En Canarias existe una expresión tan gráfica como certera: “¡Oiga, cristiano! ¿Dónde fue que se le apagó el farol?”. Se utiliza para señalar, con esa ironía tan nuestra, a quien llega tarde, desorientado o mostrando una conducta poco considerada hacia los demás. Hoy, sin embargo, esa pregunta parece haber trascendido lo cotidiano para instalarse en un escenario mucho más amplio y preocupante: la esfera pública. Es evidente que la mala educación y la falta de urbanidad han prosperado hasta echar raíces en la mayor parte de la clase política contemporánea.
Algo ha cambiado —y no para bien— en la forma en que los representantes públicos se relacionan entre sí y con la ciudadanía. La cortesía, el respeto institucional y la mínima urbanidad que antaño eran inherentes al ejercicio de la política, parecen haber sido relegados a un segundo plano. En su lugar, asistimos a una escalada de gestos airados, descalificaciones personales y espectáculos impropios de quienes, ostentando responsabilidades públicas, deberían ser el primer ejemplo de moderación.
Una estrategia basada en el ruido
No se trata de casos aislados ni de una cuestión circunscrita a un país concreto. Por desgracia, en distintos rincones del mundo, líderes políticos de la talla de Donald Trump o Javier Milei han adoptado un tono dialéctico cada vez más agresivo, convirtiendo el insulto o la burla en su principal herramienta de comunicación.
Este estilo, lejos de ser anecdótico, parece responder a una estrategia deliberada: captar la atención a través del impacto, polarizar a la sociedad y reforzar identidades políticas mediante la confrontación constante. El objetivo es ganar, sí, pero al precio que sea.
La erosión de las formas y el fondo
El problema no es únicamente estético. La degradación del lenguaje político tiene consecuencias profundas en el tejido social:
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Erosión de la confianza: Cuando el respeto desaparece del debate, se dinamita la fe en las instituciones.
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Legitimación del desprecio: Al normalizar el ataque al adversario, los líderes autorizan a que esa misma actitud se reproduzca en la calle.
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Pérdida de la esencia política: La política, cuando se convierte en un espectáculo de absoluta chabacanería, deja de ser una herramienta de diálogo para transformarse en un campo de batalla estéril.
En España hemos sido testigos de escenas que hace no mucho habrían resultado impensables: interrupciones airadas en el Parlamento, abandonos de escaños en señal de protesta teatral y enfrentamientos que rozan lo personal por encima de lo ideológico. Estos episodios, amplificados por el eco de las redes sociales, consolidan una percepción de crispación constante.
La dictadura de la viralidad
Cabe preguntarse: ¿Es esta “nueva política” realmente nueva, o simplemente una adaptación a tiempos donde la inmediatez prima sobre la reflexión? Las redes sociales han jugado un papel determinante; el mensaje breve y polémico tiene hoy más recorrido que el argumento elaborado. En ese contexto, la tentación del exabrupto resulta casi inevitable para quienes buscan visibilidad rápida.
Sin embargo, aceptar esta deriva como una fatalidad sería un error. Ni la política ni los políticos pueden renunciar a la educación y a la altura institucional. Discrepar no es, ni mucho menos, faltar al respeto; y debatir no es, bajo ningún concepto, insultar.
El retorno a la urbanidad
Recuperar ese “farol” del que habla la expresión canaria implica un compromiso colectivo. En primer lugar, de los políticos, que deben ser conscientes del ejemplo que proyectan. Pero también de los ciudadanos, que tenemos la responsabilidad de exigir un nivel de comportamiento acorde a la dignidad de los cargos que ocupan.
Porque, al final, la pregunta sigue en el aire: ¿En qué momento se apagó la luz que guiaba la educación y la convivencia política? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a volver a encenderla?
Ahí dejo la reflexión, especialmente para quienes ejercen la política hoy. Antes de comenzar su labor, deberían repasar las reglas básicas de educación y urbanidad. Para lo otro, ya tenemos al “rubio pistolero del lejano oeste americano”, ese que ya se compara con Jesucristo pero que, de pequeño, parece que hacía bolillos en las clases de urbanidad. ¿Qué se puede esperar de esa idiosincrasia donde lo único que parece importar es el dinero, los perritos calientes y las hamburguesas?
¡Qué cosas!
