Humor e ironía en la nueva apuesta del Auditorio de Valleseco con “El sueño y la vigilia”

. Sábado 3 de diciembre a las 20:30 horas, con un precio de entrada de 5€, a cargo de la compañía Atlante Cultura & Teatro, con los actores Griselda Ponce y Miguel Ángel Maciel y dirigida por Marina Wainer. Las entradas ya se encuentran disponibles a través de la plataforma www.tureservaonline.es 

El espacio escénico del Auditorio de Valleseco, ha programado para el próximo sábado 3 de diciembre, la obra “El Sueño y la Vigilia”, escrita por el dramaturgo argentino Juan Carlos Gené, es una obra rica en diálogos de sustancia irónica y humorística. La obra con la sencillez del habla cotidiana y a partir del recuerdo de sus propias historias, transita instancias signadas por los celos retrospectivos, las mentiras piadosas y la admiración manifiesta. Nada marca el fin de la historia, pues siempre existe el presagio de un renacer.

Es una obra que quiere hablar en definitiva de la esperanza, que nos da pie para acercarnos a la “nueva” Tercera Edad, proponiendo un nuevo acercamiento a un tema recurrente en el autor: la conflictiva relación entre “ficción y realidad”. Sin retóricas discursivas, Juan Carlos Gené construye con esta pequeña historia un símbolo de la trascendencia del arte.

El precio de las entradas es de 5€ y se pueden adquirir en www.tureservaonline.es, siendo la función escénica a las 20.30 horas.

