumpliera la voluntad de un pueblo que sufría la tiranía chavista. Pero de ello y más extensamente hablaré otro día. Porque los “pendejos venezolanos” -añadió el rubio pistolero- Bien se merecen lo que tienen, y aunque no me gusta, que nadie llame “pendejos” a mis hermanos venezolanos, tengo que admitir que al menos en esta ocasión, algo de razón tienen “el pistolero rubio americano”. Porque si los cubanos mantienen al menos su dignidad; los venezolanos están demostrando vergonzosamente, para los que amamos Venezuela, como este viejo lobo de mar que suscribe, que no dan “palo al agua” y, por lo tanto, se merecen lo que les ha caído encima; que insisto, me duele en lo más profundo de mi corazón y me pregunto… ¿Dónde y cuándo “panas”, fue, que se les apagó la llama de la hombría isleña?   “Irán: la arrogancia de creer que todo tiene un precio” El caso iraní, refleja además otro error frecuente de la política