Hay guerras que ocupan portadas… y guerras que, sin haber terminado, desaparecen del foco de nuestra conciencia. No porque hayan cesado las bombas, ni porque el sufrimiento haya disminuido, sino porque nuestra atención —voluble, saturada, a veces cómoda— se ha desplazado hacia otros conflictos, otras urgencias, otras narrativas. Pero la realidad no entiende de ciclos informativos.
En Ucrania no podemos, ni debemos, olvidar que la puta guerra, producida por los sueños imperialistas de un loco ex agente ruso de la KGB con aspiraciones de convertirse en un Zar del siglo XXI, no ha acabado. Cada día que pasa sin que hablemos de ella es un día más en el que hombres, ancianos, mujeres y niños siguen despertando con el sonido de las sirenas, con la incertidumbre como rutina y con la resistencia como única opción. No es una guerra lejana ni ajena: es una herida abierta en el corazón de nuestra vieja Europa. Una herida que no debería permitirnos dormir tranquilos.
La normalización de lo inaceptable
Ucrania no lucha solo por su territorio. Lucha por algo mucho más profundo: el derecho de un pueblo a decidir su futuro, a preservar su identidad y a vivir sin imposiciones externas. Defiende principios que durante décadas consideramos pilares inquebrantables: la soberanía, la libertad y la dignidad humana. Y, sin embargo, mientras ese pueblo resiste, el resto del mundo parece acostumbrarse. Desgraciadamente, nos estamos acostumbrando a que así sea.
Nos acostumbramos a ver ciudades destruidas como si fueran paisajes lejanos; a cifras de víctimas que ya no nos conmueven; a la idea de que esta guerra es «una más». Ese es el mayor peligro: la normalización de lo inaceptable. No hay nada normal en que una nación sea invadida por la fuerza bruta.
Europa no puede permitirse el lujo del olvido, ni tampoco intentar justificar su conciencia con eslóganes facilongos de “progres buenos buenísimos” como el que lanza Pedro Sánchez de “NO A LA GUERRA”. Los valores que proclamamos —libertad, democracia, humanismo— pierden sentido si no se defienden cuando son atacados. Olvidar Ucrania sería, en cierto modo, renunciar a nosotros mismos.
Entre la fatiga moral y la «leche machanga»
No se trata únicamente de gobiernos o estrategias militares; se trata de la conciencia colectiva. El pueblo ucraniano ha demostrado una resiliencia extraordinaria, pero ninguna resistencia debería ser solitaria. No me vengas ahora a decirme que, por hablar así, soy “un facha”. Desde que tengo uso de razón hablo con la libertad de los condenados. Me paso tus eslóganes de «haz el amor y no la guerra» por la gatera de la popa de mi barco, esa que probablemente ni conozcas.
A ti, «bueno buenísimo de izquierdas», te digo que tu forma de plantear soluciones no se mantiene en pie. No es justificable que, mientras Ucrania sangra, el llamado mundo libre bostece y tú te dediques a gritar en manifestaciones que no conducen a nada práctico. “A Dios rogando y con el mazo dando”, aunque tú, «izquierdoso», seas normalmente ateo más por ignorancia manifiesta que por razonamiento.
Lo que al principio fue una sacudida moral se ha ido diluyendo en una comodidad que roza la complicidad. Y hay una palabra incómoda para definir esto: Cobardía. No hace falta empuñar un arma para ser cómplice; basta con mirar hacia otro lado.
El fracaso del mundo libre
Hoy se bombardea la idea misma de que el Derecho Internacional sirve para algo. Aunque esta verdad tampoco guste mucho al otro “rubio pistolero americano” o al loco bélico de Benjamín Netanyahu, que con el rollo de que pertenece al pueblo de Dios, se permitió el lujo de cargarse en su día hasta al propio Jesucristo solo por ser judío palestino que hablaba con libertad.
¿Qué hace el mundo? Declaraciones, cumbres, promesas y “leche machanga”, como decimos en Canarias. Titulares que duran lo que tarda en llegar la siguiente crisis. Mientras, los ucranianos siguen enterrando a sus muertos porque ellos no tienen el privilegio del cansancio; nosotros sí, y lo estamos usando como una acobardada excusa.
Es una auténtica vergüenza. Vergüenza que el apoyo sea insuficiente o condicionado. Si los principios no se defienden cuando son incómodos, no son principios: son adornos de mierda sujetos en un palo a modo de pinchitos morunos.
La pregunta no es qué está pasando allí, sino qué estamos dispuestos a hacer aquí. ¿Vamos a recuperar la coherencia moral o seguiremos refugiándonos en la fatiga? Al final, esto va de si el mundo libre es, de verdad, libre… ¿o solo lo es mientras no tenga que demostrarlo? De momento, ellos no han fallado. Nosotros, sí.
Así que, te advierto, como lo hacemos los maúros, viejos lobos de mar y de Terde como yo: “¡Cristiano!…, déjese de machangadas y amarre las cabras, que tengo al macho suelto”. Mire que… ¡casos se han dado!
¡Qué cosas!