Entradas aquí: https://entradas.tureservaonline.es/es/events/sueno-y-la-vigilia

Compartir
Más Noticias

Suscribete a nuestro newsletter

Mi Amigo J.
Noticias Culturales
NGC

Mi amigo J. por Olga Valiente

Mi amigo J. no es una persona cualquiera. Es, más bien, un personaje peculiar: una mezcla de enfermero vocacional, santo de pueblo, político de ideas fijas, maestro sanador, futbolista de antaño, guerrero luchador del Imperio Romano, cantante de ducha —y de cualquier otro momento en el que se sienta inspirado— y compañero de mesa con capacidad para convertir cualquier mañana normal en un episodio digno de contarse en las reuniones de amigos. Ahora trabaja en gestión, sentado cerquita de mí, una prueba espiritual más de que la vida nos trajo hasta aquí para mantenernos unidos; una prueba más de que mi objetivo en esta vida es trabajarme la paciencia, el sentido del humor y la capacidad de concentración. Porque mi amigo J. suele estar calladito, sí, y parece serio, también. Incluso puede parecer que está concentrado en algo, pero una ya lo conoce y sabe que, cuando pone cierta cara, es que algo se viene: una ocurrencia, una historia, un comentario inesperado o, directamente, una conversación sobre caca con toda la naturalidad del mundo, como quien comenta el tiempo o las últimas noticias sobre política. Porque sí, hablamos de caca y de pedos. Así, sin pudor y sin pedir permiso al protocolo, bajo la atenta mirada del resto del equipo. Hay quienes hablan de fútbol, de religión o de la vida; nosotros también, pero, en algún momento del día, por caminos que solo el universo entiende, acabamos hablando de cuándo nos toca ir al baño, de manises o de caracoles. Y no porque yo tenga la imperiosa necesidad de saberlo, que conste, sino porque la convivencia laboral con él me ha dado una formación completa en gestos, horarios, silencios sospechosos y desapariciones estratégicas. Y, aun así, le he cogido cariño. Y es que detrás de todas sus rarezas hay un hombre bueno. De esos que te ayudan sin hacer ruido, de los que están siempre. Mi amigo católico, que no va por ahí dando lecciones, sino dejando que cada uno aprenda cuando le corresponda; de los que escuchan un grito y se asoman a la ventana preguntando quién necesita ayuda; de los que te salvan la vida si te ahogas. De joven —porque ahora ya está viejito— cantaba en rondalla y jugaba al fútbol. Tenía cuerpo de perrillo cazador: delgado, deportista, con pinta de poder correr detrás de un balón y subir escaleras sin asfixiarse. Eran otros tiempos, claro. Tiempos de pelos educados y discretos, clasificados y enrollados en distintos tipos de pinchos; tiempos de rodillas obedientes y de fotos de fiestas que ahora sobreviven como patrimonio histórico de su memoria. Pero el cuerpo —y la vida— cambia, las responsabilidades aumentan y se acumulan, y uno acaba cambiando el deporte por los estudios, la clasificación capilar por los correos en carpetas, el cantar en rondalla por las conversaciones telefónicas de oficina y las defensas de trabajo, y, sobre todo, la habilidad juvenil para subir cuestas por levantarse de la silla haciendo algún ruidito de esos que antes criticábamos en los mayores. Sin embargo, a mi amigo J. no le importa demasiado el paso del tiempo o, al menos, lo disimula con gracia. Tiene esa habilidad maravillosa de reírse de sí mismo antes de que lo hagan los demás, y eso lo hace poderoso. En las fiestas se enrala, porque no hay palabra canaria que defina mejor lo que hace. Empieza tranquilo, incluso formal, aparentando ser un marido serio con dos hijos y, de pronto, se activa. Una canción, una broma, una chispa. Entonces se levanta la camisa y enseña su abdominal sonriéndole a la vida. Y una se ríe, claro. Fue supervisor, político —casi alcalde—, enfermero asistencial y, ahora, trabaja casi «funcionario», una manera elegante de decir que pasa las mañanas lidiando con papeles, problemas y aplicaciones informáticas. Yo creo que no llegó a alcalde porque el universo sabía que su pueblo no estaba preparado para su nivel de inteligencia, su energía y sus ideas. Peor para ellos. Mejor para mí. Todavía recuerdo nuestros paseos por la avenida del colesterol, aquellas caminatas que empezaron como un intento sano de cuidarnos y no dormirnos, y terminaron pareciendo una penitencia medieval en la que, mientras hablábamos sobre cómo cambiar el mundo, nos íbamos dejando la cadera. Pero qué bien nos sentaban, no solo para mover el cuerpo, sino también para despejar la mente. Porque caminar con él era eso: una mezcla de terapia y confesionario, comedia y parte médico. Y yo siempre lo escuchaba pensando que la amistad, a veces, consiste precisamente en eso: en compartir pasos, risas y temas que, con cualquier otra persona, serían impensables. Mi amigo J. también hace reiki, cosa que tampoco me sorprende. Hay quienes aprenden a canalizar la energía y otros que, directamente, nacen con ella en cada poro de la piel. Él es de estos últimos. Una luz particular, llena de humor, inocencia y, a veces, con tendencia al caos. Puede poner sus manos para calmarte, sus oídos para escucharte cuando lo necesitas y, dos minutos después, soltar una barbaridad que te obliga a reír aunque tengas un día retorcido; aunque, en su interior, sea él quien necesite ayuda. Por todo esto, y por muchas cosas más, ya le tengo reservada su plaza en el asilo —al ladito de la mía— para cuando le haga falta. Y no es broma. Bueno, sí, pero no del todo. Porque hay amistades que una sabe que nunca se van a acabar con el final de una etapa, sino que permanecerán siempre. Y, si Dios y la vida nos lo permiten, volveremos a caminar por nuestra avenida del colesterol, pero esta vez en otro pasillo, con andador y a otro ritmo, criticando el puré, comentando quién ronca más y recordándonos cuándo nos toca ir al baño. Y estoy segura de que ahí mi amigo J. seguirá siendo como hasta ahora, porque podrá cambiar de cuerpo, de cargo o de etapa, pero siempre habrá algo suyo que seguirá existiendo: esa manera tan personal de estar en este mundo. Así que,