Confecciono este artículo verdaderamente indignado o, como diría un hermano venezolano, “ARRECHO DE VERDAD”. Lo hago bajo el inquebrantable convencimiento de que la defensa de la rectitud, la verdad, el rigor y la honradez debería estar siempre por encima de cualquier sigla o tendencia política.
Me hierve la sangre al comprobar cómo, en los últimos días, circula por canales de mensajería privada un mensaje que afirma que una supuesta figura denominada “Lozana Labiada” (nº2 de Federico Losantos, es.Radio), cuenta que el Gobierno de España habría comunicado a Bruselas la imposibilidad de justificar “el destino de los fondos europeos destinados a la lucha contra la COVID-19”.
Como ocurre con frecuencia en este tipo de contenidos, la afirmación carece de toda base verificable. Puedo asegurar que, actualmente, existe constancia de que la persona citada no posee respaldo documental alguno y ninguna institución europea ha emitido comunicación en ese sentido.
No es una anécdota, es un veneno democrático
Podría pensarse que se trata de un episodio menor, uno más entre los muchos mensajes dudosos que recorren a diario las redes sociales. Sin embargo, reducirlo a una simple anécdota sería un error. Esta desinformación forma parte de un fenómeno más amplio que afecta directamente a la calidad del debate público y al funcionamiento de nuestras democracias.
Pero los viejos “lobos de mar como yo” (74 años), que ya peinamos canas, tenemos mucho mundo visto y salitre acumulado en nuestro cuerpo, no nos tragamos “per se” esta nueva y asquerosa moda “progre” de combatir a los adversarios políticos con bulos malintencionados. Mentiras que no se mantienen en pie y que siempre utilizan el cobarde anonimato de los mensajitos de WhatsApp.
La difusión de bulos con apariencia institucional responde a una lógica de desgaste. No se trata de criticar una política concreta —lo cual es legítimo y necesario—, sino de instalar una sospecha generalizada. Buscan proyectar una imagen de opacidad permanente que termina afectando no solo a un gobierno, sino al conjunto de las instituciones y, sobre todo, a funcionarios y políticos honrados.
El modelo del «pistolero rubio»
Este fenómeno no es exclusivo de un país. En los últimos años, el contexto internacional ha mostrado cómo la desinformación es un instrumento de confrontación. “El caso del pistolero rubio del lejano oeste americano, Donald Trump”, es el mejor ejemplo. Un político ampliamente analizado que ha evidenciado el impacto de reiterar afirmaciones inexactas para alterar la percepción pública de la realidad.
Sin necesidad de trasladar automáticamente ese modelo a otros entornos, conviene advertir de los riesgos que conlleva su normalización, especialmente para los jóvenes, que serán nuestros gobernantes del mañana.
En el ámbito europeo, los sistemas cuentan con mecanismos de control estrictos. Para los fondos de recuperación tras la pandemia, los Estados miembros debieron cumplir requisitos de justificación antes de recibir cada tramo de financiación. Ignorar este marco y sustituirlo por afirmaciones maliciosas no mejora la rendición de cuentas; al contrario, introduce confusión y dificulta la crítica informada.
«La verdad no siempre hace más ruido que la mentira, pero sigue siendo el único terreno firme sobre el que puede sostenerse una convivencia democrática.»
Responsabilidad compartida: Contrastar o callar
Más allá del bulo concreto, el problema es su efecto acumulativo. Se genera un clima de desconfianza donde se diluye la frontera entre lo veraz y lo dudoso. En este escenario, el ciudadano se enfrenta a una sobrecarga informativa donde es complejo distinguir entre datos contrastados y afirmaciones interesadas.
La respuesta no puede limitarse a un desmentido puntual y «aquí paz y en el cielo gloria». Es preciso promover una cultura de responsabilidad. Quien elabora el mensaje falso es reprobable, pero quien lo difunde sin verificar contribuye a su éxito, amplificando el impacto entre lectores que no tienen medios para comprobar la noticia.
Un mensaje para los «correas transmisoras»
La solidez de una democracia depende de la calidad de su ecosistema informativo. Preservar ese espacio exige un compromiso cotidiano: contrastar, contextualizar y, en caso de duda, abstenerse de difundir.
El bulo del que hablo al principio carece de fundamento, pero su existencia es un recordatorio de cómo la desinformación se infiltra en nuestra conversación. Por eso, cuando volvamos a recibir en nuestro WhatsApp informaciones de ese tipo, no te cortes en contestarle a quien te la envió, aunque solo haya ejercido de “correa transmisora”.
Hazlo como lo haría un mauro de Telde como yo:
— “Mire cristiano, la próxima vez, me la picas más finita, que la quiero para la cachimba nueva. Y si se te pusiera gallo el península perdidor, pues le cantas las cuarenta y le partes pá riba, sacándolo por cadera”.
¡Qué cosas!
