A mis 74 años, la mirada se vuelve inevitablemente hacia atrás, no con el afán de quien vive en el pasado, sino con la curiosidad de quien intenta descifrar cómo los hilos de la fe, la profesión y la patria han ido tejiendo su identidad. Para un marino mercante, español y católico, la Semana Santa nunca ha sido una fecha estática en el calendario; ha sido, más bien, un estado del alma que ha mutado según las coordenadas geográficas y los golpes de la vida.
El silencio que se podía tocar
Mis primeros recuerdos huelen a cera y a respeto. En la España de mi niñez, el ambiente de estos días no se limitaba a los templos; se respiraba en el aire. Había un recogimiento casi tangible que envolvía las calles de Telde. Recuerdo con especial nitidez mi etapa en los Boy Scouts, cuando el honor máximo era arrimar el hombro para empujar los tronos. Aquellos «pasos» no eran para nosotros un espectáculo visual, sino una oración física, un esfuerzo compartido que nos conectaba con algo mucho más grande que nosotros mismos. El Viernes Santo no se escuchaba; se sentía.
Dios en el ojo de buey
Sin embargo, la vida me llevó a la mar, y allí la liturgia cambió radicalmente. En el puente de un barco, las guardias no entienden de calendarios sagrados. Muchas veces, la distancia de la costa me impedía incluso sintonizar una misa por radio. Pero, paradójicamente, fue en la soledad del camarote donde mi fe se volvió más íntima y descarnada.
A veces bastaba con mirar por el ojo de buey hacia el horizonte infinito del Atlántico. En ese retiro espiritual forzoso, sin incienso ni procesiones, la elevación era puramente interior. Hubo momentos de una belleza sobrecogedora en los que, coincidiendo con otros marinos creyentes, compartíamos una oración sencilla en cubierta. Eran ceremonias sin boato, pero con una sinceridad que te erizaba la piel. La inmensidad del océano es, quizás, el templo más imponente que existe.
La forma y el fondo: De América a la madurez
Mi profesión me permitió ser testigo de cómo el mundo abraza estos días. Desde la intensidad desbordante de algunos pueblos de América, donde la fe es el motor de la vida cotidiana, hasta la discreción absoluta de otros países donde la celebración se guarda bajo llave en el corazón. Esa perspectiva global me enseñó una lección fundamental: la forma puede variar infinitamente, pero el fondo permanece inalterable.
Al regresar a España, siempre noté el peso de la tradición, aunque soy consciente de su evolución. Hoy observo cómo el fervor convive con el interés turístico y cultural. No lo juzgo; es el signo de los tiempos. Pero para quienes buscamos lo esencial, la Semana Santa sigue siendo ese alto en el camino necesario para reflexionar sobre el amor, la entrega y el crecimiento personal.
El rito sagrado de la mesa canaria
Pero no nos engañemos: en Canarias, la fe también se celebra con el paladar, y la madurez me ha enseñado a disfrutar de esos ritos con la misma devoción que una procesión. Porque, tras el recogimiento, llega el momento de la unión alrededor de un buen sancocho de cherne salado.
No hay Semana Santa completa sin esas papas «del ojo rosado», la pellita de gofio amasado y un mojo rojo que pique como debe ser —con esa pimienta «de la puta la madre» que despierta hasta a los muertos—. Todo ello regado con Agua de San Roque y coronado por las torrijas de Mamá Consuelo, las de toda la vida.
Si después de ese «emboste» con la familia y los allegados sobra algo, ya sabemos que el encebollado del día siguiente es casi un milagro en sí mismo. Al final, entre la serena reflexión del marino y el bullicio de una mesa llena, me doy cuenta de que la mayor suerte de mi vida es seguir creyendo, seguir recordando y, sobre todo, seguir siendo un cristiano de estas islas.
